Opinión

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? O ¿qué tiene preferencia, la salud o la economía?

Salina en Torrevieja (Fuente: Luis Seguí).

Respuesta imposible: sin economía, no hay salud, y sin salud, no hay economía.

Difícil problema para una cuestión planteada por Isabel Díaz Ayuso, antes de su reelección como presidenta de la Comunidad de Madrid, al tratar de justificar la apertura de establecimientos comerciales y de ocio cuando la pandemia arreciaba.

Porque un eficiente sistema de salud, como el que tenemos en España, sólo es posible con una economía boyante que lo pueda sostener, pues si dejamos de apoyar a los sistemas productivos, estos no generarán riqueza para propiciarlo. Pero si incumpliéramos las recomendaciones de las autoridades sanitarias, la salud de los ciudadanos y del personal médico se vería comprometida, acercándonos a un colapso total.

Sabido es, por ejemplo, que el trabajo en una salinera constituye un riesgo para la salud de quien lo practica. Un antiguo oficio tan necesario como peligroso. Suprimamos este quehacer y privemos a la humanidad de la imprescindible sal. ¿Favorecemos en este caso la salud del salinero impidiéndole ejercer tal trabajo o cortamos la producción de sal con inimaginables consecuencias económicas negativas?

El equilibrista en el cable debe compadecer a quienes tienen que escoger entre una y otra opción: el margen entre ambas es tan estrecho que la preferencia por cualquiera de ellas puede llevar al desastre.

Y, aunque la pandemia puede parecer que está acabando, debemos recordar que crisis sanitaras como la del covid-19 se producen cíclicamente. Más pronto que tarde aparecerá otra pandemia para llevarse por delante una porción de la Humanidad, porque estamos en permanente riesgo de sufrirla: consumimos animales y vegetales del más variado origen, ajenos a nuestro medio habitual, combinando productos que, al mezclarse, pueden convertirse en una bomba infectiva. El de Wuhan, descartado el accidente de laboratorio, se atribuyó al consumo del inocente pangolín, o al excremento de murciélago mezclado con el del cerdo… nadie ha sido capaz de determinar el verdadero origen del coronavirus. Y esa ignorancia y nuestra voracidad alimenticia, puede llevarnos de nuevo a una terrible mortandad.

Cada día mejoran las comunicaciones, la circulación de noticias, las tentaciones de exóticas gastronomías o de paraísos turísticos cuya visita y consumo de nuevos platos ponen en riesgo nuestras defensas, inútiles para resistir esos choques.

¿Cómo evitarla? ¿Primamos el desarrollo económico para poder financiar investigación, personal médico y tratamientos hospitalarios, o nos decantamos por preservar nuestra salud frenando la actividad que puede ponerla en riesgo?

Como todo en esta vida, la virtud está en el medio. Un poco de aquí, un poco de allá. Pero, ¿cuánto?

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Luis Seguí Asín

Periodista.

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