Sin duda, FITUR tuvo su momento de oro. Su culmen. Su auténtica iridiscencia. Y ese instante coincidió con la etapa en la que Roc Gregori dirigía la Agencia Valenciana de Turismo y Ale Guijarro diseñaba aquellos stands tan increíbles como mágicos que el sanvicenter sabía crear. Eso era el nivel interno, el de los que estábamos dentro. De cara al público, lo notorio, lo deslumbrante, eran las estrellas rutilantes que brillaban más que el sol. En aquel FITUR —y por este orden— fueron Zaplana y Julio Iglesias. Nada menos.
Como Ícaro, volaban demasiado cerca del sol. Y cuando Ícaro cae, cae desde lo más alto: cuanto más arriba, más duele el golpe. De casi todo se sobrevive, eso sí, aunque quede la añoranza inútil de lo que pudo ser y no fue, y el propósito íntimo de pensar más en uno mismo e intentar —si aún queda tiempo— empezar una nueva vida por caminos nuevos y más tranquilos. Pero aquel momento de Ícaro rozando el sol fue sencillamente alucinante. Aún recuerdo aquel discurso de Julio, que parecía recién salido de una cámara hiperbárica con solárium, anunciando solemnemente que él sería la gran estrella mundial encargada de promocionar la Comunidad Valenciana en “Changay”. Todo ello rodeado de famosos e invitados en el Eurobuilding, con magos, malabaristas, cortadores de Joselito y asadores de chuletas de lechal que literalmente te perseguían por la sala. Una experiencia irrepetible. El famoseo del momento aplaudía los discursos, envuelto en una atmósfera de lujo casi oriental.
Aquellos actos destilaban exceso, teatralidad y una sensación de poder absoluto. No se hablaba de otra cosa. Incluso mi primo Santy, que sabía de fiestas y eventos, se quedó perplejo ante semejante despliegue de oropel.
Pero con todo, lo mejor ocurrió en el propio FITUR. En el stand de un pequeño pueblo costero de la Costa Blanca, nos preparábamos unas cincuenta o sesenta personas para degustar langostinos y gambas de tamaño más que respetable, dispuestos en una especie de columna salomónica. De pronto sonó la retreta: llegaba don Eduardo con su séquito. Hordas de concejales, asesores, azafatas, alcaldes, consellers, periodistas y seguridad de pinganillo tomaron posiciones al instante. Hubo desbandada general. Y de repente, mi amigo Pepe, el camarero y yo nos quedamos absolutamente solos. Aquello dio lugar, sin exagerar, a la mayor mariscada que los tres nos hemos dado jamás. Solo el camarero permanecía en su puesto cuando los comensales regresaron y, ante el enorme hueco en la bandeja, tenía preparada la excusa perfecta:
—Un asesor de Zaplana pidió un plato para el Molt Honorable y se lo llevó.
¿Quién iba a protestar? Un auténtico genio.
Hoy, cualquier acto que se intente organizar con repercusión pública difícilmente alcanzará aquella magnitud. Eran otros tiempos. Otros excesos.
Fitur sigue siendo un lugar magnífico para promocionarse.
Haciendo amigos.












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