Al paso

Tamara no es ultracatólica

Imagen: Gerd Altmann (Fuente: Pixabay).
El gran ‘pecado’ que le achacan los ‘progresistas de salón’ es que se proclama creyente y actúa como tal en México, en Lourdes y en Madrid.

Estamos perdidos. Ni siquiera veo claro que tenga marcha atrás este simplismo seudoprogresista que nos quieren inyectar y nos están metiendo con calzador a los que todavía creemos que hay un Dios creador de todas las cosas, entre ellas el hombre y la mujer, criaturas cumbre de la Creación, en todo caso conectados con los simios llamados homínidos, pero con alma, obra de Dios con la que nos dio la categoría de ser alguien, no algo, a imagen y semejanza suya. Por muy malos que seamos y por muy necios que nos empeñemos en ser (sobre todo cuando nos equiparan a simples homínidos que, eso sí, podemos cambiar de sexo cuantas veces lo deseemos, cosa que no hacen los primos orangutanes); por mucho que nos quieran rebajar en la escala de la evolución nuestros grandes primates gobernantes o cogobernantes, algunos de nosotros aún tenemos fe.

Fe y razón, compatibles y complementarias. Y somos los católicos (no sólo Tamara Falcó) los auténticos progresistas. Los ‘progres’ del sanchismo comunismo y los que borreguilmente les siguen, se quieren reír de las ovejas del Pastor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; ovejas simbólicas y no auténticos borregos como ellos y los que les siguen, becerros que suelen comer en los pesebres bien abastecidos con el dinero de todos los españoles, que les da para viajes en el Falcon o para ir a la Feria del libro de Frankfurt premiando a escritores de cuerda izquierdista y discriminando a los críticos con el sistema sociocomunista. Eso por poner dos ejemplos nada más.

Peligrosísima filosofía sociocomunista: si no eres de su cuerda eres fascista y, acaso, ultraderechista católico. Son ellos, frentepopulistas, antirreligiosos ideológicamente y anticatólicos compulsivos desde antes de la Segunda República (la que asesinó a siete mil sacerdotes, entre ellos 13 obispos), son ellos, digo, los que dan el carnet de católico o de ultracatólico. Si vas a México a un Congreso Internacional de la Familia, organizado por católicos y no católicos herederos de la familia tradicional (que ellos denuestan) eres un ultra. Y lo mismo si viajas a Fátima o Lourdes, aunque sea de simple voluntario para ayudar a enfermos y tullidos que quieren acercarse a la Virgen para pedirle salud o fuerza y hasta alegría para sobrellevar sus dolencias.

Ellos, sobre todo el presidente Sánchez y la vicepresidenta Yolanda Díaz, quieren aparentar respeto y hasta admiración por el Papa. Fueron a Roma (creo que con el Falcon) para hacerse la foto con Su Santidad en el Vaticano, se supone que para arañar votos a católicos incautos, que no deberían ignorar que Pedro envió a la ministra de (des)Educación, Isabel Celaá, la más anticatólica, como embajadora ante la Santa Sede.

El frente sociocomunista y los comentaristas ‘progres’ de medios más o menos afines al sanchismo coinciden en atacar a los creyentes en general calificando de ultraderechista católica a Tamara Falcó sólo porque tiene el valor de defender valores de la mejor tradición grecorromana cristiana y lo hace en un programa televisivo de máxima audiencia. Y predica con el ejemplo. Y dona 75.000 euros a la ‘oenegé’ del padre Ángel. 

Tamara está siendo atacada en su catolicismo porque defiende la familia tradicional.

Es absolutamente ridículo que gentes ateas que legislan contra postulados básicos de la religión (yo diría que coincidentes con los derechos humanos, con el derecho a la vida de los no nacidos y de los que llegan al final de su existencia y deberían recibir los cuidados paliativos para una muerte natural digna), es ridículo, repito, que estos enemigos de la vida humana y de la religión quieran dar certificados de católicos auténticos y de católicos ultra. ¡Pasmoso! ¡Insultante (insulto a la inteligencia y al corazón)!

Los nuevos inquisidores de la izquierda caniche no sólo manipulan a Dios (lo que es absolutamente banal porque Dios es inalcanzable incluso para un vicepresidente blasfemo de la Generalitat Valenciana y para cualquier criatura por muy malvada que sea) sino que están intentando manipular al hombre y a la mujer, los dos seres complementarios y más maravillosos del planeta Tierra. Intentan destrozarlos, miserablemente, desde niños.

Regresan (lo llaman progreso) al hombre simio cuando tenemos una fabulosa historia del simio hombre con alma inmortal. Somos como dioses, cierto, porque somos hijos de Dios. Todos. También los no creyentes. En todos está el hálito de eternidad y de divinidad. Habrá un momento cumbre, el último de la vida; justo en el límite entre la vida y la muerte (tránsito) en que Dios, padre ante todo y sobre todo, nos preguntará si queremos la eternidad en su compañía o preferimos renunciar para siempre, eternamente, a ser hijos en su casa de la bienaventuranza. Allí habrá tiempo para que los hijos de Dios, pródigos y no pródigos, conversemos amistosamente, como hermanos o amigos, con Sócrates, Homero, Platón, Hipatia, Virgilio, San Agustín, Dante, Cervantes, Galileo, Beethoven, Einstein, ‘los tres tenores’, Tamara Falcó y Yolanda Díaz y millones y millones de bienaventurados, en presencia de la Santísima Trinidad, de María Santísima. Habrá tiempo para hablar con todos paseándonos por los increíbles senderos de millones de estrellas en millones de galaxias.

En algún otro artículo creo haber anunciado lo mucho y bueno que nos espera en la otra vida, pero nunca está de más anunciar cosas buenas en tiempos tan deplorables como los presentes. Tenemos futuro, sobre todo el eterno. Nunca está de más recordar aquellos versos de Calderón de la Barca en su ‘El alcalde de Zalamea’:

“Al rey la hacienda y la vida
se han de dar, pero el honor
es patrimonio del alma
y el alma sólo es de Dios”.

Calderón de la Barca

Que nadie nos quite ni el honor ni el alma. Nadie nos los puede quitar. Recemos para que otros hermanos (separados temporalmente) recuperen el verdadero significado de las palabras honor y alma. Las palabras ya no significan lo mismo para todos. Juan Ramón Jiménez clamaba: “Inteligencia, dame el nombre de las cosas”. Pues eso.

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Ramón Gómez Carrión

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