Hace unos meses leí un pequeño libro titulado De la utopía al desencanto. Al finalizar su lectura, en unas breves anotaciones sobre el mismo, escribí unas cuantas frases, ideas sueltas, meras reflexiones, que me habían provocado aquella aventura literaria. Una, y cito textualmente, era esta: “Si terminas un libro y te dan ganas de volver a empezarlo de nuevo es que algo ha pasado ahí”. La otra idea, más genérica, metafórica si se quiere, es que su lectura había sido para mí como un viaje. Pero no un viaje cualquiera, no una travesía cualquiera, sino un viaje mágico, en donde dos mundos aparentemente condenados tantas veces a vivir enfrentados, a darse la espalda y contradecirse, el mundo de la ciencia y el mundo de la literatura, habían acabado fundiéndose en un extraño abrazo para crear algo nuevo. Un viaje sorprendente.
El libro en cuestión, no lo he dicho antes, perdonen, es creación de un viejo —y aquí lo de viejo está escrito con toda buena intención— y sabio —y entiéndase lo de sabio no por lo que ya se sabe sino por la curiosidad innata de querer seguir aprendiendo— profesor universitario llamado José Ramón Navarro Vera. Aunque imagino que a él estás palabras —más la de sabio que la de viejo— le parecerán excesivas, les aseguro que ambas están escogidas con esmero y respeto, en el convencimiento de que la belleza a veces solo es posible encontrarla escondida detrás del paso vigoroso del tiempo.

Les he de confesar que escribo estas líneas al compás de un reconocimiento que justo hoy mismo, lunes 1 de junio, el día que se publica esta columna, y a partir de las 19:30h en la Sede de la UA de Alicante, le va a ser otorgado a nuestro personaje por la gente de Unir Alacant, otra de esas buenas noticias que emergen de vez en cuando, salvajes, silvestres y saludables, en una tierra tan dura y estéril como esta para las cosas del arte y la cultura.
Estoy convencido que el libro citado de José Ramón Navarro solo es posible escribirlo —eso también lo dejé escrito en aquellas notas que pretendían ser una reseña que nunca se publicó— cuando se ha vivido mucho y se ha leído también mucho, cuando se ha debatido y reflexionado mucho, cuando, también, se ha sufrido mucho. Pues José Ramón es, detrás de ese pequeño cuerpo que habita, o quizás por eso mismo, un sufridor nato, un pesimista que, afortunadamente, nunca se da por vencido, tanto que, por arriesgada que parezca la empresa, él no cejará en volver a intentarlo. Él es de esos tipos que creen que, por difícil y complicado que sea un problema de resolver o una injusticia que afrontar, siempre hay una salida más digna y más humana que merece la pena ser explorada. Esa es, creo, su personal medicina para combatir ese pesimismo innato del que les hablo. Su manera de estar.
Por allí, por las páginas de aquel libro, aparecen y desaparecen personajes tan dispares, a veces disparatados, geniales siempre, como lo son Juan Benet, Julio Verne, Aldous Huxley, Walt Whitman, Julio Llamazares, Joseph Conrad y tantos otros. Parte de sus vidas y obra son mezcladas, mixturizadas, con la paciencia y maestría de un alquimista de las ideas, para acabar todas ellas convertidas en algo hermoso: literatura y ciencia abrazadas para tratar de explorar y dar sentido a la propia vida y tratar de ofrecer, ofrecernos, respuestas a las grandes preguntas que todos, de una u otra forma, nos hacemos.

José Ramón Navarro (JRN) —al que, no lo oculto, admiro y aprecio desde que le conocí— es una de esas personas cuya biografía es un compendio de sabiduría al servicio de la ciudadanía, que ha sabido mezclar amorosamente al intelectual atormentado que lleva dentro, con el activista que necesita ser, poniendo siempre su saber al servicio de esas pequeñas causas que muchos creen imposibles, inútiles o simplemente periféricas, pero que para él son la savia que debería mover la sociedad y la que nos debería empujar en la búsqueda de un mundo más justo, más igualitario, más humano, más vivible. Y da igual si hablamos de cultura, de ascensores en casas viejas, de sesudas tendencias artísticas, de vías que encierran barrios, de libros y bibliotecas clausuradas, de grandes puentes o de ruidos insoportables en el casco histórico de Alicante. Todas esas batallas, a sus ojos, tienen una inmensa carga de dignidad.
Para confirmar estas palabras —o no, la crítica siempre es, debe, ser posible— les invito a leer una larga entrevista que se publicará en estas mismas páginas en breve. Va sobre la vida y obra de este pequeño gran hombre, una larga conversación que mantuvimos hace un tiempo la gente del MAYMECO (Observatorio de Mayores y Medios de Comunicación de la UPUA). Allí, a través de sus palabras y reflexiones, a veces pesimistas, siempre generosas, quizás se entienda mejor lo del título completo del libro: De la utopía al desencanto. Un paseo por la ingeniería y la literatura. También del sentido de estas palabras. De lo que hay tras las tres letras que encabezan este artículo. De su propio acrónimo. Lo que hay detrás de JRN.













Cultura, cultura, lecturas y diversidad, que azuzan nuestro afán de superación humano siempre en libertad… Sin sectarismo ni orejeras ideológicas (interesadas y ególatras) que dividen a mujeres y hombres en “buenos frente a malos”, siempre desde el respeto democrático a quien piensa y habla y actúa desde el respeto al diferente es el ejemplo que legó JRN desde el consenso y sin imposiciones ante todo…
Gracias
Gracias, muy buena semblanza de JRN 😉