Impulso irresistible

No somos espectadores sino protagonistas

Fotografía: Uniquedesign52 (Fuente: Pixabay).

En este momento y en este mundo en el que estamos, rodeados de potentados con ansias de poder y de manejar el destino de las personas, haciendo que el dragón devorador de la guerra haya vuelto a salir a la superficie de este globo terráqueo, para hacer demostración de poderío, de plasmar con satisfacción grandes apetencias y anhelos, no se nos ocurre tener grandes proyectos de mejora para nuestras familias. Porque pensamos que no van a dejarnos dar un paso más allá de lo que hayamos podido alcanzar con nuestro propio esfuerzo, envueltos en las mascarillas de los temores y los carnés de haber pasado con éxito unas pruebas; las mismas que nos distinguen de otros que no levantan cabeza ni entienden qué le está pasando al planeta ocupado por los cerebros, los intérpretes y los creadores de millones de historias y de años que se amontonan en la biblioteca de los papeles desordenados y ambiguos, donde todo anda revuelto y manga por hombro para mantener el desconcierto, una desorientación en la que cada dos por tres deja asomar sus iras voluptuosas y veleidosas del modo más impúdico que se hace ya muy difícil de soportar.

En el mundo de dedicación a lo que nos sugiera el espíritu se suele tomar la referencia del tiempo que se tomó San Pablo después de su conversión en Damasco, quien pasó a Persia durante un tiempo prolongado antes de regresar. En ese tiempo de retirada (más en espíritu que contando los días) está todo el mundo que se sale. Se sale, sí, de sus propias limitaciones, de sus terrenos, de los papeles que les fueron otorgados, de su propia hartura, y, con esas ansias de salir de la encerrona en la que hemos estado un pequeño número de años (de los que solemos contar con los dedos de las manos) sorteando enfermedades y también los chupinazos bélicos de quienes tienen las armas arrojadizas que hacen negros sus blancos. Se sale de su lugar deseando ocupar otras dimensiones, estilos, responsabilidades. Es que no somos meros espectadores en un mundo que va y viene, sino verdaderos protagonistas de nuestro presente y de nuestro futuro, auténticos pescadores con capacidad de seleccionar todo lo que nos llega en las redes (llamadas ahora “redes sociales”), de intentar mejorar lo que ya envejecía, y seguir dando lo mejor de nosotros mismos a los que conviven con nosotros, a los que se la están jugando cada día con su trabajo (sea el que sea), a los que están por venir todavía y hay que darles la bienvenida guardándoles el mejor sitio de la casa, el mejor alimento, la ropa que más calienta, el sillón donde mejor se sueña. Cabemos todos.

Lo que no queremos es hablar del tiempo: del tiempo que nos queda, claro. Llegados a cierta edad, el termómetro de contar los años que nos puedan “caer” aún es a veces un juego divertido, aunque no tenga ninguna gracia. Está permitido para los descarados que dicen que en eso no van a perder ni un tiempecito más. Y tienen razón. Hace tiempo que existe la ya arraigada costumbre de organizar viajes para las personas de la tercera edad, que el propio gobierno de la nación subvenciona. Se piensa que “¡ahora, a disfrutar!”, como quien te dice que ya no debes preocuparte más de nada en absoluto ni tener obligaciones que cumplir. En la historia de la humanidad se han dado casos muy interesantes, siendo dignos de mencionar los que se retiraron de la vida activa pasando a dejar para otros (los herederos, seguramente) la conclusión de sus proyectos acerca de cómo trabajar determinados productos o servicios, o simplemente realizar un nuevo “plan de vida” donde haya principalmente un tiempo para lo más importante, lo que merezca unos minutos de dedicación personal o familiar, o en convivencia.

Los mayores, además, somos los que más lo agradecemos. En nuestra sociedad abundan los testimonios de ayer y de hoy. Y también vemos descaradamente los abusos que se dan. Pero en este terreno creemos que no debe haber indiferentes ni personas tan sumamente cerradas en sus manías que vayan en sus pensamientos más allá de la indiferencia o de la vergüenza sin que hayan pensado alguna vez (aunque lo intuyeran) que les iba a llegar ese momento un día próximo. Hay gente para todo, también en la puerta de la muerte.

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Demetrio Mallebrera

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