Opinión

Los neutrinos

Pedro Sánchez (Fotografía: Pool Moncloa / Borja Puig de la Bellacasa).

La física es apasionante. Siempre pensé que cualquier persona interesada en saber cómo va el mundo (por lo menos éste) tiene que interesarse por la física. Es la disciplina que trata de entender la Naturaleza. Desde la inmensidad del cosmos hasta la intimidad de lo más recóndito del núcleo atómico. Prácticamente todo tiene una explicación razonablemente fundada, cuando no una prueba contrastada o una teoría plausible. Sin olvidar la nada desdeñable respuesta de: esto no sabemos cómo va, pero estamos investigando, seguimos aprendiendo. Y en esta línea va ésta, mi pequeña contribución a la física de partículas.

Pero antes de desvelar mi descubrimiento, una breve introducción a este mundillo para que se me pueda entender en todo su calado, que no todo el mundo tiene por qué estar familiarizado con las partículas subatómicas.

Todos conocemos los protones, neutrones y electrones como los integrantes fundamentales de las cosas. Luego se descubrieron un montón de partículas más: piones, kaones, muones… Incluso sabemos que ni siquiera protones y neutrones son verdaderamente fundamentales, sino que están compuestos por quarks que, en principio, no se pueden dividir.

Y en esta selva de partículas que se fusionan, se transforman, decaen, se desintegran, se desdoblan, emiten otras e interactúan de mil formas creando otras nuevas… había problemas. Cierto tipo de desintegración presentaba un déficit de energía y está universalmente aceptado aquello de que “la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma”. En esta desintegración (los físicos la llaman Beta) desparecía energía cuando un neutrón se convertía en un protón más un electrón y esto movía “los palos del sombrajo” al incipiente edificio científico de la cuántica que se empezaba a construir en el primer tercio del siglo XX.

La mecánica cuántica empezaba a dar resultados contundentes (aún a base de tener que aceptar cosas contra toda lógica) pero este déficit de energía se resistía obstinadamente a encajar en toda tesis.

En esto, uno de los más grandes del momento (y de la historia) Wolfgang Pauli postuló (1930) que, si existiera una partícula que cumpliera ciertas condiciones, que determinó minuciosamente, podrían explicarse los resultados obtenidos sin violar la conservación de la energía.

El mismo Pauli recelaba de su propuesta. La partícula que postulaba no tenía carga ni masa (recientemente se ha sabido que algo de masa tiene) y según sus predicciones la probabilidad de que colisionara o interactuara con cualquier otra era prácticamente nula. Esto iba en contra de uno de sus principios en cuanto que no tenía sentido proponer lo que no se podía demostrar y, según sus cálculos no habría manera de detectarlos.

Pero Pauli era un teórico y no midió suficientemente bien la perspicacia de sus colegas experimentales. Un siempre traidor cáncer, en este caso de páncreas, acabó con su vida a los 58 años, pero pudo ver poco antes de morir cómo Cowan y Reines descubrían su partícula en un alarde de ingenio e inteligencia.

Mucho ha llovido desde aquel lejano 1956 de la primera detección y mucho también hemos aprendido de los neutrinos. Resulta que son tan esquivos como preveía Pauli, casi fantasmales. Pueden atravesar la materia como si no estuviera, de hecho, trillones de ellos nos atraviesan cada segundo sin que lo notemos lo más mínimo. Sólo unos pocos son detectados cada día por instrumentos enormes situados en la profundidad de algunas minas abandonadas a muchos cientos de metros de profundidad. Y para un neutrino es igual que sea noche o día puesto que pueden atravesar la tierra como si no existiera. Los materiales más densos conocidos son transparentes para ellos, hasta tal punto que un muro de plomo de un año luz de espesor (unos 9 billones de km) apenas pararía la mitad de ellos.

Bueno, espero haber sido capaz de explicar lo difícil que es detectar estas partículas tan interesantes como misteriosas. Los científicos que están tras ellos se devanan los sesos buscando materiales suficientemente sensibles para pararlos, aunque sea alguno de vez en cuando (por cierto, en Canfranc -Huesca- tenemos una instalación trabajando en ellos y en otras cosas tan interesantes como la “materia oscura”) porque como decía los materiales más densos conocidos no lo consiguen.

Y aquí llega, pido perdón por tan larga introducción que sin duda habrá tenido al paciente lector en ascuas, mi gran aportación.

He detectado, sí, yo solito (o no tengo constancia de que otros lo hayan hecho) un material sin rival que no creo que pueda ser atravesado ni por los escapistas neutrinos.

No lo adivinan… Pues sí. Es la cara de Pedro de Sánchez, nuestro ínclito presidente del gobierno en funciones. Esa cara, que es capaz de decir con toda naturalidad una cosa y la contraria en días o semanas, tiene que tener aplicaciones científicas como las que propongo. Cierto que los políticos mienten con poco rubor, pero hay niveles. Felipe González estuvo años pergeñando la forma de desdecirse de su NO a la OTAN, y le supuso un desgaste y lo hizo al fin y al cabo porque entendió que era lo mejor para su país, a costa de su prestigio, de su credibilidad y explicándolo mucho. Pero Sánchez, persuadido de que los españoles somos definitivamente “tontos del culo” (en mi Murcia querida “tontolhaba”, “tontolpijo”o “tontolcapullo”, pueden elegir) nos trata como tal y usa la densidad de su cara para tomarnos el pelo. Los ejemplos se encuentran fácilmente. Y pido perdón por la comparación con Felipe González, líder de un PSOE plenamente votable.

Ahí queda mi propuesta señores científicos. A lo mejor los neutrinos no son tan fantasmales y es, simplemente, que no teníamos los materiales adecuados. Quizás ahora sí.

Hagan pruebas, a Pauli y a Cowan y Reines, le dieron un Nobel. Si mi aportación mereciera tal honor prometo desde este momento dedicar íntegramente el montante económico del galardón a causas filantrópicas (eso no incluye financiar las actividades de Greta) y benéficas.

Felices días a todos menos… a los caraduras y ultraduras.

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Juan José Martínez Valero

Nacido y criado en Melilla y afincado en San Pedro del Pinatar (Murcia) desde los 15 años. Dejé los estudios para desarrollar la empresa familiar de la que todavía vivimos. Muy aficionado desde siempre a temas científicos y de actualidad.

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