Impulso irresistible

Pemán, enraizado en sus divagaciones

José María Pemán (Fuente: Real Academia de la Historia).

José María Pemán, escritor y orador español, nació en 1898 en Cádiz y vivió hasta 1981, fue también autor de obras de teatro y de poesía, escribió novelas y participó en los primeros años de la televisión española conversando con un personaje al que llamaba “Séneca”. Pero mejor hoy le vemos con sus elucubraciones espirituales:

     -Cuando iba al pozo por agua
a la vera del brocal
hallé a mi Dicha sentada.

     -Samaritana:
¿dónde están los ungüentillos
de nardos que te aromaban?,
¿dónde la linda sortija
y dónde las arracadas?,
¿dónde los cinco maridos
que tu amor enamoraban?

    -Hallé mi dicha sentada
a la vera del brocal,  
cuando iba al pozo por agua.

     ¡Ay, samaritana mía,
si tú me dieras del agua
que bebiste aquel día!

     Toma el cántaro y ve al pozo:
no me pidas a mí el agua,
que a la vera del brocal
la Dicha sigue sentada.

          José María Pemán

Lo hemos escrito otras veces: la vida está llena de encuentros con conocidos o con desconocidos, en lugares donde otros estaban esperándonos (quizás sin saberlo). Hay miles de historias que empiezan así. Pero, ¡cuidado!, pueden acabar de cualquier manera. La aparición de la impaciencia en estos momentos no es nada recomendable. Todo lo que rodea a un encuentro con otra u otras personas parece un lugar luminoso, incluso idílico, que facilita una ensoñación y permite un diálogo más o menos interesante, aunque solamente sea un saludo con una expresión de buen deseo, o al menos de buena educación. Lo que venga después no se sabe, pero podría ser una bella historia si se dan las condiciones adecuadas y los impulsos interiores que empiezan, como casi todo, por una sencilla salutación.

El momento de la casual coincidencia, sin aviso ni prevención, se nos antoja cargado de una fascinación que nos gustaría no dejar en la improvisación ni en la duda. Ahora todo son preguntas en la sombra de nuestra mente. Quién será esta persona, a qué se dedica, cuántos años tendrá, cómo le va con los que le rodean (su familia, sus trabajos, sus negocios, sus gustos y sus disgustos). La situación, la hora, la prisa (o su ausencia) mandan en la trama de esta simulación intencionada, o verdaderamente casual. Como ocurre casi siempre, se deja para el final la pregunta principal que vendría a poner orden y concierto deshaciendo una supuesta tensión emocional: ¿qué hace usted aquí?, ¿quién es?, ¿a qué se dedica?, ¿cómo le va la vida? Los circunloquios, las perífrasis, las vaguedades y otros seres oscuros luchan por llevarse la razón en nuestra confundida mente. Es como llevar una doble vida interior sin reflejo en nuestros hechos y acciones. Las divagaciones no hacen más que marearnos a todos los aquí presentes que nos hemos quedado de lo más cariacontecidos y turbados.

Llegados a este tinglado proponemos volver a la sensatez con unas palabras que hemos descubierto que había escrito nuestro poeta, articulista, y también periodista de opinión José María Pemán, a modo de regreso a la cordura:

“El hombre no es perfecto, porque es naturaleza caída; pero le queda como residuo de su excelencia, una tendencia, un rastro angélico, que le inclina su inteligencia a la verdad y su voluntad al bien. En la primera hay unas evidencias, unos primeros principios claros, universales; en la segunda, una cierta rectitud natural. Este es “el orden”. Esto podría parecer muy teórico y escolástico, pero la realidad es que esto –con el nombre de sentido común, conciencia, honradez, etc.- lo sentimos todos sin demasiada complicación, antes de volvernos intelectuales; es decir, dubitativos y cavilosos por deformación profesional. La verdad es que las mil personas que entran en la sala de nuestra charla o acuden a la plana de nuestro artículo, vienen viviendo su vida según esa trama elemental de rectitudes, evidencias, honradeces y claridades. Somos nosotros, muchas veces, los que les exigimos que dejen todo eso en el perchero, en el vestíbulo de nuestra sala, para empezar de nuevo”.

José María Pemán: Humildad. Signo y viento de la hora

Acababa esta disertación José María Pemán, diciéndonos: “La humildad tiene que ser la virtud esencial del hombre de letras y de pensamiento”. En eso estamos. O en eso deseamos estar hasta el final de nuestros días, hasta el último de nuestros escritos.

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Demetrio Mallebrera

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