Trescientas... y pico

Pequeños dictadores en las redes

Cabecera de la noticia aparecida en ABC el 29/10/2021 (Fuente: ABC).

Las redes sociales, esa hidra de mil cabezas con la que casi estamos obligados a convivir, nos retrata más de lo que pensamos, más de lo que a veces quisiéramos. Y no solo para bien. Eso lo hemos aprendido con el tiempo. En manos de personajes públicos, de representantes políticos, es casi siempre un artefacto muy potente de comunicación, pero, en muchas ocasiones, también para su contrario. El uso que han hecho o hacen algunos de ellos –Trump, Girauta, Ayuso, por citar tres llamativos ejemplos– nos permite entrever ciertos tics autoritarios y un cierto lado oscuro, ese mismo que sus discursos y palabrería hueca tratan de ocultar, de endulzar.

Sucede que son muchos los políticos y las organizaciones políticas que le han cogido el tranquillo a las redes sociales. Eso estaría bien si se hiciese mayormente para ampliar canales de comunicación con los ciudadanos, con los electores, pero sucede también y en muchas ocasiones que estas mismas redes sociales son utilizadas justo para su contrario, para cegar esa comunicación, para levantar muros de silencio, para cerrar la puerta al discrepante. En este sentido no parece exagerado afirmar que cada vez son más los políticos y representantes públicos que las utilizan para parapetarse y encastillarse tras ellas, para no dar explicaciones a sus electores sobre sus decisiones, para evitar someterse al interrogatorio de los periodistas.

En este terreno y desde hace tiempo siempre me llamó la atención el impulsivo uso que el exdirigente y diputado de Ciudadanos Juan Carlos Girauta hacía de sus redes sociales, y de forma muy especial su aguerrida defensa pública del mecanismo de censura y bloqueo a quienes personas o medios, en eso él no se paraba en chiquitas– no coincidían con su opinión o simplemente le eran molestos a su discurso y a su manera de pensar.  

Perfil de @GirautaOficial el 31/10/2021.

Eso fue así hasta el punto de que su extraña e impulsiva afición dio lugar a piezas periodísticas sonoras como la publicada en eldiario.es en agosto de 2017 y titulada “Ningún político bloquea tan rápido en Twitter como Juan Carlos Girauta”. Él, al contrario de lo que cabría pensar, no se amilanó nunca y lo justificaba con argumentos del tipo “Mi Twitter es mi casa y entra quien yo quiero. Puedo hacer lo que me dé la gana”. En su particular guerra de bloqueos llegó incluso a hacer lo propio con la cuenta del periódico digital del Huffington Post.

Era este, bien mirado, un argumento extraño y peligroso, pues si comunicaba y comentaba por las redes cuestiones políticas, de actualidad, si las utilizaba para proyectar su faceta de dirigente político, si recurría a ellas para comunicarse públicamente, entonces cabe preguntarse si éstas eran solo su casa o debían ser consideradas propiamente como otro medio más de comunicación. Es esta una pendiente resbaladiza pues la pregunta seguramente ni nos la haríamos si la censura y su negativa a responder preguntas hubiese sido –un suponer– a todos los medios y periodistas que no pensaban como él. Simplemente lo tacharíamos de inadmisible.

La anterior reflexión viene a colación a raíz del penúltimo capítulo de esta “guerra de bloqueos” de personajes públicos –no confundir con lo que hacen los ciudadanos anónimos en general– protagonizada por la hiperactiva presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Su particular bloqueo no ha sido contra ciudadanos o contra medios de comunicación que le resultasen incómodos o críticos con su línea de pensamiento, que eso de alguna manera, y conociendo al personaje, entraría dentro de lo esperable, de una cierta lógica de las cosas.

Perfil de @ElHuffPost el 8/8/2017.

Su penúltima “guerra” en redes la desvelada un diario conservador –ABC– y la ha llevado a cabo contra los que se supone sus afines, sus propios compañeros de partido. El titular de la noticia del diario era este: “Estupor en Génova por el bloqueo de Ayuso a García Egea y otros dirigentes del PP en (su) WhatsApp”, entre varios altos cargos del PP de Génova 13, la sede nacional del partido.

Habrá quien quiera pasar el hecho como una anécdota –más o menos como lo de la casa de Girauta–, como una divertida ocurrencia de la presidenta de la Comunidad de Madrid, pero no se nos oculta que tras esta drástica decisión está la estrategia de marcar perfil propio, de mandar mensajes algo insolentes, del estilo de aquellos sonoros enfrentamientos con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a cuenta de la pandemia. Como tampoco se oculta que tras esta actitud censora de la presidenta madrileña existe un ansia nada disimulada de convertirse en la reina de la fiesta, de tener para ella todos los focos, y de remarcar que arriba del todo está ella y solo ella. Y que lo demás –incluido su secretario general– es cuando menos anecdótico y prescindible, que está como de sobra. Más cuando lo que está en juego es quién manda en el PP.

Ante este tipo de hechos o parecidos las preguntas que podemos y tenemos derecho a hacernos como ciudadanos libres que somos, es si un representante político de la relevancia de entonces como Girauta, o la de Ayuso de ahora, tienen derecho a bloquear –la palabra aquí tiene el sentido de negar la discrepancia, la crítica…– a aquellas personas, periódicos, incluso compañeros de partido, por el solo hecho de que utilizan tu canal para opinar distinto.

Perfil de @DonaldTrump el 31/10/2021.

Y consecuencia de lo anterior, si no tenemos igualmente derecho a pensar que detrás de estas actitudes de los girautas, de las ayusos y de muchos otros –también en la izquierda suceden capítulos parecidos– que practican el bloqueo sistemático del discrepante, no se estarán escondiendo pequeños dictadorzuelos y peligrosos reyezuelos ante los que deberíamos estar alerta.

Ya sé, ya sé, que muchos de ustedes dirán que estas pequeñas historias no pasan de ser hechos anecdóticos si se quiere, pero a uno, la verdad, es que le hacen pensar y le preocupan. No vaya a ser que lo que hacen en ese terreno que ellos consideran extrañamente privado lo puedan hacer igualmente cuando están al frente de la casa de todos.

Solo pensar que el gran maestro de estas prácticas tenebrosas de bloqueo y silenciamiento del discrepante en redes sociales fue un tal Donald Trump durante su mandato presidencial, ya da bastantes escalofríos. Fue aquella una práctica que, por cierto, llevó a la curiosa sentencia de una jueza federal que dictaminó que “(Trump) no debería poder bloquear a los usuarios que le escriben en Twitter, ya que falta a la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos”, justo la que se refiere a la libertad de expresión.

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Pepe López

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