Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

El miedo al rechazo

Fuente: www.depositphotos.com.

¿Por qué tenemos tanto miedo a sentirnos rechazados? ¿Qué nos lleva, pues, a aceptar actuar contra nuestros principios con tal de no quedarnos fuera del grupo, de no sentir que nos dejan aparte, de no experimentar ese silencio incómodo que parece decirnos que no valemos lo suficiente? ¿Por qué aceptamos vestir como otros consideran que debemos hacerlo, llevar un peinado que no nos gusta, disimular o fingir que estamos bien cuando no lo estamos, o convertirnos en personas distintas según quién tengamos delante?

El miedo al rechazo empuja a comportamientos que, vistos desde fuera, resultan incomprensibles, pero que desde dentro se viven como la única forma posible de sobrevivir. Nos autocensuramos para no incomodar y también para no desaparecer: quien vive pendiente de los likes en sus redes sociales y mide su valor personal por el número de corazones o seguidores que obtiene; si no llegan, aparece la sensación inmediata de no gustar, de sobrar, de ser rechazado. El periodista que suaviza un artículo para no molestar al poder o al responsable de la edición, el escritor que escribe la novela que cree que será aceptada aunque no sea la que realmente quería escribir, el amante masculino que recurre a la viagra no por deseo sino por pánico a fracasar, la persona que lo da todo —tiempo, dinero, energía— para que la acepten, aunque eso suponga quedarse vacía.

Este miedo no aparece de la nada: nace en la infancia. En los primeros años de vida aprendemos algo decisivo: el amor puede retirarse. Que ser aceptado, a veces, depende de comportarse de una determinada manera o de aceptarlo todo a pies juntillas. La psicóloga Alice Miller lo formuló con claridad cuando afirmó que el niño aprende muy pronto a renunciar a sus sentimientos auténticos para conservar el amor de quienes necesita, una idea recurrente en su ensayo El drama del niño dotado (1979). Esa renuncia temprana deja una huella profunda: la convicción de que ser uno mismo es peligroso. En la adolescencia, el miedo al rechazo se amplifica. El grupo se convierte en un tribunal permanente. Ser distinto duele, y duele mucho. La ropa, el cuerpo, el lenguaje, los gustos, la actitud: todo se observa, todo se juzga. Para muchos, la solución es adaptarse, aunque eso implique traicionarse. Se aprende a callar, a reír cuando no apetece, a asumir opiniones ajenas, a aceptar dinámicas que generan malestar con tal de no quedarse fuera.

Fuente: www.depositphotos.com.

En la edad adulta, la distorsión se confirma. Ya no es solo el grupo de amigos: es el trabajo, la pareja, la familia, la opinión pública. Si uno no es sincero consigo mismo, la contradicción interna se vuelve constante. Se agudiza, se convierte en herida, y duele. Ese dolor sostenido no es inocuo. Puede transformarse en ansiedad, depresión, trastornos psicosomáticos. El cuerpo y la mente acaban expresando lo que la persona no se permitió decir. Ante ese malestar aparece la huida. El alivio rápido, el momento de falso placer. Las adicciones —a sustancias, al trabajo, al reconocimiento, al sexo, al consumo— funcionan como anestesia. Pero la anestesia no cura; solo aplaza el daño. Y a menudo acaba por destrozar al adulto que no consiguió ser él mismo. El miedo inicial se convierte entonces en terror: paraliza, impide tomar decisiones auténticas, bloquea cualquier intento de cambio.

Este mecanismo es especialmente visible en quienes viven de la imagen pública. El artista, el cantante, el escritor, el periodista, el político que hace lo que sea para mantenerse en el foco, en la aceptación continua. El riesgo es enorme: cuando todo gira en torno al aplauso, el rechazo se vive como una amenaza existencial. Para evitarlo, se rodean de personas que adulan, que no señalan errores, que proyectan afecto incondicional. Así se pierde el contacto con la realidad.

En el ámbito político, esta dinámica tiene consecuencias graves. El gestor que vive protegido por su círculo acaba aislado. El miedo al rechazo le impide escuchar la crítica honesta. Los asesores-amigos construyen un mundo idílico donde no hay conflicto ni disenso. Lo hemos visto en situaciones recientes, sin ir más lejos, en la cúpula de la gestión del expresidente de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón: el aislamiento, la desconexión, la incapacidad de percibir el malestar real. Hasta que un día la realidad irrumpe de golpe, como ocurrió en el funeral de Estado por las víctimas de la DANA. Quien vivía en la aceptación falsa se enfrenta de pronto al rechazo auténtico. Podríamos aportar muchos ejemplos más, de todos los colores políticos, que nos ofrecen situaciones similares. La ciudadanía percibe esta pantomima constante y el resultado es el incremento del descrédito de la política. Pero no hace falta irse a las élites ni al mundo del espectáculo. En el día a día encontramos personas atravesadas por este miedo. Personas que en la infancia no tuvieron el grupo de amigos que deseaban y aprendieron que solo serían aceptadas si ofrecían lo suyo, hasta quedarse sin nada. Que aprendieron a ceder siempre antes que defender sus principios o su intimidad.

Personas que llegaron a ser abusadas y callaron para no sentirse rechazadas. Que incluso acabaron adulando y sirviendo a quien las humillaba, porque se acostumbraron a la humillación como única forma de vínculo. Que aprendieron que decir no era imposible, incluso ante peticiones injustas o destructivas, porque no podían permitirse el lujo de perder a nadie. Esta es la base de la relación abusador–abusado. También está en la raíz de la violencia de género: quien la sufre no se rebela por miedo al rechazo, al vacío, a la soledad; quien la ejerce no tolera la autonomía del otro porque no sabe gestionar la posibilidad de ser rechazado. Ambos están atrapados en la misma distorsión.

Vencer el miedo al rechazo no es sencillo. Implica revisar la propia historia, aceptar pérdidas, sostener la incomodidad de no agradar. Pero es un paso imprescindible. Porque cuando dejamos de vivir para ser aceptados, empezamos a vivir con coherencia. Superar ese miedo nos hace auténticos y, sobre todo, libres. Y no hay aceptación que compense una vida vivida de espaldas a uno mismo.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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