Trescientas... y pico

El fantasma de Cifuentes (y de Garzón)

Cristina Cifuentes en el programa Sábado Deluxe (Fuente: Telecinco).

Los personajes públicos, también los políticos, son, querámoslo o no, como una especie de segunda o tercera familia. Y como tales aparecen y desaparecen de nuestro círculo más próximo sin nuestro permiso, se cruzan en nuestro camino cada dos por tres, y tal como vinieron un día dejan de estarlo al siguiente, tal y como sucede con algunos familiares, con algunos amigos.  Al punto de que hablamos de ellos constantemente, unas veces con respeto, con admiración, y otras, justo al contrario, como ejemplo de todo lo que nos disgusta. Sin ellos saberlo les hacemos partícipes de nuestras pequeñas vidas y miserias y, como tales, para lo bueno y para lo malo, van y vienen, dialogan con nosotros, les tomamos afecto, y, a veces, su repetida presencia, nos reconforta, tanto como otras su ejemplo nos incomoda.

Una de estas extrañas apariciones me ha sucedido recientemente con uno de esos personajes efímeros que un día se había instalado en mi pequeño universo, en alguna de mis conversaciones, quizás porque sus gestos, su presencia, eran arrolladoras y contundentes, de esas que difícilmente te dejan indiferente.

Cristina Cifuentes, 2018. Fotografía: Asamblea de Madrid (Fuente: Wikimedia).

Pues bien, el otro día estaba haciendo tareas caseras, preparando comida familiar, fregando platos, esas cuestiones cotidianas que ocupan parte de nuestro tiempo. Y en esa situación tan común me hacía acompañar de ese ruido de fondo para el que algunas veces utilizamos la televisión, quizás por ese extraño miedo que tenemos a la soledad espacial y a escuchar el silencio, quizás para convencernos de que no estamos solos aunque lo estemos. Y ahí, en medio de esa situación tan doméstica y de ese espacio tan cotidiano, de pronto oí en la lejanía su voz. Era una voz que me resultaba especialmente familiar, una de esas voces que un tiempo me acompañaron y a la que creí, afortunadamente, haber enviado al merecido lugar del silencio y del olvido, tal como se tratan de olvidar los malos sueños, las pesadillas.  

Pero no. No era un sueño. Ni una pesadilla. Era pura realidad. Ella, Cristina Cifuentes, la expresidenta de la Comunidad de Madrid, la más rockera de todas, estaba ahí de nuevo en la televisión pontificando sobre el conflicto de Afganistán, sobre el haber y el debe del actual Gobierno en temas de actualidad, y lo hacía en uno de esos programas de corta y pega que tanto abundan en las parrillas (¿por qué se llamarán parrillas?) televisivas y que tan iguales son unos a otros.

Me refiero a ese tipo de programas donde lo mismo se habla del último lío de un famoso, que se intenta destripar el nuevo caso de corrupción de algún alcalde, de algún responsable político, y en donde reúnen eso dicen– a gente experta en casi todo para que ponga luz a los enrevesados temas de la actualidad social, sanitaria, económica y política de nuestro país. Y ahí, busto parlante de vieja experta (“Que no me voy, me quedo; yo voy a seguir siendo vuestra presidenta…”), sentando cátedra y pisando fuerte otra vez, segura como es ella, como siempre lo fue, andaba Cifuentes, pontificando, opinando, dando lecciones de cuál era el buen camino que debíamos seguir los demás para no perdernos en el laberinto de la actualidad y de los intereses creados.

Reconozco que, como en un mal sueño, tuve que frotarme los ojos para confirmar que andaba despierto. Y por comprobar si, efectivamente, era ella o se trataba de una súbita y fantasmal aparición, acaso una doble que hacía las veces y con un extraño parecido en el timbre de voz. Y así, buceando aquí y allá, he sabido que mi voluntario olvido me había desconectado de la realidad y que desde que lo suyo con la Justicia acabó tan bien para ella como mal para sus colaboradores y para las profesoras de universidad que colaboraron en la falsificación de las notas de su trabajo fantasma de fin de máster en la Juan Carlos I, Tele 5 había sido estos últimos tiempos su casa habitual, su refugio, y también que dicho grupo mediático decidió rescatarla del olvido y resucitarla de entre los muertos civiles para incorporarla a su panel de expertos, de aventureros sin fin, de opinatodo.

Superado el susto, superada la impresión que supone ver a una mentirosa compulsiva dando clases de buena ciudadanía, de que un fantasma se te aparezca a plena luz del día, me pregunté por la ética, la conveniencia de estas prácticas comunicativas, de estos “rescates” televisivos y mediáticos a personajes de dudosos principios, de confusos, erráticos, interesados y a veces incluso delictivos comportamientos en los programas de mayor audiencia.

¿Qué pensaríamos –me pregunté– si viéramos a un abusador dando clases a niños o niñas en un colegio? ¿O a un maltratador confeso de animales presentando un programa de mascotas en uno de esos programas para el gran público por el morbo que ello a buen seguro generaría? ¿Es esto lo correcto? ¿O, por cercanía política a Cifuentes, viésemos un día a Rodrigo Rato ofreciendo clases en un reality donde el leitmotiv fuesen las prácticas de buena gestión de la economía? Posiblemente y como poco nos echaríamos las manos a la cabeza.

Baltasar Garzón, 2012 (Fuente: RTVE).

Bien que por razones opuestas, el pasado jueves resucitaba de entre los muertos civiles de ese segundo o tercer círculo del que les hablaba, otro insigne personaje, exjuez por más señas, y quien durante estos últimos años ha permanecido en las galeras de la oscuridad mediática y judicial de nuestro país tras su condena y forzosa prejubilación judicial. Me refiero, como seguro habrán adivinado, al juez Baltasar Garzón, de quien el Comité de Derechos Humanos de la ONU acaba de concluir que los procesos judiciales seguidos contra él por atreverse a investigar los crímenes del franquismo y ordenar las escuchas en la cárcel a los abogados de la trama Gürtel, fueron “irregulares y faltos de garantías”.  

El dictamen, en el que se insta al actual gobierno español a borrar dichos antecedentes y a resarcir el buen nombre y los daños causados al juez, es tan rotundo que no caben interpretaciones. Al punto de que la condena por este último caso –las escuchas carcelarias, del otro se pudo escapar por la gatera– y su consiguiente expulsión de la carrera judicial habría sido de todo menos justa e imparcial.

Son, ya digo, dos casos bien diferentes, pero que tienen numerosos rasgos en común. Garzón en la Justicia mayormente, y Cifuentes en la política, han gozado de su periodo de gloria y relevancia. Ambos fueron juzgados por supuestos hechos delictivos, aunque curiosamente el primero lo fuera por perseguir a otros delincuentes y el condenado resultó ser el propio juez, y la segunda resultara extrañamente absuelta en una de las causas más estrambóticas que se recuerdan en la justicia española, ya que habiendo condenas como las hubo, la primera y única gran beneficiada de todo aquel entramado político-académico salió limpia de polvo y paja.

Esperanza Aguirre en el programa “Mask Singer: adivina quién canta” (Fuente: Antena 3).

Lo curioso, lo extraño, es que es de prever que mientras que a Garzón le va a costar lo suyo restituir su buen nombre, que las resistencias a cumplir los requerimientos de la ONU van a ser de todo tipo, en el caso de Cifuentes y otros –su nombre, su caso, solo es aquí un ejemplo, una metáfora, de la fauna que abunda en la selva mediática de los renacidos, pues ahí están las Esperanzas Aguirres de turno, las Isabeles Pantojas…– las ayudas para blanquear a estos personaje, las lanchas salvavidas que les lanzan los grandes medios para que estos casos de dudosa reputación sigan ocupando amplios espacios mediáticos, son tan descaradas, tan indecentes, que nos hacen preguntarnos si, además de impúdicos, hay algo más. Quizás sea otra forma más de blanquear la corrupción, aunque quien la protagonice ahora sean fantasmas tipo Cifuentes que tanto trabajo nos había costado olvidar y apartar de nuestro lado.

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Pepe López

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