Trescientas... y pico

Los monstruos que nos habitan

Escultura El Oso y el Madroño, de Antonio Navarro Santafé, Madrid. Fotografía: Liantra (Fuente: Pixabay).

Aunque tendemos a despreciarlos, a ocultarlos, sin ellos no seríamos nada. Nos ayudan a crecer, a recorrer esos recovecos sin salidas aparentes. Son los monstruos de nuestras vidas. Los buenos monstruos. Los de los cuentos. Los que alertan de los peligros por venir, ¡tan necesarios! Luego, justo al otro lado del decorado (¿o será el mismo cuadro?) y cuando el tiempo pasa, están los otros. Los que nos engañan, nos atemorizan, nos embaucan y confunden. Los que esperan agazapados envueltos en ropajes falsos el momento para asestar el golpe.

Son estos últimos monstruos los que, de alguna manera, nos vampirizan, viven de nuestros miedos y se alimentan de la sangre de nuestras dudas e incertezas. Justo cuando el camino se oscurece, cuando el futuro, como ahora, es una bola de cristal hecha añicos y ya nada es firme ni previsible, ese es su tiempo preferido; es en este recodo del camino que hacen su aparición y nos producen un extraño y narcótico pasajero bienestar que tanto daño nos acaba infringiendo sin apenas darnos cuenta.

Edificio Capitol, Madrid. Fotografía: Perval del Carlo (Fuente: Pixabay).

Por eso, quizás, deberíamos estar siempre alerta y no fiarnos de quienes raramente nos regañan, de quienes siempre están prestos al halago fácil, a pervertir el uso y el significado de palabras como libertad, solidaridad, justicia. No deberíamos fiarnos de quienes, hagamos lo que hagamos, su natural es decirnos que todo está bien, insistir de forma machacona que nuestros deseos están por encima de todo y de todos, incluso de las leyes, de la convivencia, de la justicia, de las normas que nos hemos dado y que nos protegen de la intemperie.

Son estas criaturas que continuamente recurren al rudo dilema, a la fácil disyuntiva del yin y el yang, que van continuamente de lo blanco a lo negro, que contraponen como enemigas palabras como libertad y socialismo –eso dicen ahora– sin admitir matices, grises, espacios de duda, como si tales conceptos, tales palabras, fueran tautologías sin discusión posible, como si toda bondad no pudiese albergar oculta la negra semilla del egoísmo y de una cierta tiranía.

Edificio Metrópolis, calle de Alcalá, Madrid, 2017. Fotografía: España Diego Delso, delso.photo, Licencia CC-BY-SA (Fuente: Wikimedia).

Suelen, ya digo, aparecerse en plena noche. Cuando la casa, la de cada uno, la de todos, está más en silencio. O asaltada por las llamas como ahora. Más expuesta. Y es en esos momentos de entrevela, cuando se apoderan del escenario cargados de luz, de una cegadora apariencia beatífica y salvadora. Y, aparentando generosidad, nos ofrecen su mano, su mejor sonrisa, para ayudarnos a salir a flote sin percatarnos de que en ese momento todo está ya perdido.

Porque su objetivo –eso tampoco deberíamos olvidarlo– no es nuestro bienestar, es apoderarse de nuestros sueños y de nuestra voluntad y conducirnos al reino donde lo único que importa es el territorio donde ellos, ellas, los monstruos que habitan entre nosotros, acaban imponiendo su verdadera ley y sus intenciones más perversas. Sus intereses más mundanos. Pongamos que –como en la canción de Joaquín Sabina– hablamos de Madrid. Del Madrid que espera que los nuevos monstruos no sigan maltratándola.

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Pepe López

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