Narrativa

Palabras en su salsa

Fotografía: Charles Postiaux (Fuente: Unsplash).

Quito el imán de las palabras y las dejo a su libre albedrio. Vamos a llamarlo así.

Acepto y adopto de buen grado esa expresión de satisfacción inconfundible como la del gato que se tragó al canario.

Pongo rumbo a las doce con la madrugada por delante en busca de otro capítulo que encaje en la historia que estoy contado. A veces todo lo que sale es una mierda sin música, sin hilos conductores y ni aparecen las necesarias transiciones entre escenas y así la lectura se torna pesada como un camión repleto de cemento con la pretensión de tapar un hormiguero sin causar daños colaterales a unas preciosas ardillas que no paran de mudarse de árbol.

Y así, mirando de reojo por la ventana como se mueve la noche como si fuera una enorme nube. Pasa como si no avanzara como uno de esos viajes en tren, que te quedas mirando el paisaje durante kilómetros y no cambia y piensas a pies juntillas que el tren todavía no ha salido de la estación hasta que de repente, inopinadamente, te fijas en las cordoneras desatadas de las zapatillas color fresa y eso te lleva a la fiesta de la noche pasada en casa de Marta, donde durante tres horas no apareció ni un alma, de todos los que estaban invitados, y le diste tu primer beso a la bella Marta. Luego llegaron Alex, Silvia, Rosana y Sara, que parece están liadas, también se asomó por allí, aunque ya era muy tarde, German, el pecas; Patricio, que siempre huele a sobaco de siete días, aunque jura que se ducha absolutamente todos los días al menos dos veces o tres.

Fotografía: Jonathan Greenaway (Fuente: Unsplash).

Y mientras el reloj reposa y descansa en la repisa del papel higiénico, el tiempo pasa, las agujas que parecen enganchadas, sujetas con tuercas y tornillos y velcro doble cara. Parece que no se mueven, como si estuvieran muertas o en el caótico laberinto que conduce al último suspiro, pero de repente salta la distancia invariable de otro minuto y da igual lo que hagas, al tiempo le importa una mierda y nunca te lo va a tener en cuenta. Solo tú te pasarás la cuchilla bien afilada de los reproches, del tiempo que das por alguna razón, sin ninguna razón, por perdido y cuando llegas a las tres y media de la madrugada vuelves al café largo hasta que sea realmente temprano y el trinar de los pájaros, los gatos que se despiertan al compás de las primeras sombras de luz y oirás también las primeras cisternas del día y toda la mierda que cae por esas tuberías internas de cualquier vivienda. Así empieza todo. El ascensor con las primeras prisas, la puerta del garaje que, aunque chirría no para ni un segundo hasta pasadas las nueve y media. Los timbres empiezan a ser apretados por gente que vende lo que sea; agentes inmobiliarios, testigos de alguna secta, o el cartero con un certificado, que no siempre llama dos veces como en aquella famosa película. Luego se suman al carro de cada día, las colas en la panadería, la gente que escupe sin ningún pudor por la calle, los que no recogen la mierda de su perro, los que cruzan en rojo el paso de peatones, los que gritan tacos innombrables desde el púlpito de su asiento del coche. Todo absolutamente todo se repite como si viviéramos en una especie del show de Truman.

Fotografía: Yoav Aziz (Fuente: Pixabay).

Y ahora que ya he calentado motores me pongo con un trocito de la historia.

El matadero maldito

A las cinco de la mañana bajé a recepción para recoger un picnic de desayuno (algo de fruta, un sándwich y un zumo) saqué un café de máquina que como siempre sabía a detritos de mierda con mostaza. Ya casi no encuentras hoteles con servicio de comida o cena que no sea buffet. Siempre he pensado en ese binomio —buffet— por un lado, lanzan el lazo a la presa (el cliente) porque puede comer todo lo que sea capaz, pero, por el otro, el oficio de camarero se cae por el borde de la mesa.

Hoy todo eso, lo han copiado las tiendas, las grandes superficies; coges los productos, los facturas tú mismo y los pagas. El ahorro de personal es brutal, las ganancias de la empresa son brutales y el paro también es brutal. Luego el cliente queda por ahí perdido en el esquema que editan cada año para presentar la salud de hierro de la empresa.

Arranco el coche, salgo del parking y apenas en quince o veinte minutos llego al matadero. Supongo que en unos días compartiré coche con otros compañeros o me apuntaré a coger un bus especial que pone la empresa para recoger a todos los empleados de la ciudad. El único pero es perder una hora de sueño. El bus comienza a recogernos a las cuatro.

Fotografía: James Wainscoat (Fuente: Unsplash).

El primer día transcurre de lo más normal. Me enseñan las instalaciones y me ponen al cabo de la calle respecto de algunas normas que solo tienen aquí.

Sin embargo, cuando regreso al hotel, encuentro la habitación revuelta, una nota pegada en el espejo del baño “si no quieres acabar como los cerdos, no metas tus narices aquí” todavía no he terminado de digerir el mensaje y abro la cortina del baño. Una serpiente cascabel me mira fijamente. Tengo dos segundos para reaccionar, le doy un tirón a la cortina y se la tiro encima, abro el grifo del agua muy caliente y mantengo el teléfono hasta que el agua casi desborda el borde de la bañera. Cojo el secador de pelo y lo enciendo, después lo lanzo a la bañera mientras me subo a una de esas banquetas de baño mientras llamo para hablar con el director del hotel y llamo también a mi amigo Morrisón que es inspector de la policía.

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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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