Impulso irresistible

Salir al encuentro

Fotografía: Free Photos (Fuente: Pixabay).

Uno sale de casa (o de donde quiera salir) y ocasional o intencionadamente se encuentra con otra u otras personas, siendo lógico que se saluden educadamente o, por reconocimiento o amistad, hayan quedado ambas partes para ponerse a disfrutar de un paseo, de una reunión, de una merienda, de una charla, y circunstancialmente haya sido un motivo para tener un mal choque a causa de sentirse avasallados u ofendidos los unos con respecto de los otros. No, normalmente no pasa eso entre personas civilizadas, salvo que estén ambos grupos a la greña y quién sabe si hasta se habrían podido citar en sitio propicio para materializar un enfrentamiento y mostrar sus diferencias a base de mamporros y otras lindezas a golpes o solamente con insultos o insinuaciones (que nunca son razones que justifiquen actos de violencia ni la expresión en volumen subido para acallar así al contrario). No es eso, no, sino más bien al contrario en los casos en los que uno desea volver a ver a otro (u otra cosa) justamente porque le cae bien, le gusta, quiere mirarle mejor, siente el deseo de dirigirse no para chocar con él sino, al contrario, aprovechar la ocasión para mostrarle su gusto personal o decirle más directamente, con buen talante y hasta con admiración o con probado asombro, volver a saludarle. Uno siempre se acuerda de estos gestos de muchachitos cuando íbamos a ver pasar a los gigantes y cabezudos, o algunas procesiones que nos impresionaban, o los pasacalles de las bandas de música. No nos conformábamos con verlos pasar una vez, sino que teníamos que recrearnos repitiendo la jugada cuantas más veces mejor. Si lo hubiéramos hecho una sola vez no lo habríamos pasado tan bien como ahora recordamos.

Teniendo en cuenta estos antecedentes, que a algunos nos vienen de la infancia, “salir al encuentro” de estas cosas era algo sumamente satisfactorio, atrayente, seductor, incluso deseable, pues no en vano reteníamos en la mente la musiquilla de la pieza que íbamos redescubriendo por las esquinas en donde repetíamos la espera, así hiciera mucho frío o mucho calor. Éramos constantes al salir al encuentro de la comitiva por las calles del pueblo; lo hacíamos con sumo agrado, con gran satisfacción, con auténtica admiración. Tanto eran así de estimulantes estas acciones que cuando podíamos las llevábamos a nuestros juegos, así los de pandilla como los personales. Además, veíamos que eso de salir al paso era como otra manera de jugar, pero lo más importante era considerar que realizar estas cosas nos emocionaba y satisfacía enormemente porque nos sentíamos formando parte de las tradiciones. Piénsese que el día más importante, además del de la Patrona, el día 8 de septiembre, como en casi media España, era el Domingo de Pascua de Resurrección, cuyo mérito estaba en un madrugón para poder acompañar a la Madre del Resucitado que va a darse un abrazo con su Hijo en una plaza céntrica del pueblo, en donde no cabían más personas en los balcones, ventanas y huecos de las calles convergentes. Decían más de uno que habían tenido que correr mucho para llegar a tiempo. La costumbre iba añadiendo novedades que correspondían principalmente a estrenos de nuevos pasodobles y marchas procesionales para llevar a la Virgen al lugar preparativo.

Encuentro entre la Virgen de la Alegría y el Cristo Resucitado en Alicante (Fuente: Canal de YouTube de 12TV).

Cuando la Patrona, Madre del Remedio, vio a su Hijo resucitado, la Banda de música hacía sonar el himno nacional en el momento justo de su Encuentro, un instante emocionante en el que cuesta mucho contener la conmoción interior y personal, a lo que añadir el revoloteo de unas palomas sobre la multitud y el revuelo de las campanas más grandes y sonoras que, enloquecidas, parecían no querer detenerse por el júbilo, la alegría y la importancia del momento. Luego se habló de otros encuentros, también de ámbito religioso, que no nos parecieron nunca comparables, a pesar de las buenas y devotas intenciones con que se fueron añadiendo a las procesiones de la Semana Santa que allí sigue creciendo en fervor y devoción. Si oímos “el encuentro” la mente se nos va allí: al pueblo, a la Pascua.

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Demetrio Mallebrera

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