Trescientas... y pico

Ser viejo no es estar enfermo (y otras sombrías confusiones)

Fotografía: Mabel Amber (Fuente: Pixabay).

La lengua española, tan rica en tantas cosas, bien que distingue entre el ser y el estar, entre el verbo ser como condición natural y el estar como condición temporal, espacial, accidental, etc., aunque a veces esa misma riqueza haga muy difícil el trazar la diferencia entre lo uno y otro. Son confusiones que, de uno u otro modo, empiezan a plantearnos algunas cuestiones de la actualidad que van más allá de lo puramente semántico y que por increíble que parezca acaban teniendo mucho que ver con la calidad de vida de las personas, con nuestra propia vida, con el buen o mal trato que damos a los colectivos sociales más olvidados y marginados.

¿Debemos considerar a las personas mayores como población que está necesariamente enferma y susceptible por tanto de ser tratada como tal? ¿España es una democracia en el mismo nivel que lo es Turquía? ¿Han estado los políticos catalanes presos y ahora indultados en la cárcel por sus ideas, por sus declaraciones públicas? ¿Mejora realmente la llamada ley trans los derechos de esta minoría y, por extensión, del conjunto de las mujeres y de los hombres? Me hacía todas y cada una de estas reflexiones a propósito de algunos extraños estudios dados a conocer estos últimos días, de algunas sorprendentes resoluciones de organismos internacionales, de confusas leyes en marcha, y en donde todo parece lío y barullo, donde escasean las certezas y emergen con fuerza ideas que creíamos superadas.

Fuente: Perfil de @laucolazo en Twitter.

Aparentemente, se diría que poco o nada tienen que ver todas y cada una de estas preguntas, estos hechos, entre sí. Sin embargo, si rascamos en el papel de celofán con el que muchas veces nos son presentadas estas poliédricas realidades, vemos que hay algo, como un hilo común que, de una u otra manera, las empuja en una misma dirección, un mismo objetivo: crear confusión. Como si fuerzas oscuras empujaran para que ser y estar fueran lo mismo, pero no.

Y que detrás de ellas, más o menos visibles, hay casi siempre organizaciones, informes de organizaciones mundiales que habíamos convenido en calificar de respetables y que, de una u otra manera también, respaldan tan dudosos planteamientos y aseveraciones, al punto de que incluso me atrevería a decir que, en algún caso, son burdas exageraciones y barbaridades que distorsionan la realidad misma y dificultan gravemente la convivencia.

El caso más palmario, más elocuente, quizás también porque se entiende más y estaría menos sujeto a interpretaciones partidistas, ideológicas, etc., es la reciente reivindicación del fino hilo que tradicionalmente unía vejez y enfermedad y que parece ser que últimamente está empeñado en recoser y unir la OMS (Organización Mundial de la Salud).

Al margen de alertar sobre las consecuencias sociales, económicas y políticas que la imposición de ese silogismo (si eres viejo, entonces estás enfermo) desde ámbitos tan respetados, tendría para todas y cada de nuestras vidas, está el hecho cierto de que esta era una puerta que ya creíamos haber derribado –o estábamos en proceso– en nombre de la igualdad de trato, de la lucha contra los estereotipos, en la batalla contra el edadismo que casi todo lo impregna, en la lucha contra la invisibilidad de las personas mayores en nuestras sociedades tan modernas y avanzadas. Al menos, claro, desde un punto de visto teórico.

Fotografía: Sabine van Erp (Fuente: Pixabay).

Pero parece que no. Pareciera que una nueva enfermedad nos aqueja, también a la OMS, y no es precisamente la de ser viejo o vieja. La enfermedad de caminar hacia atrás. La enfermedad de ampliar el espectro de lo que debiera ser tratado como diferente y no se sabe bien con qué intereses, o quizá sí. La enfermedad que potencie el tratamiento (¿farmacológico?) de la diferencia. (Para más ilustración sobre el tema es recomendable la lectura de una información en la página web 65ymás.com y cuyo título no deja lugar a dudas –“El envejecimiento es un proceso natural, no una enfermedad”– y donde ya se dan algunas de las claves y los riesgos de este supuesto volantazo de la OMS).

En esta línea de organismos internacionales en los que teníamos depositada amplia confianza y que parecen desbarrar por la misma pendiente del desprestigio de la referida iniciativa de la OMS, hay otros casos recientes. Quizás el más llamativo sea ese “sesgado” (así lo calificó el diario El País) informe votado en el Consejo de Europa sobre la calidad democrática de España, sobe el procés, los indultos y sobre qué se debería hacer con los condenados por el Tribunal Supremo, con los huidos.

Es este, el Consejo de Europa, como sabemos un organismo creado en 1949 como una organización europea e internacional para la defensa de los derechos y libertades, y cuyo reciente y confuso informe apunta en una dirección que ya cuesta entender. Que claramente confunde el ser (el pensamiento) con el estar (los hechos). Prueba de esto mismo es que el referido acuerdo, votado en su asamblea y con amplio eco en los medios nacionales e internacionales, ha dado pie a mil interpretaciones, todas y cada una, me temo, que interesadas.

Fuente: https://www.65ymas.com/.

A primera vista, se podría decir que el referido informe contiene de inicio dos errores graves que cuestionarían la supuesta bondad del propio organismo. Uno, mezclar en el mismo trabajo las prácticas autoritarias, machistas, homófobas, de persecución de la disidencia política, de un régimen como Turquía con la calidad democrática de un estado como España, no parece el mejor de los principios. Y dos, que para hablar del procés catalán lo haga partiendo de una premisa, una pregunta, que a estas alturas ya parecía superada y debería estar más que aclarada: ¿Debe perseguirse a los políticos (independentistas catalanes) por declaraciones realizadas en el ejercicio de su cargo? Si el continente de sus conclusiones parte de esas dos premisas – España y Turquía no son lo mismo pero…, y el tronco de lo votado nace de esa segunda pregunta– entonces se diría que la bondad y ecuanimidad del informe quedaría cuestionada por la mezcla de ingredientes tan viciados, por utilizar argumentos tan capciosos, tan burdos. Tan confusos.

Otra más. Ahí está la oscura trastienda de la llamada ley trans, un debate lleno de sospechas, de maximalismos, de amplias zonas de sombra, que ha enervado el diálogo entre quienes deberían defender lo mismo, hasta casi hacerlo imposible. Más allá de la defensa de los derechos de una minoría (el barómetro de cualquier democracia es precisamente ese, la defensa de las minorías), más allá incluso de la denuncia de fondo del feminismo de que tal propuesta supone el “borrado” de las mujeres como sujeto político históricamente discriminado, más allá de todo eso, está esa volátil sensación de que se ha aprovechado una justa reivindicación para otras cosas y sin saber muy bien qué son esas otras cosas. Y que en realidad lo que hay en esas zonas de sombra es que se persiguen otros objetivos menos confesables, que a muchos ciudadanos –entre los que me cuento– les produce hastío y les hace muy difícil entrar de lleno en la reflexión si no lo haces cargado de apriorismos identitarios e ideológicos. Y eso tanto para su defensa como para su contrario.

Fuente: Esquerra Republicana de Catalunya.

Y, consecuencia de estos casos, como de otros que usted amable lector puede añadir a la lista, podría suceder que sin darnos cuenta esté creciendo entre nosotros la zozobra. Si las zonas de luz en las que nos habíamos apoyado para avanzar –la OMS, el Consejo de Europa, defensa de los derechos de las minorías…– están mudando su piel, desandando caminos que creíamos los correctos, abriendo debates casi imposibles porque casi nadie entiende de qué se habla, hacia dónde se quiere ir, entonces, cabría preguntarse ¿qué nos queda?

Hubo seguramente un tiempo en el que creímos saber lo que éramos, hacia dónde caminábamos, conocíamos dónde estaban las manos amigas que nos ayudaban a levantarnos, pero ahora, de un tiempo acá, en demasiadas ocasiones ya no sabemos bien dónde estamos. Y mucho menos lo que somos. El viejo, rico y castizo ser y estar del castellano del principio está siendo contaminado por la más directa alocución inglesa del verbo to be, por corrientes y fuerzas que no sabemos muy bien quiénes son, quiénes hay detrás de ellas y, sobre todo, hacia dónde nos quieren llevar. Y, me temo, no es solo lenguaje.

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Pepe López

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