Opinión

Los hombres que no valoraban a las mujeres

Fotografías: Gerd Altmann (Fuente: Pixabay).

Hace algunos años ya, cuando mi hija favorita (por única) acabó la carrera, le sugerí que aprovechando el regalo de sus abuelos, mis padres, hiciera un curso de perfeccionamiento de inglés. Sí, ese idioma del que la mayoría de los paisanos somos eternos estudiantes. Con el que le venía del bachillerato, aun con unas notas más que decentes, da para poco más que sobrevivir, claro que a los de mi generación… ni para eso.

Finalmente, una oferta interesante dio con sus huesos en Cork, al sur de Irlanda. Se iniciaba la primavera y hablábamos con frecuencia por teléfono. Nuestra relación era (y es) excelente. A las pocas semanas, notaba como iba “languideciendo” el tono de su voz. Mi hija es mujer alegre y extrovertida y siempre hemos conversado animadamente así que, al preguntarle por esa “tristeza” que traslucía su voz me dice: “papá, todavía no he visto el sol desde que estoy aquí y llegar a los 5 grados es cosa extraña”.

Caí entonces en algo que me habían contado más de una vez sobre los que hemos nacido y vivido por estas benditas tierras, con este clima y esta luz. No llevamos muy bien la mudanza a tierras menos amables desde ese punto de vista.

Fotografía: Pexels (Fuente: Pixabay).

Poco podía hacer con eso, así que decidí, aprovechando nuestra buena “química”, enviarle un pequeño escrito todas las noches. La cosa consistía en armar, alrededor de alguna frase o dicho, un breve texto sobre su autor o sus circunstancias. Llegué a mandarle unos 50 ó 60, con el lenguaje desenfadado que nos gastamos entre nosotros y los empecé a llamar con el presuntuoso nombre de “pildoritas de pensamiento” que al poco quedaron en “pildoritas” a secas.

Dada la apertura del planteamiento se los envié de todo tipo: Costumbristas, religiosos, filosóficos, científicos, literarios, personales, tecnológicos, históricos, políticos y algún otro difícil de clasificar.

Al principio me los comentaba y algunas risas caían. Poco a poco fue encontrando mejores ocupaciones, pero yo se los seguí enviando prácticamente todo el tiempo que estuvo allí.

Los que me siguen puede que recuerden la “Pildorita femenina” que publiqué en este mismo foro hace unos dos años. Fue una de las cartas, pues el tono es casi epistolar, que le envié en el contexto que tan pesadamente acabo de explicar.

Ada Byron

En él hacía una breve reseña de la vida y obra de Ada Byron, la única hija legítima de Lord Byron y cómo desarrolló los cimientos del actual análisis informático y lenguajes de programación. Su mentor, por así decirlo, ninguneó en todo momento su labor, total… sólo era una mujer, y solía referirse a ella en charlas y presentaciones como su intérprete, cuando sus logros trascendían en mucho las enseñanzas recibidas de Charles Babbage, que así se llamaba el hombre.

Ada Augusta Byron (Lady Lovelace) de niña. Retrato de Alfred d’Orsay en 1822 (Fuente: Wikimedia).

Es una constante en la historia, y concretamente en la de las ciencias, que las aportaciones femeninas hayan sido despreciadas, anuladas, omitidas, suplantadas cuando no directamente robadas a sus autoras. Muchas tuvieron que utilizar seudónimos (la propia Ada) sabedoras de que su sola condición de mujer limitaría la difusión de sus creaciones.

Lise Meitner

Lise Meitner fue otro caso paradigmático. Esta mujer era ya una física teórica relevante (algo extraordinario en su época) y realizaba investigaciones de vanguardia en su día sobre elementos radioactivos (descubrió el protactinio) compartiendo su labor con Otto Hahn, un químico también muy destacable. Fue la primera persona en deducir que el proceso que se producía en ciertas reacciones era la “fractura” de núcleos atómicos pesados en otros más ligeros (lo que hoy conocemos como fisión nuclear) con la comprensión que supuso de la estructura íntima de la materia. Las posteriores consecuencias científicas y tecnológicas de su trabajo merecieron un premio Nobel. Lo lamentable del asunto es que el premio Nobel lo recibió su “compañero” Otto Hahn quien protagonizó junto con la Real Academia Sueca de las Ciencias uno de los episodios más vergonzosos de la historia de los Nobel al ni siquiera citarla en el discurso preceptivo de los galardonados. Increíblemente ella nunca lo reprochó, tan “sólo” la actitud pasiva que sostuvo Hahn en cuanto a la defensa de sus colegas científicos ante el ataque del nazismo. 

Lise Meitner con estudiantes, 1959. Fotografía: Nuclear Regulatory Commission (Fuente: Wikimedia).

Su sobrino y también gran físico Otto Fritz, que colaboró con ella y estaba perfectamente al tanto de los trabajos de Lise, se encargó de documentar las aportaciones de su tía (absolutamente determinantes) y reivindicarlo para su autora. Eso se consiguió, pero se quedó sin el Nobel. Su condición de judía la llevó al exilio en Suecia tras mil peripecias y desde allí siguió trabajando hasta muy avanzada edad.

Tengo una pequeña satisfacción personal con respeto a estos personajes de la historia de la ciencia. En mi bachillerato se conocían 105 elementos y el último, que cerraba (siempre provisionalmente la tabla periódica) era el Hahnio en honor a Otto Hahn. He podido vivir como finalmente se revocó ese nombre y según las normas vigentes esa revocación es a perpetuidad. Se han ido descubriendo más elementos y ya se aproximan a los 120. El que hace el 109 se llama meitnerio (este sí definitivamente) en honor a Lise Meitner que, una vez más de forma póstuma, recibió un honor mucho más alto que el premio Nobel como es dar nombre a un elemento. Son cientos los galardonados con el Nobel desde que se instauraron hace más de 100 años, pero sólo unos pocos los que han grabado su nombre en el mármol que supone la denominación de un elemento químico. Y el plantel lo forman gente del nivel de Einstein, Curie, Rutherford y Bohr… casi nada.

Contemporánea de Lise Meitner (y casi paisana, la primera austríaca, la segunda alemana) fue otro portento, en este caso de la matemática y se llamó Emmy Noether. 

Meitnerio, elemento N.º 109 de la Tabla Periódica. Autor: Pumbaa (Fuente: Wikimedia).

Emmy Noether

Noether no tuvo que soportar que sus colaboradores le birlaran sus hallazgos porque fueron tan originales, personales y disruptores que la autoría no era cuestionable. Pero tuvo que luchar con algo peor… su condición de mujer. Incluso explícitamente. En la Alemania de principios del siglo XX las mujeres no podían cursar estudios universitarios en áreas técnicas y científicas. Poco a poco se les permitió asistir como oyentes siempre y cuando contaran con la aprobación expresa del profesor. Emmy Noether fue una de las “oyentes” y poco después había superado con mucho a sus profesores. 

Emmy Noether, en torno a 1900. Publicado por la Mathematical Association of America (Fuente: Wikimedia).

La genialidad de Emmy no era ocultable por exagerada y siento no extenderme aquí sobre sus logros porque, por un lado, son temas “ásperos” para todos nosotros y por otro (y principal) mis muchas limitaciones (léase ignorancia) para hacerlo. Pero de importancia capital en la matemática y física. Sólo como una pincelada enunciaré algunas de sus aportaciones: desarrolló el álgebra abstracta, teoría de invariantes, números hipercomplejos y otras muchas líneas más. En física solucionó la aparente inconsistencia matemática de la teoría general de la relatividad (reconocida por el propio Einstein) y su teorema de Noether, donde prueba la relación de las simetrías con los principios de conservación y sienta de manera absoluta las bases de la física teórica actual.

Si existiera un Nobel de “mates”, Emmy Noether sería merecedora de unos cuantos y de física, por lo menos uno, pues no se entiende la descripción de la naturaleza actual, en su más profunda expresión, sin los grupos de simetría que desarrolló esta mujer poco menos que en su casa, como he intentado explicar.

Pero aquí, lo que quisiera destacar es la discriminación de que fue víctima por el mero hecho de ser mujer y como decía, en el caso de Emmy de una forma completamente abierta. 

A pesar de lo demostrado, no se le permitió dar clases en la universidad alemana y cuando lo consiguió fue sin remuneración alguna. Y esto, a pesar de que el gran David Hilbert, posiblemente el mejor matemático de la época porfió por ella con todas sus fuerzas. Es célebre su intervención en la junta de gobierno de la Universidad de Gotinga donde por enésima vez intentaba que se le otorgara un cargo acorde con su demostrada (y curiosamente incuestionada) valía. Los respetables profesores se escandalizaban ante la mera posibilidad de que sus jóvenes a la vuelta de la “Gran Guerra” se encontraran teniendo que recibir clases de “una mujer”. Hilbert contestó: “Señores, qué tiene que ver, esto es una universidad no una casa de baños”. Fue inútil, hasta muy poco antes de su cese por imposición del nazismo no tuvo un puesto remunerado como profesora. Pero Hilbert era plenamente consciente, no ya de la valía de Emmy sino de la necesidad de sus trabajos y le cedió durante años clases para poder aprender y “desatascar” los caminos, algo que sólo estaba en su mano, en su mente privilegiada.

El departamento de matemáticas de la Universidad de Gotinga permitió la “habilitación” de Noether en 1919, cuatro años después de que hubiera comenzado a dar clases en su facultad. Fotografía: Daniel Schwen (Fuente: Wikimedia).

Pero Emmy nunca se resignó, luchó cuanto pudo contra la discriminación hacia la mujer y murió apenas llegó al obligado destierro en Estados Unidos por una complicación en la extirpación de un tumor ovárico. 

Las matemáticas no fueron las mismas tras los trabajos de Noether, la estúpida ideología machista sufrió un duro golpe ante la superioridad intelectual del genio de esta mujer inconmensurable… y en matemáticas, la disciplina más pura, abstracta y “masculina”, base de todas las demás.

Ada Byron en el XIX, Lise Meitner y Emmy Noether en la primera mitad del XX fueron víctimas de su condición femenina.

Vera Rubin

Parece que son fechas lejanas, pero no lo son tanto. Más aún, en 2016 murió Vera Rubin quizás la astrónoma más destacada de la historia con un currículum de escándalo con doctorados supervisados por genios de la categoría de George Gamow y Richard Feynmann; no pudo inscribirse en la Universidad de Princeton porque hasta 1975 no se permitió el acceso de mujeres a los estudios graduados de astronomía de esa institución. Recuerdo, en 1975 y en Estados Unidos. 

Vera Rubin, segunda por la izquierda. Fotografía: NASA (Fuente: Wikimedia).

En un ámbito más cercano, yo he podido ver cómo mi madre tenía que presentar una autorización escrita de mi padre para poder comprar un billete de barco Melilla-Almería. 

Afortunadamente hablamos del pasado, pero más cercano de lo que pudiera parecer y eso, por ceñirnos al mundo “civilizado” entendiendo como tal la cultura occidental porque si entramos en otras…

A mi hija, y a nuestros jóvenes en general, estas historias les suenan a “ciencia ficción” y es que, desde la óptica actual son difíciles de entender. Pero así ha sido y debemos tomar nota para que sólo el mérito determine el límite de cada cual.

Tampoco es buena cosa el “pendulazo” que parece abrirse paso en nuestra sociedad actual donde se ven iniciativas que privilegian la condición femenina.

Yo nací varón, ni me arrepiento, ni me siento orgulloso. No lo elegí. No discrimino ni lo permito dentro de mi ámbito de decisión, ni por sexo ni por nada. En su día sí que pudo significar ventaja, pero hoy no. 

Es la educación en igualdad, pero de la de verdad, y no en la que el ministerio que usurpa ese nombre gasta nuestro dinero, la que tiene que ir produciendo que nadie sea limitado o autolimitado (con el lenguaje inclusivo no puedo) por su condición u orientación sexual.

Imagen: Mohamed Hassan (Fuente: Pixabay).

Tengo experiencia propia y ajena de la mayoría femenina en las aulas universitarias. En las de humanidades y sanitarias de forma escandalosa, pero en disciplinas técnicas como arquitectura e ingeniería también.

Ése es el camino y animo a todo el mundo y especialmente a las chicas a postularse en todos los oficios y que sean las aptitudes las que determinen el resultado.

Si alguien ha sobrevivido a este escrito les estaré agradecido de corazón y acabaré diciendo que la vida es más bella, interesante y divertida porque hay hombres y mujeres y es trabajo de todos que esa maravillosa diferenciación no suponga la discriminación de la mitad. 

Las leyes ya las tenemos, las zancadillas de Ada, Lise y Emmy, entre otras muchísimas, no se deben repetir jamás.

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Juan José Martínez Valero

Nacido y criado en Melilla y afincado en San Pedro del Pinatar (Murcia) desde los 15 años. Dejé los estudios para desarrollar la empresa familiar de la que todavía vivimos. Muy aficionado desde siempre a temas científicos y de actualidad.

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  • Admirado Juan José; tras leer este fabuloso artículo he cambiado el inicio de estas líneas. Iba a decir ‘estimado’ y lo he cambiado por ‘admirado’. En algunas ocasiones he defendido la tesis igualitaria que mantienes, pero nunca acerté a decirlo con la belleza y la contundencia tuyas. Has dejado muy clarita la perversión de un Ministerio de Igualdad que no puede ser más bazofia. Pernicioso para el hombre y más aún para la mujer. Un fuerte abrazo.

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