Para tratar de explicar esta guerra quizás deberíamos recurrir a tres elementos cuya alquimia está resultando altamente explosiva e impredecible. Uno es, sin duda alguna, ese histriónico y narcisista personaje llamado Donald Trump. El otro sería el estado sionista de Israel, y especialmente su sanguinario y ególatra ministro Benjamin Netanyahu. Luego hay un tercer elemento, central, causa y razón de todo, que no sería otro que esa palabra que está en todas las conversaciones, que ocupa todos los noticieros, que es la razón oculta de esta y todas las guerras que han asolado Oriente Medio desde hace ya casi un siglo. Me refiero, cómo no, al petróleo, al motor de la economía mundial e invitado de piedra en todos los banquetes bélicos de la zona.
Donald Trump

No sé si recuerdan la frase, pero en aquella confesión pública está seguramente una de las razones por las que el personaje ha decidido que una guerra contra Irán ahora no debería ser un problema. No, al menos, para él, el acosador, estafador y delincuente Trump. Esa frase fue pronunciada allá por el año 2016, dos años antes de su primera presidencia: “Podría pararme –dijo entonces, ufano y retador– en medio de la Quinta Avenida y disparar a alguien, y no perdería ningún votante, ¿vale? Es increíble”. Esa era y, seguramente, es la visión que el personaje tiene de sí mismo y de la gente de su propio país. Esa frase explica mejor que nada la psicología egocéntrica y narcisista del actual presidente de los EE. UU. Ahora, diez años después, cada vez son más los que se atreven a decir en público lo que pensaban, pensábamos, de Donald Trump en privado. Cada vez son más los que empiezan a decir en voz alta que el personaje actúa como si tuviera el cerebro caprichoso de un niño de diez años, que prefiere rodearse de vasallos y aduladores que le ríen y aplauden al unísono, y que sus actos son impulsados por la mente de un psicópata incapaz de sentir la mínima empatía contra quienes él cree sus enemigos, casi todos los demás. Efectivamente, de ese alguien, que es capaz de presumir públicamente de sus magnicidios, asesinatos y ajusticiamientos con un lenguaje sin filtro propio de un niño rabioso. Aquel que dijo aquello de que podría matar a alguien… y no pasaría nada, es un dirigente del que te puedes esperar siempre lo peor. Incluso, en su delirio y por qué no, el uso de bombas atómicas si la cosa se le tuerce. Avisados estamos.
Benjamín Netanyahu

El genocida y corrupto presidente de Israel es más frío, más calculador, más taimado. Sabe aguardar pacientemente a sus víctimas, sabe esperar el momento para atacar. Incluso pasa por ser menos fanfarrón que el presidente de EE. UU., parece más educado, más racional, pero su instinto y empatía por el sufrimiento ajeno es similar al de su alter ego norteamericano. Es tan despreciable como aquel, tiene el carácter propio de un asesino en serie que necesita la sangre y el conflicto continuo para seguir instalado en el poder y, además, se sabe o se cree impune. Es tan taimado que para conseguir sus objetivos es capaz de armar al enemigo de su enemigo para, con el paso del tiempo, acabar convirtiendo a aquel en un nuevo enemigo, más o menos lo que ha hecho con el grupo terrorista Hamás, al que primero financió y ahora trata de aniquilar. Alguien ha recordado estos días que solo ha habido un presidente norteamericano, ¡uno solo!, que haya tenido la valentía y el arrojo de ordenar a Israel que dejara de bombardear a un país fronterizo como Líbano, varias veces arrasado ya por el ejército israelí. Fue, curiosamente, el republicano Ronald Reagan, quien en agosto de 1982 cogió el teléfono y ordenó al entonces presidente israelí Menachen Begin que dejara de bombardear Beirut en una de las innumerables invasiones y destrucción de Israel sobre Líbano como la que ahora se prepara. Nada de eso sucederá ahora y Netanyahu lo sabe. Desde entonces, todos, republicanos y demócratas, han obedecido órdenes del monstruo que crearon y mantienen, Israel, hasta el punto de que cada vez son más los analistas que defienden que esta guerra no es la guerra de Trump contra Irán, sino la guerra de Netanyahu contra Irán. De Netanyahu contra el mundo. De Netanyahu contra todos.
Petróleo
A veces nos referimos a él –al petróleo- con palabras como oro negro, oro líquido, lo que ya de por sí da una idea de qué estamos hablando, de qué valor le damos. De cuál su importancia. Ojeando un poco en la historia vemos que su extracción y sus primeros usos —eso sí, muy limitados— están datados más de trescientos años antes del nacimiento de Jesucristo, en Asia, en la antigua China, pero que es, sobre todo, desde mediados del siglo XIX cuando se empiezan a generalizar sus aplicaciones y no solo como combustible para el transporte y la automoción. La realidad es que hoy casi no hay actividad humana que esté fuera de su alcance, de su radio de acción. Bien hablemos de la industria alimentaria, la textil, la farmacéutica, química, bien hablemos de sectores como los fertilizantes, transportes, plásticos, moda, calzado… casi toda actividad económica actual está impregnada de uno u otro modo por este preciado tesoro y sus derivados. De ahí, su relevancia, de ahí que haya sido causa o razón de tantos conflictos, también de este, desde aquella primera gran guerra de Oriente Medio de 1973, la única que tuvo el honor de llevar su nombre: Guerra del Petróleo.
Por todo ello, más allá de la propaganda y la geoestrategia de uno y otro lado, más allá de la desgracia de que hayan coincidido en el tiempo dos personajes tan peligrosos como Trump y Netanyahu al frente de sus respectivos países, quizás sea este tercer elemento –el petróleo- el que ha hecho de verdadero reactivo de esta nueva guerra que lleva camino de ser la batalla de todas las batallas. Por eso tenemos derecho a pensar que sin él seguramente nada de esta tragedia repetida una y mil veces estaría sucediendo. La tragedia de haber nacido sobre una tierra preñada de oro líquido. Repleta de petróleo.
#NoALaGuerra













No a la guerra contra la humanidad…
No al armamento nuclear en manos de descerebrados sin distinciones en el color de su piel…
Sí a la libertad en Irán y todo Oriente Medio y también libertad en España…
Un abrazo
Pedro