Impulso irresistible

Azorín: muchas horas de España

Azorín en su gabinete de trabajo (Fuente: Casa-Museo Azorín, Fundación Caja Mediterráneo).

Nunca llegué a tenerlo muy claro, ni aún ahora que volvemos a recordar que el día 2 de marzo de 1967 (hace ya 54 años) se nos murió el maestro Azorín. Pero el profundo texto titulado Una hora de España (entre 1560 y 1590), (que fue síncopa de un año o paréntesis de un siglo, según el propio autor) y que en verdad lo que viene a ser es el contenido del discurso leído ante la Real Academia Española en la recepción del autor, el 26 de octubre de 1924, ni es un relato de alguna hazaña acontecida en la Historia de España ni es –como lo tuve creído durante muchos años- el tiempo que tardó el insigne monovero en expresar esta brillante conferencia, pues cada vez que lo medía me daba un tiempo diferente, casi siempre superior a una hora. Lo que sí que ha estado claro en las autoridades de la historia de nuestra literatura o azorinistas consumados consultados directamente es el hecho de considerar un buen y sosegado rato hablando de las cosas, pensamientos, lugares y tareas de los españoles en los años precitados del siglo XVI. Desde un anciano a un pastor, de un viandante a un viejo inquisidor. Azorín todo lo domina y lo vuelca entre sus dedos que golpean teclas de una máquina de escribir o deslizan las letras románicas dibujadas sobre las cuartillas con una pluma de diversidad de cargas de tinta para darle toques personales, estilísticos (góticos o ariales, por ejemplo) y subrayados para elevar el tono o ganar en rotundidad descriptiva, o también en la detención del tiempo. Porque tan magnífico discurso es una demostración de conocer España, de amarla y de sentirla.

El catálogo, que tiene vocación de estar abierto a arrimarle nuevos oficios y nuevas filosofías, comienza con un anciano, y luego vienen los palaciegos, la piedad, el que sabía los secretos, heterogeneidad, Ávila, el veredero, un religioso, el estilo, el realismo español, devoción, inspiración, montañas y pastores, palacios cerrados, un viandante, el teatro, una religiosa, el fideísmo, el viejo inquisidor, castillos en España, la patria moral, la casuística, el poder militar, Vasconia, Cataluña, el aposento del poeta, Maqueda, la gloria, los misioneros, el pobre labrador, un santo, la muchedumbre, la famosa decadencia, palacios, ruinas, redención de cautivos, la pedagogía, la verdadera española, epílogo ante el mar. Se trata de 41 temas, de recogidas páginas, que nos dan esta amplitud de materias y pensamientos, con la capacidad y concentración de darnos una idea (o más bien mil ideas) de España, una nación que tiene de todo, que lo puede todo, que lo supera todo y que arrambla con todo, dada la personalidad de los hispanos (palabra que ya incluye a los americanos, y otros países, que allí hablan castellano o cualquier idioma de los que aquí se usaron y se difundieron por todas las partes del mundo donde se habla español). Azorín, según se explica en su última reflexión (Epílogo ante el mar), pide que salgamos de nuestra abstracción de conceptos que nos permiten señalar y describir nuestra forma de ser, nuestro orgullo, nuestras creencias, nuestra forma de entender el valor y la espiritualidad que nos caracteriza y de la que encontramos apoyos por todas partes. No sabemos hacia dónde nos lleva la Humanidad, todo lo que hemos hablado y lo que nos sigue rodeando es pasado, ya no es mañana precisamente, palabra a la que habrá que acogerse con tanto ardor como nuestra historia de pueblo noble, conquistador, amable y amistoso. El pasar de hoy al mañana que nos espera con mejores atributos y horizontes; con los focos bien iluminados que proyectan futuro, debe ser el latir de nuestros corazones con el paso ligero.

Máquina de escribir de Azorín (Fuente: Casa-Museo Azorín, Fundación Caja Mediterráneo).

“¿Cuál es el concepto de la gloria en el siglo XVI? ¿Qué es la gloria para un español de esa centuria y de tiempos posteriores? La gloria suprema es la gloria de la acción. La gloria de la inteligencia –gloria científica, gloria literaria– casi no existe. Si existe, es tan tenue, tan subordinada a la otra, que se puede desdeñar. España es una nación profundamente cristiana. El cristianismo pone como pináculo de la vida la virtud. En España todo concurre a la exaltación del hecho sobre el pensamiento. Todo viene concertado, desde los orígenes de la Historia, para el triunfo de la acción sobre la inteligencia. El paisaje, la configuración de la tierra –tan diversa en tantas regiones– el modo de vivir del español, las empresas guerreras, la conquista de América, todo, en suma, impele a la acción. El cristianismo está en consonancia con lo más íntimo y profundo de España. El Renacimiento, que es primacía de la inteligencia, no podía profundizar en tierra española. A la especulación intelectual de otros pueblos, nosotros oponíamos la voluntad que acaba en virtud. Los ideales eran en absoluto antagónicos. En ‘El héroe’ de Gracián, se examinan todos los heroísmos. El de las armas merece el aplauso y la reverencia del autor. El heroísmo militar es acción en sublimidad. Pero al llegar a la última página del libro, Gracián escribe: ‘Ser héroe del mundo poco o nada es. Serlo del cielo es mucho; a cuyo gran monarca sea la alabanza, sea la honra, sea la GLORIA’. ¿Podrá nadie afirmar que el ideal de inteligencia es superior al ideal de virtud? Absurdo es incriminar a España su infecundidad científica; su camino era otro. Y candidez –o excesiva nobleza– en los defensores de España es ir a situarse, para sus defensas, en el mismo terreno en que los partidarios del intelectualismo han querido plantear el problema”.

(Azorín: Una hora de España; LA GLORIA).

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Demetrio Mallebrera

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