Trescientas... y pico

Un indigesto chuletón

Izquierda: Alberto Garzón (Fuente: COPE) y Pedro Sánchez (Fuente: Pool Moncloa).

Tristeza, rabia, oportunidad perdida, impotencia, extrañeza… esas y parecidas son algunas de las palabras que me fueron viniendo a la cabeza como una procesión de disparates conforme iba viendo en la distancia del observador la escandalera, el rasgado de vestiduras, las contradicciones, las sobrerreacciones impostadas, los insultos incluso, todos y cada uno de los excesos verbales que han provocado las sensatas palabras del ministro de Consumo, Alberto Garzón, a propósito de ciertos hábitos alimenticios, del consumo excesivo de algunas carnes, de la salud del personal y del cambio climático.

¿Somos, claramente, un país de excesos? ¿Tenemos algún gen que nos incapacita para observar y analizar cuestiones complejas que nos atañen con prudencia y serenidad de ánimo, con la justa distancia que permita ver todos los perfiles, todas las aristas, sin caer en el insulto y el chascarrillo? ¿O, claramente, preferimos la disputa constante? ¿Somos, como siempre se ha dicho, claramente un país lleno de ciudadanos que, puestos en la tesitura, prefieren el blanco o el negro, sin matices, sin grises, antes que la argumentación pausada y oportuna que cualquier cuestión como la sometida ahora a debate habría requerido? Éstos y parecidos interrogantes y cuestiones iban acudiendo a mi mente al observar en esos mismos días el griterío al que, gustosos, se sumaron no ya los voceros de la tramontana política de la oposición y la trompetería mediática de costumbre, si no también medio gobierno armado de cuchillo y tenedor y dispuesto, gustoso, relamiéndose, a devorar al ministro en cuestión una tarde (otra) de mala digestión.

Fotografía: Hans Braxmeier (Fuente: Pixabay).

Una vez más, algo que debería haber sido una oportunidad lo hemos convertido en otro capítulo más de esa serie histórica del “somos de no escucharnos los unos a los otros”. O, lo que es peor, de escuchar solo aquello que nos gusta, que nos refuerza en nuestros apriorismos ideológicos, nuestra cainita pequeña patria de agraviados. Por eso debe ser que tantas veces, y pareciera que cada vez más, rehusamos ejercer la autoridad que nos es propia como padres, como maestros, como personas mayores, como Gobierno incluso, y, kamikazes del devenir, preferimos practicar entusiásticamente el peligroso dejar hacer (¿Quién es usted para decirme con cuántas copas debo conducir?, Aznar dixit) aunque sea este el peor de los testamentos que dejemos como herencia.

Y ahí, como botones de muestras del despropósito, están el reciente y descontrolado peregrinar de estudiantes a Mallorca con el aplauso entusiasta de sus progenitores en plena pandemia, o las prisas para quitarnos las mascarillas en el exterior para “salvar el verano” (¿qué verano?), la ligereza de abrir la noche justo y mayormente para quienes no están vacunados. Y por ahí andan también Cataluña y sus infinitos procés, todas y cada una de las guerras del agua que nos persiguen como sombras de lluvia que nunca cesa, casos todos donde la espuma de la supuesta libertad esconde una cierta y peligrosa dejación de funciones que, mal que bien, acaban confluyendo en las aguas del “sálvese el que pueda”.

Posiblemente, solo posiblemente, la iniciativa del hasta ahora casi invisible ministro de Consumo, Alberto Garzón, de intentar abrir el debate sobre el excesivo consumo de carne, sea otra de esas oportunidades perdidas que este país deja pasar de largo para la siempre necesaria ITV de nuestras vidas en común. Si alguien les dice que Garzón, bien mirado, bien escuchado, solo ha hecho que enumerar en su vídeo medio casero una a una, razones científicas, razones de salud pública, razones de oportunidad climática que vienen siendo asiduamente defendidas por científicos y por los grandes organismos internacionales que se ocupan de estos hechos, a buen seguro que pocos lo creerán.

Alberto Garzón (Fuente: Perfil de @agarzon en Twitter).

Diríase que nos importa más el titular apresurado que algunos hacen interesadamente que la letra pequeña que acompaña a la realidad. Más bien, por el tenor de lo leído y escuchado, de los decibelios del ruido ambiente, pareciera que estaba el ministro– decretando desde el ministerio el final del sector de la ganadería, la obligación del veganismo alimenticio o una versión actualizada de la ley seca del consumo cárnico en nuestro país.

Pero escuchen, escuchen, sus palabras, sus interrogantes, una a una, y verán que todas y cada una de ellas ya estaban ahí, incluso desde hace decenas de años, en boca de los expertos en quienes hemos depositado nuestra confianza: el excesivo consumo de carne y sus derivadas poco saludables para quienes las consumen; las nefastas consecuencias para el cambio climático y para el medio ambiente de los nuevos modelos de explotaciones ganaderas intensivas que se están imponiendo por la sola razón de la rentabilidad económica.

Posiblemente Garzón, solo posiblemente, ha intentado poner en práctica una de las razones del buen gobierno: hacer pedagogía, como pedagógicas fueron las campañas del “Póntelo, pónselo” o las agresivas campañas de la DGT en tiempos de la primera etapa de Pere Navarro como director general de Tráfico para combatir la alta e insufrible accidentabilidad en las carreteras patrias, campañas todas ellas que hoy, posiblemente, serían impensables e imposibles de llevar a cabo.

Y, como en tantas ocasiones, lo que pudo ser el inicio de un debate sereno, racional, posiblemente oportuno y necesario, alejado de apriorismos, sobre el excesivo (o no) consumo de carne en nuestro país (éramos en 2017 el duodécimo en el ranking con 94,5 kg/año), el tipo de explotaciones ganaderas por las que deberíamos apostar si queremos ser un país respetuoso también con la vida animal, debería tener la oportunidad de abrirse, lo hemos convertido ¡otra vez! en otro imposible más.

Pedro Sánchez (Fuente: Perfil de @ElHuffPost en Twitter).

Lo que nos importa, al parecer, es la guerra de memes devorando chuletones, las vaguedades, la gente insultando a gente, las frases tipo comida basura para comensales que no quieren escuchar, las alusiones personales que nada tienen que ver con el asunto, y a la que, entusiasta de la nadería y el insulto intelectual se ha sumado, gustoso, relamido, melifluo, evanescente, en clara dejación de funciones, todo un presidente del Gobierno como Pedro Sánchez con su mítica frase-legado de que él, puestos a elegir, prefiere “un chuletón, eso sí al punto, porque eso es imbatible”. A eso hemos llegado. A que el chuletón nos quede pasado y sumamente indigesto.    

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Pepe López

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  • Mágnifico artículo, Pepe, pero en este país nos estancamos en cosas banales y nuestros gobernantes, en muchos casos, se dedican a atizar el fuego, sin solucionar los temas que de verdad nos preocupan a todos con independencia de quien gobierne, no se solucionan. Dos ejemplos, el tema de la vacunación ¿cómo es posible que queden sin vacunar las personas que más movilidad tienen-los jóvenes-? ocurre lo de Mallorca y nos rasgamos las vestiduras. Otro, al que tu te has referido en el artículo, la DGT, en el 2010 fallecieron en las carreteras españolas en accidentes de tráfico, 2900 personas. En el 2015 ,1900 personas se dejaron la vida en las carreteras y en el 2019 perdieron la vida en las carreteras españoas 1850 personas. Según los datos de la DGT el 80 por ciento en carreteras secundarias, ¿han arreglado las carreteras secundarias?. Y no digamos las autovías que han comenzado a construir, allá por el año del baile agarrado y están sin terminar. Una cercana, la que va de Jumilla a Fuente la Higuera, ¿cuanto tiempo llevan en obras? Igual quien lea esto no le parece que es importante, pero tu retrásate en el pago del SUMA, retrásate…Un saludo y salud, desde Pinoso. Jesús Berenguer.

    • Buen apunte el tuyo Jesús Berenguer pues como buen usuario de esas “carreteras secundarias” sabes bien de lo que hablas… en muchas ocasiones -demasiadas quizás- los responsables políticos van y vienen pero los problemas de siempre siguen estando ahí presentes casi eternamente, como bien apuntas.

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