Trescientas... y pico

No se cansen. Eso nunca sucedió

Juicio caja B del PP (Fuente: RTVE).

Está claro. Estamos perdiendo el tiempo. Y dinero. Y gastando esfuerzos baldíos que no llevan a ningún lado. Tanto juicio, tanta sentencia, tanta causa abierta, contra la corrupción en el PP (¿o es del PP?) para no sacar absolutamente nada en claro. No puede haber crimen si no hay cadáver, y el cadáver, ocho, diez, quince años después, todavía no ha aparecido, ni se espera que aparezca. Y si por un casual apareciese, lo mismo daría. También negarían que fuese suyo. De eso va la cosa. De negarlo todo. Con cinismo. Con arrogancia. Con insoportable altanería.

Bárcenas es, claramente, un impostor. Un topo. Un espía enviado desde el otro lado del telón de acero patrio para tenderles una trampa, el enemigo infiltrado en las propias filas, para buscar la prueba que nunca existió, ni existirá jamás. La “caja B” del PP es la “caja B” de Bárcenas.  Punto y final. Y lo “otro”, todas esas evidencias, los indicios probados, las sentencias habidas incluso, solo son material de desecho. Igual o a la par que la consideración de algunos periodistas que dieron credibilidad a unos papeles apócrifos, de algunos jueces que siguieron –y ahí continúan, pobrecillos– la consigna, buscando el hilo conductor que lleve al fiambre, ese mismo que nunca aparecerá. Porque para eso están ellos. Para negarlo todo.

Mariano Rajoy (Fuente: Cadena SER).

Y ellos son Aznar y Rajoy. Y su ristra de secundarios: Cospedal, Zaplana, Cascos, Matas, Trillo, Valcárcel, Aguirre, González, Camps, Fabra, Alperi, Castedo, Rus… –¿me dejo alguno?–  parte de los cuales estos días, justo estos días, desfilan enmascarados por la sala de juicios de la Audiencia Nacional en el enésimo juicio del caso Gürtel para dejar claro, para insistir hasta la náusea, que hay cosas que nunca pudieron pasar, al menos en su presencia. Ya lo declaró un lejano día el amado líder: “El PP es incompatible con la corrupción”.

Y ahí están estos días ellos, Aznar, Rajoy, Rato, Cascos, Cospedal, Arenas, Trillo… respondiendo con el catecismo de la clase que se les supone en la mano. Pero, ¡oiga!, que no hay manera. Ni un gramo de duda, ni un resquicio de sombra, ni un gesto de arrepentimiento. Nada es nada. Y debe ser porque ellos son lo mejor que nos ha pasado. Nos lo dicen a cada instante, con mirada inquisitiva por medio, con su actitud irrespetuosa y displicente hacia los fiscales, jueces, abogados, hacia todos los demás que no somos ellos.

Rodrigo Rato (izquierda) y Federico Trillo (Fuente: Noticias 24H, RTVE).

Y Rato, piénselo bien, fue el gran artífice del gran milagro, al que tendríamos que estar eternamente agradecidos, el gran ministro de Economía que este país nunca imaginó llegaría a tener. El mejor. No lo duden. Y todos los que andan tras él, todas esas condenas que lo han llevado a la cárcel, esos juicios pendientes por los que le piden ahora otros cerca de cien años de presidio por mil y un delitos, propios y ajenos, y todas esas decenas de casos juzgados o por juzgar de la Gürtel, Púnica, Emarsa, Imelsa, Brugal, PGOU-Alicante, y tantas y tantas, son solo un acto de venganza propio de un grupo de eternos perdedores, el mayor de los oprobios judiciales que este país ha vivido en su reciente historia. Eso dicen sin decir.

Porque a ellos, a Aznar, a Rajoy, a Rato, y a toda su corte celestial, a quien tanto debemos, no están dispuestos a cantar un mínimo “me equivoqué”, “nos equivocamos”, eso lo dejan para otros, para los arrepentidos, para los débiles de espíritu. Ellos son ese coro que repite como papagayos la misma letanía, yo-de-eso-no-sé-nada, yo-no-vi-nada, no-sé-de-qué-me-está-hablando-usted. Eso deberíamos tenerlo muy presente a estas alturas del metraje de la cinta.

Detalle de las cuentas (Fuente: Antena 3).

Sin ellos, sin su abnegada dedicación en aquellos días lóbregos y oscuros previos a la segunda guerra de Irak, y postreros a la otra guerra, la de los mercados contra todos nosotros por creernos lo que no éramos –ni nunca llegaremos a ser– nada habría sido posible. El Infierno habría caído sobre todos nosotros, como cayeron sobre los egipcios las siete plagas por negarles la libertad a los israelíes. Si estamos donde estamos es gracias a su inconmensurable esfuerzo. Y, claramente, deberíamos estar eternamente agradecidos y abandonar toda esperanza de saber algún día si Javier Arenas es Javier Arenas, si Federico Trillo es Federico Trillo porque eso-nunca-sucedió. ¡Lo sabrán ellos, sus principales protagonistas! ¿Cuándo la historia la escribieron los perdedores?

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Pepe López

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