Opinión

Yo no quiero ser Van Gogh

Fotografía: Alexandr Ivanov. (Fuente: Pixabay).

No hace demasiado tiempo discutía con un conocido librero y editor alicantino, cuando dijo una frase que, no solo finalizó la disputa, sino que hizo que me reafirmara más aún en mis convicciones.

El motivo de la discusión era el precio que pretendía cobrarme por mis propios libros una vez acabado nuestro contrato de edición. En un arranque de incontrolada sinceridad me dijo: “Esto es mi negocio y para ti solo es un hobby”.

Pues sí, esa es la esencia del concepto que demasiada gente tiene de la cultura. Un hobby es coleccionar sellos o hacer puzles gigantes; crear cultura es una vocación, una forma de vida (aunque nunca se viva de ello); es una ampliación idílica o crítica, da igual, del mundo; es una mente que sobrevuela el espacio para crear belleza, o esperanza, o fuerza, allá donde no la hay, sea cual sea la disciplina en la que se desarrolle: literaria, pictórica, musical…

La cultura es ese bien, material e inmaterial, que dignifica al ser humano entre tanta barbarie, en cambio, hemos creado una sociedad donde se confunde el valor y el precio, donde a quienes creamos cultura se nos valora o no en función del precio que, quienes mercadean con nuestras obras, determinen, pues el comercio de la cultura se impone sobre la cultura misma.

Grandes y renombrados maestros que nos han dejado un legado de valor incalculable murieron en la pobreza económica, de todo el mundo es bien sabido: Van Gogh, Poe, Wilde, Schubert y hasta el mismo Cervantes. Sin embargo, su fama y la de sus obras ha trascendido países y siglos tras otorgarles honores y precios astronómicos por parte de los comerciantes de la cultura y que ellos, quienes crearon la obra, jamás pudieron imaginar. Es decir, se les dio valor una vez que se les puso precio.

El negocio es lo importante. No importa la vida, no importa la dignidad, no importa la creación, la imaginación, el arte, las infinitas horas de trabajo… la Cultura, en letras mayúsculas. Solo importa el negocio.

Y así pasamos la vida quienes tratamos de llevar al corazón de nuestros semejantes un trocito del nuestro plasmado en un papel, sin que se le dé valor y ajustando el precio.

Por eso, con toda mi admiración hacia el gran genio neerlandés de la pintura, declaro: yo no quiero ser Van Gogh.

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Maruja Moyano

Soy Maruja Moyano y nací en Madrid hace demasiados años. Desde niña, mi pasión por la lectura y una alta dosis de imaginación, me llevaron a escribir cuentos, poesías y pequeñas obras de teatro que se quedaban siempre en el ámbito de la escuela y, tiempo después, en mi entorno social más cercano. Me licencié en Sociología por la Universidad de Alicante, aunque jamás viví de eso, pues trabajé como administrativa desde los 17 años hasta mi jubilación.
Tras sufrir una grave enfermedad que me hizo replantearme muchos aspectos de mi vida, decidí desarrollar mi gran vocación: la literatura. Entonces escribí mi primera novela, “Makuba”, que durante años fue un esbozo en un cajón. Tras ella se han sucedido uno tras otro diversos libros: “La cara oculta del corazón”, “Bajo el manto de la araña”, “Cien canciones para Amelia” e “Insomnio”.
En la actualidad trabajo en mi sexto libro, “¿Quién mató a Paula Koch?”.

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  • Hola Maruja me alegro saber que escribes. Tienes razón en lo que dices. Lamentablemente es así. En escritura como en pintura venden la firma del autor, no el valor de la obra. Venden las firmas de los escritores mediáticos como en pintura, si no eres famoso el público te da de lado, no le interesas. Saludos y a seguir escribiendo.

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