Opinión

¿Quién es mi concejal?

Calle Pintor Velázquez (Fotografía: Toni Gil).

Hace unas semanas el diputado conservador David Amess, de 69 años, estaba hablando con algunos de sus votantes en una iglesia metodista en la pequeña localidad de Leigh-on-Sea, a 60 km al este de Londres, cuando fue asesinado a puñaladas.

Independientemente del hecho terrorista, lamentable y reprobatorio, lo que me atrajo de la noticia es el hecho de que se siga produciendo esa vieja costumbre inglesa que permite a los electores hablar con sus electos para transmitirles sus quejas o sus necesidades, felicitarles o preguntarles por tal o cual tema de su interés.

Ya quisiéramos por estos andurriales hispanos que esa costumbre se implantara por parte de nuestros diputados o senadores nacionales, y hasta por nuestros representantes autonómicos. Todos nos beneficiaríamos de esta simbiosis. Para ello, en primer lugar, este modesto votante tendría que acordarse de quien era “su” diputado, pues al ser nuestro sistema tan diferente a aquel, pues aquí postulamos listas de partidos o coaliciones, no personas individualmente consideradas. En segundo lugar, uno también tendría que acordarse, al menos, del cabeza de la lista que votó, pues como suele ser habitual, los políticos una vez nominados se olvidan de nosotros durante los casi cuatro años de legislatura, salvo que se adelantasen las elecciones.

Y esta interrelación podríamos llevarla incluso al ámbito municipal, de forma que cada vecino supiera quién es “su” concejal y poder dirigirse a él con sus cuitas. Un amigo de la calle Pintor Velázquez de Alicante se quejaba hace unos días de la altura que han adquirido los árboles allí plantados no hace mucho; llegan hasta el segundo piso y no podía abrir las ventanas sin tropezar con las ramas. Independientemente de que parece que hubo error al situar esa especie en una acera tan estrecha, mi amigo no sabía a dónde dirigirse. Como en el caso de los bancos, hoy hay que ser adelantado digital para gestiones tan sencillas como pedir que vengan a podarlos, o mejor trasplantar estos sujetos arbóreos a espacios más amplios.

Sería fácil si cada concejal asumiera –de forma genérica e independiente de sus funciones específicas, si las tuviera– una zona o barrio  al que “cuidar” y aceptando, siquiera una vez al mes, una cita con vecinos con los que charlar y recibir sus propuestas. Puestos a comparar con el pasado, y no por evocarlo, cabe recordar que en otros momentos hubo lo que se denominaban “alcaldes de barrio”, que no recuerdo que fueran electos o si pegaban hebra o no, pero como figuras –aunque menos retóricas, más prácticas– bien podrían rescatarse.

Yo mismo podría dirigirme al mío –al de mi barrio– y, lejos de asaetarle brutalmente, podría comentarle que las aceras de la calle Pablo Iglesias están predispuestas a proporcionar caídas a los viandantes, rotas y hundidas como se encuentran; que podría suministrarse a los vecinos con automóvil que aparcamos en zona naranja un bono anual que supliera la necesidad de pagar día a día, o semana a semana, algo incómodo por repetitivo; que replantaran un par de árboles en alcorques que lo están pidiendo a gritos en la calle Maestro Gaztambide, o que paseara alguien con uniforme, de cuando en cuando, por la zona, sugiriendo a los dueños de perros que no defequen sus canes en las aceras.

Pero el paso primero es saber si tenemos concejales dispuestos a oírnos, o son de aquellos que recitan: “Ladran, Sancho, luego cabalgamos”, a lomos de las urnas, no sin cierto desprecio a los ciudadanos.

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Toni Gil

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