Impulso irresistible

Y todos los años hay una Navidad

The Star of Bethlehem, 1887-1891, por Sir Edward Burne-Jones. Fotografía: Birmingham Museums Trust (Fuente: Unsplash).

Miradlo por ahí, por todas las ciudades y los pueblos, repitiéndose cada año y en cada casa: algunos están en silencio, no se sabe si incluso es así porque están de luto reciente. Lo que más se ve es el movimiento de la gente, que va comprando productos típicos y golosinas propias de estos días (las toñas, los rollitos dulces, las madalenas, los turrones duros y blandos que van a requerir algún sorbito de vino dulce para facilitar el tránsito… y, por supuesto, los caramelos envueltos con papeles de oro y plata que hay quien se guarda en el bolsillo de recuerdo; y los nervios de la gente, las sonrisitas emboscadas para que nadie crea lo que no es…). Las vacaciones escolares van a durar hasta dar la oportunidad a los intervinientes para comerse tantos alimentos y chucherías como han comprado los vecinos y familiares visitados, que han sido halagados con pastas y naderías que han trabajado en la cocina durante todo el día de la Nochebuena las personas que guardan las tradiciones culinarias navideñas. También esto se observa en el ánimo de la gente. A dónde van con tanto ahínco en estos días tan gran masa de personas por los centros comerciales y las calles llenas de músicas, pero sobre todo de gentío que respira elevando el vapor y el tono de voz para dejarse oír; pues ya se sabe: a comprar detalles para los padres o los hijos o los vecinos que hace mucho tiempo que no ven. Y para los sobrinos que viven fuera y vendrán estos días a visitar a sus familiares plenos de detalles que ofrecer o recibir (un jersey, una chaqueta, una bonita falda), pues este es el momento del estreno (llevar alguna cosa nueva en la indumentaria).

Ahí está la cosa, y eso hasta el punto de hacer una ruta por el pueblo, al que no se vuelve desde hace tiempo, recorrer las casas por donde viven familiares o personas muy cercanas a nosotros desde bien pequeños, visitando con la misma ilusión que cuando eran infantes y recordar cuando pedían el aguinaldo. Esta vieja usanza sigue haciéndose por la gente, especialmente en la España de las tradiciones y buenas costumbres (aunque suponemos que cada vez menos).

“Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad y el pueblecito se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega más gente y, ante el nuevo misterio, se van saboreando nuevos gozos. La selva formada por miles de árboles crecidos resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría”.

Juan Carlos Vizoso: Mirando al Misterio

Me dirá usted, amigo lector, que esto ya no es así. Que sí, que es verdad que se siguen cantando y ensayando villancicos y coplillas piadosas para dar un aire jovial y divertido. Es verdad. Lo que ocurre con los tiempos y las personas es que somos mudables y pasamos las páginas; las cosas cambian y hemos de adaptarnos nosotros a los cambios, pero no queremos desprendernos tan fácilmente ni tampoco convertirlo en cosa decadente; sobre todo cuando nos une el cantar o el acompañar o hacer dobletes a cada frase pronunciada y cantada por todos los presentes. Por eso, todos los años hay una Navidad que celebraremos lo más dignamente posible, en recuerdo o memoria, siempre alegre, de lo que sucedió cuando nació Jesús, el modelo que todos los cristianos debemos seguir. Pero hay que ver qué bien nos ha llegado tantos siglos después en lo tocante a los regalos, las celebraciones familiares, las vacaciones, los días de asueto, los ayuntamientos que nos preparan plazas y calles bien adornaditas, las cabalgatas de los Magos, los despilfarros en cenas y comidas, las pagas extras, los aguinaldos, los viajes exóticos, las fiestas desbordadas… Desde antiguo nos llega la Navidad como una mezcla de piedad y de ilusión; lo religioso y lo profano. Hay muchas personas que no saben lo que está ocurriendo en la calle con las lucecitas y los regalos. Se han perdido los argumentos básicos en muchas familias. Pero se ha preferido mantener el nivel de gasto y la altura de la celebración.

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Demetrio Mallebrera

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