Trescientas... y pico

Eléctricas, esos matones de barrio

Fotografía: Analogicus (Fuente: Pixabay).

Hay matones buenos y matones malos, como siempre hubo piratas buenos y piratas malos. Eso, de una u otra forma, siempre lo supimos. A los unos les queremos y amamos secretamente y a los otros como es el caso de las eléctricas– simplemente les tememos y procuramos cambiar de acera si nos cruzamos con ellos. Pero, seguramente, a esta disparatada situación hemos llegado no por mera casualidad, si no porque durante años les hemos alfombrado el camino para que ahora hagan lo que hacen –amenazarnos, chantajearnos– con total impunidad.

Los primeros, los matones buenos, entrarían dentro de esa vieja tradición de admiración inconfesable que siempre nos provocaron algunos de quienes habían decidido vivir al margen de la ley porque sencillamente la ley no era nuestra ley. Son esos tipos que dictan sus propias normas territoriales pero que, secretamente y en silencio, son aceptadas por una parte no menor de la comunidad porque el fin aquí sí pareciera justificar los medios.

Nuestra secreta e íntima admiración por estos piratas buenos nace seguramente de eso tan nuestro como es la desgracia y el abandono de los poderes públicos, que es otra de las grandes tradiciones de este país y que tan bien retrata Paul Preston en su monumental obra Un pueblo traicionado: España de 1876 a nuestros días: Corrupción, incompetencia política y división social. Eso también lo supimos pronto. Solo había que mirar y ver. Escuchar el hiriente silencio y sus secuelas. Y seguramente a esos matones buenos les admiramos también porque hay en ellos como un gen oculto de extraña bondad que nos provoca cercanía y afecto, aunque bien sabemos que nunca, jamás, podremos ser como ellos, valientes, atrevidos, fugaces, imprevisibles.

Por las estanterías de la historia andan también amarilleando las imágenes que hemos heredado e idolatrado de la figura de los bandoleros que transitaban los polvorientos caminos para –aunque no siempre fuera así– hacer justicia donde reinaba la barbarie y la injusticia. En ese mismo rango de secreta admiración, pero con sus matices, estuvieron un tiempo los grandes asaltantes de bancos, especie de robinhoodes modernos, eso cuando los bancos se dejaban asaltar, que ahora son ellos los que legalmente nos atracan a nosotros a cada día, a cada semana, a cada mes.

C. N. Trillo (Fuente: Centrales Nucleares Almaraz-Trillo).

Y como contrapeso a todo ese paisaje y metáfora en contrario, se nos aparecen en sueños y como fantasmas las grandes eléctricas, gigantes torres amenazantes, cuya misión inversa parece cada día más al desnudo: robar al pobre para ofrecérselo en bandeja de plata a quien ni siquiera ya lo necesita, voracidad infinita. Eso sí, y esta es nuestra principal aportación a la historia reciente, con la aquiescencia y amparo de quienes debían procurar que la rapiña estuviese controlada, acotada. De aquellos quienes debían ser garantía de una cierta decencia y acabaron siendo ellos mismos garantes de los oscuros intereses que debían vigilar. 

Son éstas, las grandes eléctricas que nos vigilan, esas estructuras ciclópeas instaladas en ese frontispicio de los que se creen estar más allá de toda ley, a quienes pareciera que toda norma solo está hecha para los demás, porque ellos (bandidos de punta en blanco, piratas del desprecio al sentido común), se rigen por sus propias normas, que, como bien sabemos, son las del máximo beneficio y el menor riesgo. Y ahí llevan tiempo instalados en esa nebulosa donde habitan los monstruos, hasta que un día, ahora, y un gobierno, el presente, simplemente les ha advertido que la avaricia es el peor camino, que debe tener un límite y ha pretendido tan solo repartir la carga para evitar se venza en el difícil ascenso de la vuelta a una cierta normalidad.

Claro que este decorado de subidas sin fin en el que despertamos cada día, este estado de cosas que ahora nos ciega la visión, toda esta ambientación mafiosa que se proyecta desde las sedes corporativas de las grandes eléctricas y que orlan nombres como Villarejo o Galán (Iberdrola), son algo más que amenazas porque afectan, mayormente, a la vida de la gente corriente, a todos nosotros.

El Parque Nacional de Monfragüe afectado por los desembalses de Alcántara | Río Tajo a su paso por Serradilla. Crónica de Vicente Pozas en Onda Cero Cáceres, 7-9-2021 (Fuente: https://www.ondacero.es/).

Pero, ciertamente, ese perfil de matón de barrio al que tanto tememos no se crea de un día para otro. Y, sobre todo, no enraíza como ha enraizado el suyo. Seguramente este estado de cosas tan sinsentido no habrían sido posibles sin la valerosa aportación de quienes les amamantaron con marañas legislativas de difícil desentrañamiento.

No es casualidad, no puede ser casualidad, que casi todos y cada uno de quienes en los últimos 30-40 años han gestionado la economía de todos, la economía pública, el interés general, quienes diseñaron los marcos normativos que les han permitido vivir al margen de las leyes de la transparencia, de la rendición de cuentas, nombres tan ilustres como Miguel Boyer, Pedro Solbes, Luis de Guindos, Rodrigo Rato y Elena Salgado –y eso por citar solo los más relevantes, porque hay más, muchos más– hayan acabado, de una u otra manera, siendo sus padrinos. Y hayan transitado con tanta facilidad de sus despachos ministeriales a los consejos de administración de esas mismas eléctricas que hoy desembalsan a su antojo el agua que es de todos y nos embisten con chantajes.

Eso nunca es casualidad, aunque a veces el enredo y la mareante montaña rusa en la que andamos, nos impida enfocar bien cuál es el precio real –no sólo el de la factura de la luz– que estamos pagando a estos vulgares, desvergonzados, chulescos y malos matones de barrio.

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Pepe López

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