Hay hechos que pasan como desapercibidos, que tienen la ligereza aparente de un simple vuelo en el inmenso cielo de un día cualquiera en la gran ciudad, que apenas son perceptibles para la inmensa mayoría pero que, si los miras bien al trasluz de las cosas que importan, si te paras a escuchar su voz y su rabia, nos hablan más que nada de un sueño y de un futuro. Y, claro, también de una ciudad construida contra buena parte de quienes la habitan, de una ciudad cuyos dirigentes hace tiempo ya solo pasean y miran las calles y plazas del centro, las mismas que pasean esos otros muchos turistas que la visitan a diario, de una ciudad rota y abandonada. Hablamos, claro, de Alicante, pero no solo. Hablamos de las pequeñas bibliotecas de barrio que un día cierran y ya nunca abren. Hablamos, sobre todo, de libros. De la necesidad de romper los límites y poder iniciar el vuelo.
Uno de esos pequeños hechos que, a buen seguro, apenas supuso un rasguño en el vasto deambular de una ciudad como Alicante, tuvo lugar el pasado jueves 23 de abril, día de Sant Jordi, en uno de los tantos barrios periféricos que nunca salen en los selfies que coleccionan esos intercambiables turistas que la asaltan a diario. Tuvo lugar exactamente en uno de esos barrios, marginados que no marginales, que encierran la hermosa historia al límite de violencia y amistad sin reservas como la que nos cuenta David Valero en su no menos hermosa película Enemigos y que coprotagonizan Christian Checa y Hugo Welzel.
Mientras miles, cientos de miles de personas, celebraban la efeméride, ya no solo en Cataluña, también aquí, comprando libros, regalando libros, esta ciudad, Alicante, vivía totalmente ajena a este pequeño acontecimiento. Fueron apenas unas decenas de personas, poco más de cien acaso, que aprovecharon la mañana de aquel día para manifestarse a las puertas de la biblioteca de su propio barrio, Juan XXIII, parte de la cara B de la propia ciudad, para pedir algo tan revolucionario como la apertura de la propia biblioteca que lleva ya ¡cinco años cerrada! Se supone que por desorden de la autoridad competente.




Todo, como en una película de bajo presupuesto pero preñada de afecto y cariño, sucedió en una soleada mañana. Muy cerca de la ciudad vocinglera de todos los días y al tiempo que dos mega buques vomitaban turistas en el Puerto. Mientras esos mismos turistas tomaban al asalto esas otras calles del centro antes de regresar a su guarida, en la otra punta de la propia urbe y convocados por un grupo de profesores de un instituto —Las Lomas— dispuestos a pelear hasta el último aliento, también por la llamada de la Mesa Comunitaria de la Zona Norte, quizás de algún representante de la diezmada oposición, acudieron allí un pequeño grupo de alumnos, mayormente alumnas, y casi sin quererlo escribieron la pequeña gran historia de aquel día a la que nos referimos en esta ciudad rota y olvidada. “¡Juan XXIII también quiere leer!”, era, fue, su revolucionario grito. Su única consigna. Casi la única letra de la doliente melodía.
En su famoso libro El diario de Ana Frank, donde la escritora judía y alemana nos relata su vida en Amsterdam, oculta y huyendo de los nazis durante más de dos años, podemos leer una de las frases más conocidas de la propia autora: “Las personas libres jamás podrán concebir lo que los libros significan para quienes vivimos encerrados”. De eso, seguramente, iba precisamente la escena de ese jueves 23 de abril, ese pequeño gran acontecimiento. De gente que, de alguna manera, se siente encerrada, de gente que habla muchos idiomas, que profesa varias religiones, que viste, a veces, diferente, pero también, a veces, de jóvenes que no se resignan a seguir siendo perseguidos, marginados, olvidados, a continuar siendo carne de cañón para las mafias de turno que vigilan y esperan a que se apaguen las luces.
Es esta también, sin duda, una historia de buenos profesores, de buenos vecinos, que creen, con razón, que todo está, empieza y termina en esos libros que no tienen, en ese espacio común que se les niega. Que piensan —como Ana Frank— que cualquier futuro pasa porque haya libros a los que agarrarse, que te permitan transitar y sobrevolar este duro tiempo y el territorio herido. Que te permitan soñar que la libertad y el futuro esperan. De libros que hablan el lenguaje de los libros.













Hermosa defensa del libro y de los barrios, a la que me uno totalmente. Pero no acabo de entender el ataque a los turistas que vienen a crear un poco de riqueza, a conocer y amar Alicante. Un abrazo.
No es un ataque Ramón, es la descripción de una realidad cotidiana, la ciudad dual; una, rica, que vive cara al mar y de espaldas al resto de sí misma, que vive del propio mar, de los turistas también, la ciudad que es cuidada y ajardinada… y esa otra ciudad olvidada por quienes la gobiernan, que hasta algo tan básico como poder disponer de una humilde biblioteca se convierte en un lucha titánica imposible y de años; son palabras contra el olvido, no son palabras contra los turistas… aunque de eso también habría mucho que hablar. Y si me lo permites y tienes oportunidad de ver -si es que no la has visto ya- la película que cito, “Enemigos”, una crónica descarnada en medio del paisaje de esa otra ciudad olvidada, de nuestro Alicante.