Trescientas... y pico

El rey de los chiringuitos

Isabel Díaz Ayuso y Toni Cantó (Fuente: https://www.antena3.com/noticias/).

Hay procesos semánticos un tanto extraños e indescifrables que, poco a poco y sin apenas darnos cuenta, van degradando el sentido originario y afectivo de algunas de las palabras con las que convivimos y que están en nuestra memoria reciente hasta cambiarles radicalmente su significado. Uno de estos llamativos casos es, posiblemente, la extraña metamorfosis que ha sufrido en nuestra conciencia la palabra “chiringuito”.

Era esta una expresión liviana, de proximidad, afectiva, de uso coloquial, y que en un corto periodo de tiempo ha pasado de ser ese diminuto oasis donde se ofrendaba a pequeñas dosis la felicidad, a convertirse en una de las armas arrojadizas de preferencia de la politiquería patria de baja estofa. Lo curioso, lo novedoso, lo justiciero, es que uno de los que más la utilizó en su jerga de espadachín trashumante de la política para zaherir y combatir a sus contrarios, vaya a pasar a la historia de los malos actores fagocitado por ella. Hablamos, cómo no, de Toni Cantó.

Sucede que hasta no hace tanto decir “chiringuito” era, recuérdenlo, una de esas expresiones amables, cercanas, que de alguna manera democratizaron nuestras vidas. Una palabra con esa sonoridad tan de “i” latina alargada y cercana a nuestro idioma y a nuestra manera de estar en el mundo, que nos evocaba esos pequeños pero insustituibles momentos de solaz y placer temporal, la sombra pasajera en el tiempo de ocio en una playa fuera de ruta. Como un remanso de paz en medio de la guerra de los días.

Toni Cantó (Fuente: Perfil de @Tonicanto1 en Twitter).

Pero el chiringuito era, sobre todo, porque así lo habíamos acordado sin acordarlo, de quita y pon. Estaba asentado sobre pequeñas y volátiles estructuras que, como aves migratorias, un día aparecían en el horizonte de nuestro particular cielo vital anunciándonos que el verano se acercaba; y que, por el contrario, también sabíamos y dábamos por hecho que, mayormente y con la llegada de los primeros fríos otoñales, dejaban su espacio libre en búsqueda de geografías más cálidas, procurando así que la tierra y la arena sobre la que se habían asentado tuviesen la oportunidad de regenerarse de nuevo. De alguna manera no escrita iban y venían, formaban parte del ciclo de la vida, como van y vienen esas majestuosas columnas de cigüeñas, de flamencos, de garzas, de tantas otra aves que, en fechas fijas, cruzan nuestros cielos, todo aquello que antes de la posmodernidad que todo cambió era una manera más humana de marcar las hojas del calendario.

Así fue durante mucho tiempo. Durante largos periodos de tiempo. Pero con el paso de los años, con el paso de ese mismo tiempo que todo lo emponzoña, y, suponemos, también por la voracidad de los intereses económicos que casi siempre hay detrás de cualquier decisión humana, empezamos a ver que aquellos pequeños paraísos de sombra y refrescos, donde nos servían fantas de limón, cervezas enfriadas al hielo, sangrías, aceitunas sin hueso, cacahuetes, incluso imposibles e improvisadas paellas y daiquiris eso fue ya después– en los atardeceres y noches de sofocante calor, empezaron a hacerse mayores. A enraizar. A exigir unos derechos que nadie les había concedido. Empezaron ellos mismos a sufrir una cierta dosis de putrefacción y enmascaramiento.

Fuente: Ayuntamiento de Cartagena.

Y así vimos, y eso lo vimos cuando las leyes que tratan de ordenarnos la vida intentaron ordenar también su existencia, la de los chiringuitos, para que no acabaran como una invasión exógena, como pequeños monstruos que importunan nuestro sueño y nuestro merecido descanso, que algunos de aquellos inocentes chiringuitos se habían hecho mayores, habían adquirido (eso decían) unos ciertos derechos, vida propia, y posiblemente fue entonces cuando la palabra empezó a dividirnos, a enfrentarnos por su oportunidad o su contrario, cuando dejamos de creer que bajo sus pequeños y acogedores brazos de caña y palma solo existía la bondad. Y, entonces, nos temimos lo peor.

Y posiblemente fue también por aquel tiempo que empezó a llegar hasta nosotros ese otro nuevo significado de la palabra, coincidiendo con su uso más o menos generalizado por unos políticos –¡siempre la política!– desaprensivos que, holgazanes de esfuerzo, empezaron a malbaratarla –¡chi-rin-gui-to!– justo cuando avizoraron que su sola mención enardecía a los propios y causaba estropicios en los contrarios. Ya no hacía falta explicar más. Solo prometer acabar con ellos. Eso era casi todo.

Su sola mención nos llevaba al imaginario de una administración que se había llenado de oscuros asesores, de gente que cobraba mucho y que casi nunca rendía cuentas. Lo que empezó como una necesidad temporal, acabó como una losa de enormes tentáculos donde el nepotismo anidó y los buscavidas de siempre crecieron como crece la mala hierba. Y nadie nos explicó qué eran ni para qué servían, ni, sobre todo, cuánto costaban esos otros chiringuitos –su transformación semántica, ¿recuerdan?– de intereses creados que iban creciendo como lapas, como sanguijuelas, en los alrededores de los ayuntamientos, en las diputaciones, en las consejerías, en los ministerios, en cualquier organismo público que se preciara de serlo. Era como una demostración fálica del poder. ¡Tanto más tenías en tanto que eras acusado de tener más chiringuitos!

Fotografía: Frances Romero (Fuente: Pixabay).

Por eso negar ahora, como pretende la presidenta madrileña, que la “oficina del español” que Ayuso le ha montado a su ahijado Toni Cantó es solo un chi-rin-gui-to más, de los peores, de los de segunda generación, es batalla perdida. Se alargará el veredicto, pero la sentencia ya está dictada. Si quien tiene que servirnos las copas, los cocktails que mejoren el idioma común, ha largamente demostrado que lo suyo es ir arrasando playas, quemando confianzas, vendiendo cual Fausto su alma al mejor postor (¿o debemos decir al mejor pagador?) parece, claramente, misión imposible. Así lo pensamos muchos (incluso es posible que lo piense la propia Ayuso, aunque a ella eso ya le da igual), pero sobre todo es que lo piensa la Wikipedia, ese moderno y democrático oráculo del conocimiento de nuestros días.

Afirma la Wikipedia que “el chiringuito público se refiere a organismos y entidades que existen en el sector público, financiadas con presupuesto público, a las que se critica por su falta de utilidad y transparencia, cuya finalidad es colocar o ‘enchufar’ a personas afines al partido gobernante”. Y durante unos días añadió a lo anterior: “Dos claros ejemplos en España son el chiringuito que Esperanza Aguirre montó para Abascal o el de Ayuso para Toni Cantó” (esta última frase no aparece ya en la entrada de la Wikipedia).

A continuación, aparecen las capturas de pantalla de Wikipedia de los días 2 y 4 de julio de 2021, respectivamente:


Contra semejante veredicto, más allá del quita y pon de los ejemplos, poco más cabe decir. ​El pueblo ha votado y Cantó ya no es ave de paso, de las que embellecen nuestros cielos, de las que nos ayudan a pasar de estación. Él, travestido en el rey de los malos chiringuitos, ha venido para quedarse entre nosotros como uno de esos feos, horribles armatostes que ensucian nuestros paisajes y dañan nuestros sueños y esperanzas. Y, lo peor, es que está dispuesto a hacer lo que sea menester para seguir chupando nuestra sangre, viviendo del cuento. Eso, sobre todo.

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Pepe López

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