Opinión

Lo que debe saber un enfermo respecto a su médico y sus cuidadores

Fuente: Freepik.

Hace ya algunos años, pienso que pasan de los veinte –con toda seguridad–, atendía yo casi recién salido de la Facultad de Medicina a un honorable y gran médico, de prestigio en su ciudad, que como otros muchos estaba cruzando los sinsabores de un infarto agudo de miocardio y que, aunque receloso, incluso se fiaba de nosotros… y, en alguna ocasión, con ironía fina y llena de sabiduría la mayoría de las veces, nos decía: “Mira que ha avanzado la medicina, ¡tan jóvenes vosotros y ya casi os lo sabéis todo!”.

Cuando se hubo recuperado de su proceso y estancia en el hospital; como buen médico que era, me comentó si yo podría visitarlo en su casa de vez en cuando y echarle un vistazo y aconsejarle en su recuperación y asimismo en los achaques, que, y a partir del cuadro agudo que acababa de pasar, comenzaba a tener. ¿Cómo me iba a negar yo ante aquel gran hombre que a base de ser un gran médico, como ya he dicho anteriormente, se había granjeado el cariño de sus clientes y de la mayor parte de ciudadanos de su ciudad? No sólo me agradó la idea, sino que al mismo tiempo sentí un orgullo interior al haber sido yo seleccionado por aquel gran hombre al que todos los que lo tratamos admirábamos y sentíamos en nuestra juventud querer ser como él.

Las visitas a partir de entonces se fueron sucediendo con una cierta cadencia y se iban acentuando conforme íbamos tramando una sana amistad. Era una amistad sencilla, como sencilla era la casa que habitaba y la esposa que tenía. No tenían hijos. Tenía muchos libros. Muchos libros por doquier, por todos lados. En el pequeño despacho consultorio domiciliario que tenía, en el comedor, a lo largo de estanterías que recorrían dos corredores de la casa, en su dormitorio, en el recoleto cuartito de estar donde pasaban horas y horas de lectura y escuchando música su esposa y él…, en todos los sitios de la casa.

Fotografía: Deutsch (Fuente: Pixabay).

¡Eran dos personas encantadoras! Las conversaciones que entablábamos llevaban la carga de la sinceridad y posiblemente el cariño que de alguna manera u otra hubieran querido trasmitir a aquel hijo que no habían podido tener, y que en alguna ocasión me habían dicho. Pero, junto al cariño de las charlas, siempre noté una cierta melancolía en sus conversaciones cuando hablaba, y hablaba, y hablaba, rememorando arteriosclerosamente pasajes de su vida que en ocasiones, y con el cariño de las personas educadas, me decía: “¿Esto ya te lo he contado, verdad?! Y yo le contestaba: “Sí, pero no me importa que usted me lo vuelva a repetir”.

Digo, que rememoraba etapas de su vida. De su vida médica, que se había ido dejando a jirones entre el hospital del que era uno de sus jefes de sala y en las benditas calles de su ciudad atendiendo a las personas que le llamaban a sus domicilios. ¡Cuántas veces incluso me repetía las personas con nombres y apellidos! ¡Cuántas veces contaba las anécdotas pasadas con ellos!, casi siempre terminando: “¡Y es que, hijo, aquellos años después de la guerra se pasaron muchas calamidades y miserias! ¡Ah, el dichoso seguro obligatorio de enfermedad!”.

Pues bien, de aquellas charlas de tardes interminables alrededor de la mesa camilla y en las que yo –y con su permiso–, en ocasiones me tomaba mis pequeños apuntes de hechos y anécdotas que me contaba, incluso con el recelo de su esposa, que cariñosamente me decía: “¿Y todas esas tonterías tú crees que son importantes?”. Fui sonsacándole esa nostalgia de vivencias y calamidades pasadas y que de una manera u otra él hubiera querido trasmitir a todos aquellos pacientes a los que se debía, pero que, de igual manera, aquellos pacientes también se encontraban en deuda con él, deuda que de ninguna de las maneras, inclusive a lo largo de su larga y terrible enfermedad, en algún momento se la demostraron y que incluso ni él mismo ni a nadie reclamó. De todas aquellas ideas y entrañables charlas salieron estos pensamientos y consejos que yo en nombre de aquel gran médico y entrañable amigo, que Dios tenga, tanto a él como a su mujer, donde se merecieron, os trasmito. Es posible que para algunos pusilánimes, imbuidos y embebidos de una soberbia y orgullo mal entendido, piensen que en estos pensamientos se encierran ideas paternalistas o de ancestrales ideas benefactoras o hipocráticas trasnochadas; por mi parte, en ellas siempre he querido ver aquellos pensamientos humanísticos y de personas “bien nacidas” que ante realidades como son las relaciones médico-paciente siempre deben darse y existir.

Imagen: rawpixel.com (Fuente: Freepik).

Estos pensamientos recogidos de mi amigo médico, dicen:

1.- El paciente debe saber que su médico/a o su enfermero/a tienen como norma no enfadarse por nada que le diga o le haga un enfermo, pues saben que la enfermedad hace mayor la natural impaciencia e irritabilidad del temperamento de las personas.

2.- El paciente debe comprender que así mismo su médico/a, enfermero/a o todo el personal que tiene a su cuidado son personas con sus problemas personales, sus sentimientos, sus reacciones y que por el bien del enfermo las esconden o inhiben, en ocasiones incluso, aun sabiendo que tienen toda la razón.

3.- Debe saber que su médico/a, por el hecho de serlo, se halla en un plano intelectual sanitario superior al suyo; y si alguna vez le parece que el médico desciende para igualarse con él en sus conversaciones, en sus visitas cotidianas, etc., ha de procurar seguirle la corriente y no alimentar el necio pensamiento de que se eleva contestando con palabras displicentes, altisonantes o rimbombantes y cursilonas. Cuando su médico desciende, sólo quiere llegar a su corazón y aliviar el dolor y tristeza que le invade.

4.- Si le produce alegría la visita del médico, no deje de exteriorizarla, con ello fomentará un fluido recíproco de simpatía que hará mucho más efectiva esa relación médico-enfermo que, respetando toda la autonomía de decisión que usted debe tener, nunca se debe romper.

Imagen: Gpoin Studio (Fuente: Freepik).

5.- Si por el contrario, la visita del médico le ocasiona malestar y no se precisa su intervención, no le llame. Llamando con urgencia a los médicos o al personal que continuamente le atienden, cuando realmente no les necesita, comete una grave falta de consideración hacia esas personas y hacia el resto de los enfermos del entorno que a lo mejor en esos momentos necesitan de un cuidado específico. Las llamadas inoportunas y sin causa evidente o real que atender suponen, en ocasiones, un enojo del personal asistencial y un entorpecimiento del trabajo que están realizando.

6.- Cuando el médico le interroga acerca de su dolencia, conteste simplemente y con claridad. Colabore. El médico realiza la mayor parte de su diagnóstico en ese “diálogo preambular” que es la Historia Clínica y que a lo peor al paciente le parece un formulismo. Valore ese acto momentáneo y obligatorio y crítico del diagnóstico porque esa colaboración espontánea, instantánea y de charla amigable, va a ser decisiva para un buen diagnóstico y ha sido producto de muchas horas de estudio y de experiencia adquirida por parte del médico en el ejercicio de su profesión.

7.- Haga siempre lo que le ordene el médico, es un error pueril engañarse a sí mismo. No juegue con su salud. ¿No ha observado cómo se entristecen los ojos de su médico cuando le dice que no mejora? Obsérvelo. Y después créame: su médico quiere siempre su pronto restablecimiento. Aleje por consiguiente cualquier otro pensamiento que le denigre. Su médico está deseando curarle y que se vaya pronto a su casa y con los suyos, seguro que ese día latirá su corazón más libremente.

8.- Muchas veces le es desagradable a un médico encontrarse a un enfermo “culto”. No sea ridículo. La medicina no se improvisa. Cuando le habla a su médico de “hipertermia”, “disnea”, “jaquecas” , “cefaleas”, etc. en un alarde de folletinesca cultura médica que suscite su admiración, lo único que consigue es provocar en él una compasiva carcajada interna que nunca le explayará, si no que muy al contrario, le dirá que le hables de que te ha subido la temperatura, que tienes fatiga, que el dolor de cabeza es total, que en ocasiones el dolor de cabeza es en sólo media parte de ella…, pues él tratará de interpretar todos esos datos y adecuarlos al proceso que él busca.

Fotografía: Artur Safron (Fuente: Freepik).

9.- Si no está de acuerdo con las formas y trato de su médico o de las personas que le cuidan, debe decírselo primero a ellos, con respeto y educación; y si no le hicieran caso, póngalo en conocimiento de las personas encargadas del servicio o unidad donde esté ingresado o de aquellas otras que de alguna forma vigilan la buena asistencia al ciudadano en general, que ellas tomarán las medidas oportunas. Sepa, y no olvide, que en la práctica médica, el médico se dirige y está formado en deberes y virtudes que fomenten los mejores intereses del paciente, sin embargo y a pesar de ello, somos humanos.

10.- Vayamos desechando de nuestro vocabulario y de nuestras mentes el tan traído y llevado en otros tiempos “para eso pago”, y así mismo la impertinencia inquisitorial y las malas maneras que hasta no hace mucho podíamos oír por doquier. No. La Salud Pública y la Sanidad que se administra a los ciudadanos en España desde hace ya algunos años se atiende y se sufraga por otros conceptos y otros productos y filosofías que no vienen al caso; hay otras supremas razones por las cuales el médico y el personal de enfermería se hacen acreedores de toda suerte de consideraciones: la abnegación, el amor a los semejantes y el cariño a su profesión son virtudes por las cuales le brindan el derecho de poder molestarles en cualquier momento; pero fíjese bien, no confunda la graciosa y caritativa prestación que se le da, con muchas veces la inadecuada y fuera de lugar libertad que se toma en su relación y trato con ellos. Discrimine.

11.- Debe considerar que cuando el mal le atenazaba y daba la “mitad de su fortuna o su fortuna entera” a aquel que le quitara el dolor y le recuperara la salud, y buscaba entre los mejores médicos y echaba mano de todos los recursos a su alcance; ahora, una vez recuperada, ni se preocupa de las personas que han logrado “ese pequeño milagro” de que se encuentre mejor, ni de sus desvelos, ni de sus sinsabores, y aún así sigue considerando que la salud está por encima de todo… ¡Son extrañas deformaciones que la enfermedad proyecta sobre el sentido de la propia estimación y del alma humana! El acto médico sería una pura transacción comercial si creyera que todo lo que se le ha hecho o se le está haciendo está pagado con el sueldo que se recibe, y no por el contrario, conlleva, la mayoría de las veces, un sacrificio de obsesionante preocupación. Por ello, la deuda no puede sólo sufragarse con dinero y al menos exige la modesta contribución del agradecimiento. Acostúmbrese a dar las gracias y ser agradecido.

12.- Por último, debe usted saber que tiene derecho a dar o no dar, su “consentimiento informado” ante todo lo que se le vaya a realizar; y recibir, en términos comprensibles, tanto usted como su familia o allegados, información completa y continuada, verbal y en ocasiones hasta escrita, sobre su proceso, incluyendo diagnóstico, pronóstico y alternativas al tratamiento. En caso de dudas no repare en acudir al Servicio de Atención al Usuario (SAU) –en los hospitales– o a su correspondiente inspector de zona, en donde se le informará detalladamente de todas cuantas dudas tenga.

Fotografía: Chokniti Khongchum (Fuente: Pixabay).

Todos y cada uno de estos pensamientos e ideas fueron recogidas a lo largo de tres interminables años de enfermedad de aquel hombre maravilloso que ante todo puso su profesión médica por encima de su salud y que desde hacía años debía haber cuidado más. La labor callada y de atención continua de su esposa, que aun enferma ella también, atendía y cuidaba con esmero a su marido, y fallecida dos meses después que él, suponía y supuso un ejemplo vivo de armonía y solicitud que nunca olvidaré.

Pocas personas asistimos a sus respectivos entierros, pero los que fuimos, despedimos a aquel matrimonio que callada y admirablemente lo habían dado todo por servir. ¡Admirable palabra la de servir sin esperar nada a cambio! Se llama amor a los demás. Pero no menos admirable es la de ser agradecido, pues en ella se explicita el amor reconocido y la humildad de reconocerlo.

En nombre y recuerdo de aquel gran médico que de una forma u otra hubiera querido decir lo que aquí se ha dicho, os doy las gracias por la lectura de estas líneas.

Sending
User Review
5 (2 votes)

Ángel Mota López

Licenciado en Medicina y Cirugía en 1969, por la Universidad de Valencia; diplomado en Sanidad Pública Nacional, Gerencia de Jefes de Servicio, Estudios Clínicos Controlados y RCP; titulado en Especialista en Medicina Interna y Especialista en Medicina Intensiva y Máster en Gestión y Dirección Hospitalaria.
He realizado docencia para posgraduados en la Unidad de Cuidados Intensivos entre 1982 y 1987 en el Hospital de Elche y en la facultad de Medicina de la Universidad de Alicante y he dirigido cursos de RCP y el I Curso de Medicina de Urgencias, entre otros. Además, he sido profesor del Máster de Urgencias de la Universidad de Alicante entre 1989 y 1992.
Fui jefe de sección de UCI en el Hospital General de Elche hasta 1993, año en que pasé a ser médico jefe de Servicio de UCI, siendo también miembro de la Junta Facultativa de dicho hospital y exdirector gerente-médico del Hospital General Universitario de Alicante y fundador de la Sociedad Medicina Intensiva del País Valenciano (SMI-PV).
Fui nombrado Hijo Predilecto de Pinarejo (Cuenca) en 1998 y Alicantino de Adopción en mayo de 2019. En junio de 2019, el Colegio de Médicos de Alicante me entregó un diploma conmemorativo por haber cumplido 50 años de profesión médica.

1 Comment

Click here to post a comment

*

code

  • Gracias doctor y escritor Mota por todos estos consejos dados, que son ciertos y aprovechables. Sobre lo de los pacientes cultos, le comentaré que no le gustan a los médicos, pero el paciente tiene la obligación de no ir de pardillo y leer sobre salud, ya que a veces una tontería se calma con un Paracetamol sin ir al médico. Si a cierta edad uno va al médico de cabecera por molestias estaría cada semana en la consulta. Yo estoy muy contento con mi traumatólogo dr. Morales que me salvó una rodilla, y él lo sabe porque se lo he hecho saber, y de médico a pasado a amigo. Los cabreos de los paciente no se dirigen a los médicos o enfermeros, sino al sistema sanitario de citas,ahora es un robot quien te atiende, y te da una cita para dentro de varios meses, cuando ya o te has muerto o te has curado. Las personas mayores como yo tenemos muchos achaque y problemas con el sistema de citas, y además deberíamos tener un geriatría de cabecera. La pandemia del covid se ha cebado con nosotros, y cada vez hay menos médicos espacialistad, se van al extranjero porque ganan más. Mi farmacéutico se ha convertido en mi médico de cabecera, y yo tengo que saber lo que quiero, porque otras veces a lo mejor el mancebo o manceba de turno sabe menos que yo. Un abrazo y mis respetos.

Patrocinadores

Ojo al Lunes