Trescientas... y pico

Almacenes de odio

Íñigo Errejón (Fuente: Cuenta de @IERREJON en Instagram).

Sucede a veces que unas cosas, unos hechos, unas palabras oídas al azar, nos llevan y transportan de forma un tanto inconsciente a otros hechos, a otros acontecimientos que estaban ahí grabados en nuestra memoria, y como si de un acto mágico se tratara, emergen aquellos para unir el pasado y el presente con ese hilo imperceptible de nuestra historia, para hacer una radiografía de lo que fuimos. Y, desgraciadamente, de lo que aún seguimos siendo.  

Así, en ese cúmulo de evocaciones que de alguna manera nos conforman, sucedió hace unos días que el exabrupto de “¡Vete al médico!” lanzado como saben en el hemiciclo del Congreso por ese diputado descontrolado del PP, Carmelo Romero, contra el diputado de Más País Iñigo Errejón, justo cuando este hablaba de los graves problemas de salud mental provocados por la pandemia del covid-19, me recordó enseguida a aquel despreciable e histórico grito del “¡Que se jodan!”.

Ya saben, aquel otro exabrupto lanzado contra los parados y desempleados, presentes y futuros, pronunciado en idéntico lugar por la entonces diputada del PP y hooligan de la política Andrea Fabra. En este caso recordémoslo porque el decorado era muy importante– justo cuando la Cámara Baja acababa de aprobar la reforma laboral de M. Rajoy y que se traduciría en poco tiempo, y entre otras muchas cosas, en importantes recortes de los derechos del desempleo y en palabras más llanas iba a suponer más pobreza y marginación para quienes ya eran pobres o estaban a punto de serlo.

¿Qué tienen en común ambos chuscos episodios de la política de este país? ¿Son una anécdota y así deberían tratarse o son algo mucho más peligroso? Y me temo que la respuesta a ambas cuestiones es aproximadamente la misma: son parecidos y mucho me temo que no deberían tratarse solo como hechos lamentables y anecdóticos, tal y como algunos defienden, sino que más bien parecen como dos gotas de agua que caen en un estanque que debería albergar aguas transparentes y que, en demasiadas ocasiones, más parece una charca infecta de sanguijuelas y podredumbre.

Carmelo Romero Hernández (Fuente: Cuenta de @cromeroher en Twitter).

Y posiblemente son, también, una misma manifestación de hechos muy graves donde las bajas pasiones y el odio más primitivo encuentran el perfecto marco de eclosión y que, en demasiadas ocasiones, convierte el templo de la palabra del Congreso de los Diputados en una cámara de eco para gentes que en realidad no son nadie, pero que, instalados allí, en su escaño, se creen imbuidos de no sé qué extraño poder que les lleva a actuar de forma tan deleznable. ¿Quién conocía a Andrea Fabra antes de su famoso grito?, me pregunto. ¿Quién conocía hasta ahora al diputado que “mandó” a Errejón al médico?

Al margen de que en las dos ocasiones han sido expresiones pronunciados por diputados del PP, cosa evidente, es especialmente reseñable y doloroso que ambos episodios lo fueran justo en medio de sendas crisis económicas y cuyas consecuencias más visibles e inmediatas fueron y son los gravísimos daños colaterales para los colectivos más desfavorecidos, bien hablemos de los desempleados de entonces, o de las personas con problemas de salud mental de ahora, y todos ellos con el denominador común de tener graves problemas para defender social, política y públicamente su condición.

A veces pienso que todos estos lamentables hechos suceden porque hay gentes, personas, políticos, que por una extraña razón piensan que las cosas que comúnmente llamamos malas, las desgracias, el dolor, todas esas manifestaciones que casi siempre y en algún momento nos acompañan en nuestras vidas, solo les ocurren a los otros. A los demás, a los de la bancada de enfrente, a los débiles, a los no elegidos, y que, si les suceden precisamente es siempre por culpa suya, nunca consecuencia de las injusticias sociales y económicas de un sistema como el que vivimos, un sistema que necesita enviar a la marginalidad a una parte relevante de su población para seguir retroalimentándose, para seguir lustrando sus grandes estadísticas.

Porque ellos, claro, gentes como Andrea Fabra, como el diputado que “mandó al médico” a Iñigo Errejón, están hechos de otra pasta. Están vacunados contra la pobreza y el sufrimiento, son inmunes a la desgracia, y pareciera que están conformados más o menos del mismo material que se conforma también ese ejército de gentes anónimas que pululan por las redes sociales vomitando odio y aplaudiendo su valentía, su osadía, su “certero” análisis de la realidad y cuya única misión se diría también que es exhalar frases como esas, frases del tipo ¡que se jodan!, del pelaje de ¡vete al médico!, gentes que, claramente, llenan de indecencia y odio ese mismo templo de la palabra.

Andrea Fabra en el Congreso de los Diputados, 2012 (Fuente: Castilla y León Televisión).

Entiendo que no es fácil ser valiente, que la empatía se tiene o no se tiene, pero entre el silencio, el respeto y ese hondo desprecio que parece salir de tan adentro, hay un largo camino que cuesta mucho trabajo recorrer precisamente en representantes políticos, quienes tiende uno a pensar que están ahí precisamente para defender a los propios ciudadanos, nunca para insultarles de esa forma tan ruin.

Y es entonces, justo entonces, cuando me pregunto si no serán también corresponsables sus propios partidos políticos, las organizaciones de las que forman parte, cuando vemos que, una y otra vez, lanzan de forma peligrosa algunos de esos mensajes contra los parados, contra los inmigrantes, contra las mujeres, contra los pobres, esos mensajes que de forma sibilina y artera tienden también a culpabilizarles de sus propias desgracias.

Y, en ese punto del análisis, es cuando me interrogo por qué los casos particulares –los Fabra, los Romero de turno– no son claramente silenciados, aislados, tratados como lo que son, y si no será ahí dentro de esas organizaciones partidarias donde anida el problema, en esas pequeñas, casi imperceptibles, gotas de odio que se van soltando aquí y allá y acaban impregnado el ambiente, y que ellos, los diputados “valientes” que se atreven en el insulto, solo estarían verbalizando una parte de lo que se respira dentro, en esos ocultos almacenes de odio que algunos partidos, algunas organizaciones, parecen empeñadas en cimentar cuando los focos de lo público se apagan. O, peor aún, cuando piensan que solo ellos tienen derecho a la existencia. A la palabra.

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Pepe López

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