Opinión

OTAN, de entrada SÍ

Estábamos un grupito de españoles en Rovaniemi, sentados en el vestíbulo de un hotel, cuando una finlandesa se nos acercó y nos preguntó si podía compartir la conversación con nosotros. “Soy guía de turismo, y es por practicar un poco su idioma, que hace mucho que no lo hablo…”. Aceptamos encantados, mientras ella y nosotros esperábamos; la local a un equipo de TV francesa al que estaba acompañando durante la realización de un documental, y nosotros dispuestos para ir a visitar la casa de Papá Noel.

Nos interesamos por su trabajo, y de ahí conocimos que la chica, con sólo veinticinco años, se desenvolvía en finés, inglés, sueco, francés, ruso, alemán y, como pudimos comprobar también en castellano. “Es que somos tan pocos en este país –hoy no llegan a los seis millones– que si no estudiamos más idiomas casi no tenemos con quien hablar”, se justificó con cierta ironía.

Finlandia acaba de pronunciarse sobre su intención de integrarse en la OTAN, y Suecia parece que lo está estudiando. Actitudes que han cambiado desde la invasión rusa de Ucrania. Si no me equivoco, además de Estados Unidos y Canadá, los países europeos que conforman el tratado son: Bélgica, Dinamarca, Francia, Islandia, Italia, Luxemburgo, Países Bajos, Noruega, Portugal y Reino Unido (desde 1949), Grecia y Turquía (desde 1952), Alemania (desde 1955), España (desde 1982), la República Checa, Hungría y Polonia (desde 1999), Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumanía (desde 2004). Albania y Croacia (desde 2009), Montenegro (desde 2017) y Macedonia (desde 2020).

Reza un refrán: “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”, y esta sentencia parece que se la están aplicando ahora los dos países nórdicos, que quizás debieron y desde luego pudieron haberlo hecho antes, en lugar de presumir de una neutralidad que es imposible, en la práctica, justificar. También pudo y lo debió hacer Ucrania en 2004 cuando los colegas exsoviéticos se adhirieron. Quizás ahora otro gallo les cantaría.

Reconozco que hace cuarenta años, cuando el PSOE realizó aquella curiosa campaña, “OTAN, de entrada NO”, me afectó por sus contradicciones semánticas. Quizás yo era muy joven, y por tanto algo iluso, pero me dolió como comunicador y anónimo militante socialista el mensaje utilizado. Y sumó a otros temas para dejar de serlo (lo segundo).

Está muy bien identificarse uno como neutral, significarse como antiarmamentista, y alabar figuras como Ghandi y Mandela, pero hasta el Vaticano tiene guardias para mantener el orden. Frente a locos como Putin y los que podrían aparecer en el futuro– quizás no hay más remedio que permanecer más unidos y con más pólvora disponible. Acaso solo cabría exigir a esta organización defensiva que fuera del todo democrática y dependiera lo justo de los Estados Unidos. Que allí también hay algún que otro chalado.

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Toni Gil

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