Trescientas... y pico

Mar Menor: ¿solo son peces?

Peces muertos en el Mar Menor (Fuente: Perfil de @CONGDRMurcia -Coordinadora ONGD Región de Murcia- en Twitter).

La historia nos enseña que el peor de los escenarios, el peor de los caminos, para hallar soluciones a un grave problema que es de todos, que afecta a todos, es que unos y otros empiecen a pelearse, a lanzarse acusaciones de culpabilidad y responsabilidad. Eso es, me temo y casi milimétricamente, lo que está sucediendo estas semanas últimas a propósito del anunciado desastre medioambiental en el Mar Menor que ha aflorado con la masiva mortandad de peces a modo de gigante iceberg.

La trompetería mediática del gobierno autónomo presidido por López Miras y el propio gobierno autónomo, parecen definitivamente dislocados y estar más interesados en gastar salvas que apunten a otros, en buscar fuera el culpable, que en poner remedios, abrir caminos que cimenten el acuerdo. No de otra manera cabría interpretar la judicialización de responsabilidades con la denuncia en Fiscalía contra la ministra de Transición Ecológica y Reto Demográfico, Teresa Ribera, que, por otro lado, lleva en el cargo cuatro días como quien dice. 

Y frente a esta política de clara tierra quemada, diríase que el gobierno central parece empeñado en demostrar que con él no va tampoco la cosa y que lo fía todo a salir indemne y sin rasguños de cualquier responsabilidad en el desastre, obviando la clara labor de vigilancia y supervisión que debería tener y que la Constitución le otorga. Por todo eso, y porque avisados ambos estaban, seguramente debemos temer lo peor. Y también porque el desastre de los peces, que es lo único que parece mover conciencias mediáticas y políticas, es solo la punta de un iceberg al que pocos, muy pocos, se atreven a mirar de frente, a ahondar en esa otra realidad oscura y viscosa de intereses no siempre legítimos que es lo que verdaderamente hay tras esas imágenes dantescas de peces boqueando junto a los bañistas.

Mar Menor (Fuente: https://www.rtve.es/).

Quizás podríamos estar de acuerdo en que hay paisajes, como este mismo del Mar Menor, que están ahí, que pareciera que siempre estuvieron y a los que apenas damos importancia porque pensamos que siempre seguirán estando hagamos lo que hagamos con ellos. Que son espacios que forman parte de nuestra manera de relacionarnos con la naturaleza de la que dependemos, que son parte de esa materia prima emocional de la que estamos hechos.

Y que ese mismo Mar Menor es, posiblemente, uno de esos espacios que trascienden a su ubicación regional, que nos identifican como país, que sentimos como propio, aún y en el caso de no haberlo visitado nunca, de no habernos bañado nunca en sus amigables aguas. Y que, de alguna manera, es también una de esas rarezas paisajísticas, de esos lugares exóticos, extraños, mágicos incluso que, habiéndolo visitado alguna vez o no, parece que formaran parte de ese cada uno de nosotros porque siempre estuvieron ahí. Y porque pensamos erróneamente que siempre lo estarán.

Y sucede que no. Que eso era así hasta ahora, en que hemos descubierto que su fragilidad es el reverso de nuestro maltrato de años, aunque esto último es lo que no se quiera ver, ni hablar demasiado alto de ello, enfrascados como andan, como andamos, unos y otros, incluidos aquí pseudocomités científicos, lanzándose capazos de peces muertos a la cara del que hay enfrente.

Concentración durante la Vuelta ciclista pidiendo protección para el Mar Menor (Fuente: Perfil @AitAlicante -Cuenta oficial CNT AIT en #Alicante- en Twitter).

Ni en el Palacio de San Esteban, sede del gobierno autónomo, cuyo único plan ha sido siempre y es ahora mirar para otro lado, obviando que la principal y primera responsabilidad es la suya; ni en Moncloa, cuya dejación de funciones es, ahora con Sánchez y antes con Rajoy, como mínimo cómplice en el crimen programado al que asistimos y en el que el urbanismo salvaje y especulativo y la agricultura intensiva descontrolada –diez mil hectáreas y cientos de pozos y desaladoras ilegales les deben parecer poca cosa– son ese oscuro reverso de la moneda al que unos y otros temen mirar de frente. Seguramente porque temen a la reacción de algunos de los que viven –o malviven– de esta situación, que si es algo es claramente insostenible si no queremos asistir a su agonía.

Tratando de ilustrarme sobre casos precedentes en los que la actuación del hombre resultó positiva y evitó la tragedia que ya avistamos aquí, me encontré con una interesante información publicada en El Confidencial el pasado 28 de agosto y cuyo titular reza así: La esperanza del Mar Menor: las medidas que salvaron otras bahías con el mismo problema. El plan de choque puesto en marcha en uno de los casos allí relatados –la exitosa actuación en la Bahía de Tampa, en Florida– partía de un par de supuestos que algo o mucho podrían tener que ver con el escenario que se vive aquí, en Murcia, en estos últimos años. Esa es la parte de la esperanza.

Uno, el primero de ellos, es que la situación de degradación de la propia bahía había llegado allí, en Florida, casi al punto de no retorno y que esa fue precisamente la espoleta que hizo saltar todas las alarmas sociales, económicas y políticas; y dos, que la fuerte conciencia ciudadana derivada de esta misma situación límite y el convencimiento de amplias capas sociales de que aquello era un desastre para todos, obligó a las autoridades de varios estados federales a coordinarse y a poner en común sus esfuerzos para tratar de revertir la situación.

Manifestación durante la Vuelta ciclista a su paso por Murcia (Fuente: Perfil de @_infoLibre en Twitter).

Quizás, para calibrar si nos hallamos en un escenario parecido a lo sucedido en Florida con la Bahía de Tampa y como metáfora del futuro que nos espera, cabría hacerse este mismo par de preguntas en este nuestro escenario: ¿Hemos llegado en el caso del Mar Menor al punto del casi no retorno? ¿Hay un movimiento ciudadano en el país, pero fundamentalmente en la Región de Murcia, que esté en disposición de obligar a las autoridades –todas– a dejar de enfrentarse, a buscar soluciones conjuntas y no meros parches, como los llevados a cabo hasta el día de hoy, a modo de patada hacia adelante con planes que ya se sabe no se van a cumplir desde el mismo momento de su aprobación? De la respuesta que demos a ambos interrogantes podremos concluir que la solución es aún posible o que, por contra, nos encontramos en un escenario situado a las puertas del desastre irreversible, y que el Mar Menor, nuestro querido Mar Menor, se adentra hacia el terreno de lo desconocido.

Mucho me temo –esto es una mera opinión personal– que el punto del no retorno esté tan cerca como sucedió en Florida, y eso extrañamente puede ser causa de esperanza, pero también es muy posible que la fuerza de la concienciación ciudadana que actuó como espoleta en el caso norteamericano, no esté aquí, en Murcia, aún madura, y sea y pese a las apariencias de movilización de estos últimos días, meses, aún demasiado endeble para poder forzar a los responsables a que tomen las decisiones correctas y dejen de actuar de una vez y de comportarse como cobardes, vulgares y provocativos pistoleros que solo parecen estar preocupados de disparar al otro, de tirarse los trastos a la cabeza, de exculparse a sí mismos.

Y, sobre todo y ante todo, que dejen de pensar que lo del Mar Menor es (solo) un problema de peces muertos. Claro, por supuesto, que es un problema de peces muertos, pero no solo. Lo grave es lo que esconden esas imágenes insufribles. Justo esa parte oscura del iceberg que tanto cuesta ver y reconocer.

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Pepe López

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