Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

¿Por qué nos molesta el viento?

Eolo entrega los vientos a Ulises. Óleo sobre lienzo de Isaac Moillpn. Museo de Tessé (Fuente: Wikimedia).

A lo largo de la historia, el viento ha sido uno de esos fenómenos naturales que despiertan al mismo tiempo admiración y fastidio. En la mitología clásica, por ejemplo, Eolo era el señor de los vientos, encargado por Zeus de liberar o encerrar las corrientes de aire al antojo de los dioses y de los humanos. Su figura, rey de un mundo invisible, refleja cómo desde antiguo tratábamos de dar sentido a lo que no comprendíamos: fuerzas de la naturaleza que podían traer tormenta o calma, fertilidad o destrucción. Sin embargo, más allá de la poesía y de las leyendas, el viento es, sobre todo, un fenómeno meteorológico bien definido: aire en movimiento causado por diferencias de presión atmosférica en la Tierra, que desde las zonas de alta presión se desplaza hacia las zonas de baja presión. La rotación del planeta, la fricción con la superficie y variaciones locales de temperatura modelan así los vientos que sentimos cada día. 

Desde el punto de vista de la física atmosférica, las masas de aire intentan equilibrar esas diferencias de presión. Donde hace más calor, el aire se expande, se eleva y crea una zona de baja presión; donde hace más frío, el aire es más denso y produce alta presión. La constante lucha de estas fuerzas genera el flujo de aire que conocemos como viento. En nuestro país, estas dinámicas se combinan con la orografía, el mar Mediterráneo, y las grandes oscilaciones de presión entre el interior de Europa y el sur del continente. El resultado son episodios de viento intenso cada cierto tiempo, que no solo molestan, sino que, en muchas ocasiones, provocan daños materiales y alteran la vida cotidiana.

Esta última temporada hemos vivido en nuestras comarcas varios episodios de viento persistente que muchos describen con un comentario casi fatalista: “otra vez con viento”. Y es que este invierno ha sido, estadísticamente, de los más fríos y ventosos de las últimas décadas en nuestra zona (con heladas y térmicas bajas notables, según datos de AEMET). Aunque las mediciones oficiales de rachas máximas en estación específica pueden variar día a día, las estaciones meteorológicas registran periódicamente ráfagas por encima de los 40–50 km/h en Alicante capital o su entorno, cifras que ya están en el umbral de viento fuerte para la escala meteorológica. Con la borrasca llamada Ingrid, hemos tenido ráfagas de viento que han superado los 120 km/h en diversas localidades como Xixona o Alcoi. Los desperfectos no han sido menores: mobiliario urbano arrancado, semáforos torcidos, vallas caídas y una sensación generalizada de que el viento “se lleva todo lo que puede”. Hay quien evita salir a la calle por temor a esos golpes imprevistos de aire que hacen tambalear incluso a peatones robustos.

Fuente: www.depositphotos.com.

Pero ¿por qué nos molesta tanto el viento? Desde una perspectiva física, el viento aumenta la pérdida de calor del cuerpo, lo que intensifica la sensación de frío y hace que nuestro organismo tenga que trabajar más para mantener la temperatura interna. Esta sensación, conocida como sensación térmica, puede hacer que un día que no sería especialmente frío parezca gélido y desagradable. Su impacto va más allá de lo físico. Diversos estudios han sugerido que las condiciones meteorológicas, incluido el viento fuerte, pueden influir en nuestro estado de ánimo, niveles de energía y percepción emocional. El fenómeno de la meteoropatía —sensibilidad al clima— está generando cada vez más interés: vientos persistentes pueden relacionarse con irritabilidad, ansiedad o sensación de incomodidad continua, especialmente cuando interfieren con el descanso o el sueño, incluso con dolor de cabeza o presión ocular. Incluso hay evidencias anecdóticas y de pequeñas investigaciones que apuntan a que la dirección del viento puede influir en aspectos psicológicos como la energía o la ansiedad, aunque la relación causal aún no está completamente establecida en la ciencia estricta. 

No es casualidad que el viento se haya utilizado con fuerza en la literatura contemporánea para simbolizar desasosiego interno o destino adverso. En Cien años de soledad, de García Márquez, el viento interminable lleva y trae recuerdos, hace invisibles las palabras y sumerge al pueblo de Macondo en una confusión atemporal que presagia destinos difíciles. Ese mismo elemento climático, omnipresente e implacable, funciona como metáfora de fuerzas más grandes que los personajes, de cambios que no se pueden detener. Ese uso literario deja una huella poderosa: el viento no es solo aire que se mueve, sino una presencia casi emocional en la narración humana, capaz de influir en estados de ánimo, sensaciones colectivas y, en nuestros relatos, incluso en el carácter de los personajes.

Nos guste o no, el viento forma parte del clima mediterráneo y vendrá y se irá con cada cambio de presión o masa de aire. Aprender a convivir con él, pues, significa no solo prepararse físicamente (estructuras resistentes, planificación urbana adecuada), sino también reconocer que nuestra relación emocional con el tiempo atmosférico influye en nuestro bienestar. Y sí, aunque el viento nos moleste —porque enfría, porque estropea, porque nos despierta por la noche o altera nuestros planes— también puede tener aspectos positivos: ayuda a dispersar la contaminación, impulsa energías renovables como la eólica, y en días más calmados puede aportar esa brisa ligera que muchos asociamos con confort y relax. Así, más allá de Eolo y de la mitología, el viento es un recordatorio de que vivimos en un planeta dinámico. La pregunta no debería ser solo por qué nos molesta, sino cómo podemos aprender de él y, quizás, incluso apreciarlo cuando decida soplar.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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