Opinión

Demasiada basura

Fotografía: Sqirrel (Fuente: Pixabay).

Hay días que amanecen desgastados y cargosos y no quieres encender nada y dejas las persianas bajadas otra vez. La puerta está bien cerrada con llave, y además la pusiste nueva y acorazada, y solo se trata del cuarto de baño y un par de metros para la cama. Te han contado que hay gente que vive en lugares mucho más amplios, con dos o tres baños y muchas habitaciones, y estanques para las ranas y rediles y pocilgas donde no siempre se aglutinan ovejas y cerdos al uso.

Parece que esta sociedad no se conforma con cambiarte y ya está, sino que te quiere moldear como plastilina todos los segundos del resto de tu reloj.

Hace más de un mes que no conecto el teléfono, creo que lo lancé por la borda del váter con otros excrementos y tiré de la cadena hasta escurrir la última gota de agua de la cisterna –tirar de la cadena casi es una expresión anacrónica, ya no hay cadenas, al menos de esas demasiado visibles –, todo parece muy bien orquestado y las partituras son las que son, por mucho que los instrumentos sean distintos.

Bueno, parece que los días desgastados se han ido y amanecerán en otro lugar. Decido vomitar todas las horas atrincherado detrás de la pared, justo en ese hueco vacío e incomprendido que está entre el alicatado, el yeso, los cables de luz y tuberías. Casi nadie se da cuenta de todo lo que hay detrás de lo que se ve sin abrir los ojos y sin mirar. Antes de salir de la pared, miro por el espejo retrovisor del pasado y me aseguro de que no me siga. No es nada fácil, pero no cabe tanto equipaje de mano y quedan, además, todavía muchos kilómetros sin duda repletos de empinadas cuestas hacia abajo, demasiadas llanuras montañosas y también probablemente algunos valles en lo más alto de las cumbres.

También antes de salir procuro calafatear las viejas maderas de las ventanas saledizas y me engaño otra vez haciendo muecas frente al espejo otrora esmerilado y hoy en proceso de oxidación y agrietado. Y así todo va haciendo mella, como una gota de agua puede construir un charco, un estanque, un hogar para ranas y sapos. Me acuerdo ahora de la Metamorfosis de Kafka, y puede que en ese hilo de tiempo que nos separa no haya cambiado tanto el hombre. No se puede asegurar casi nada, pero todo parece un enorme laberinto repleto de enormes edificios que ocultan las calles, túneles de metro, ríos cercados y manchados y océanos a la deriva en un mar de icebergs que sufren los misterios del piélago.

Fotografía: Sebastien Le Derout (Fuente: Unsplash).

Me paso el hilo dental –ya saben por dónde–, cojo un puñado de detergente para la ropa delicada y me enjabono la cara para afeitarme. Después me ducho, ya saben con qué, y me enjabono el cuerpo con suavizante extraespecial. Después de todo, hay demasiados productos de limpieza y, sin embargo, cada día hay más suciedad. La basura sale por todos los contenedores, televisión, radio, Internet, prensa escrita… hay días o noches que sin ser fiesta no pasa el camión y la basura sale de fiesta en coches de tarjetas opacas, fantasmas, tarjetas –al fin y al cabo– del color del dinero que un día necesitó un padre para que sus hijos no pasaran las noches en las literas de los parques. Dinero que esperó demasiado tiempo aquel vecino dependiente para adquirir unos medicamentos inalcanzables, o una silla de ruedas automática para poder pasear casi como uno de nosotros. Y luego sale más basura casi por la comisura de tantas verdades falsas, y se van otra vez de fiesta con las comisiones, con contratos encriptados y con el traje de connivencia y los complementos a juego de cohecho.

En fin, para concluir, esta sociedad ha cambiado tanto, es tan moderna, que podemos ver toda clase de detritos de basura primaria y en estado de descomposición sin salir de casa, sin salir de una pequeña habitación. Solo con un pequeño gesto a golpe de clic, con un mando y hasta con un wasap nos dejan ver lo bien que gira el mundo, aunque lo haga con ese olor tan repugnante que deja la basura cuando no se saca a su hora y, además, no se recicla.

Y mientras tanto, todavía hay más perchas que ropa y suicidios que nunca quedan registrados, hombres en fábricas sin ninguna escapatoria, asfixiándose mientras creen que viven.

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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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