Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Palabras

Ideal

Cine Ideal en 1953. Fotografía de Sánchez (Fuente: Ayuntamiento de Alicante).

Hay una vieja frase que en algún momento le hemos oído decir a muchos políticos: “Lo más grande que a uno le puede pasar en política es ser alcalde, alcaldesa, de tu propia ciudad”. Al margen del oportunismo de la expresión, algo de cierto debe haber en ello cuando algunas de las más grandes y hermosas ciudades que todos conocemos van unidas a un nombre, esa persona que antes de su creación tuvo el atrevimiento de soñarla al modo como se sueñan las películas, las obras de arte, la vida buena. No ha sucedido, por desgracia, así en Alicante. Al menos en su época más reciente. Todo el embrollo urbanístico, administrativo y judicial que sigue rodeando al vetusto edificio del cine Ideal ubicado en la Avenida de la Constitución es, quizás, la muestra de que aquí casi todo lo bueno sucede al revés. Que tiene lugar a pesar de sus alcaldes y alcaldesas.

Frente a los ejemplos paradigmáticos de hacedores de buena ciudad como, por citar solo dos muy cercanos, lo serían Bilbao (Iñaki Azcuna, PNV, Guggenheim) y Barcelona  (Pascual Maragall, PSC, Juegos Olímpicos), Alicante —salvo la honrosa excepción de su primer alcalde en democracia, José Luis Lassaletta— nunca ha figurado en ese grupo de ciudades soñadas. De ciudades queridas. El nuevo Bilbao, ese que todos conocemos y admiramos, va unido a ese nombre citado, Azcuna. Bajo su mandado la ciudad dejó de ser aquella urbe gris, sucia, de puerto adentro, para convertirse en la urbe luminosa, que invita al paseo, la ciudad que es hoy. El gran cambio de Barcelona y su apertura al Mediterráneo vino de la mano de su alcalde olímpico. La ciudad volvió a mirar al mar y descubrió la luz que mantenía oculta.

Por el contrario, en el caso de Alicante se diría que ninguno de los nombres que sucedieron a Lassaleta amaron realmente la ciudad. Ángel Luna, el sucesor socialista, la utilizó mayormente para fortalecer su carrera política. El caso de Luis Alperi (PP) es curioso. Quiso ser el faraón que cambiara la faz de la ciudad por la fuerza y terminó enredado en los tribunales y en las renuncias, como aquella del despido del arquitecto redactor del Plan General de Ordenación Urbana, Cantallops, simplemente porque le propuso una ciudad que se alejaba de la voracidad soñada —ellos sí— de sus amigos constructores. Sonia Castedo (PP), la sucesora, la heredera de Luis XIV, como fue conocido su padrino, la gran alcaldesa populista y preocupada por la estética de las cosas (¡Alicante, guapa, guapa!) acabó también atrapada en sus amistades peligrosas, con el constructor Enrique Ortiz como capitán de barco. ¿Gabriel Echávarri? (PSOE). Lo mejor que quizás podemos decir de su paso es que la ciudad casi le ha olvidado. Su dirección al frente del tripartito fue tan fugaz como inconsistente, evanescente, incluso timorata. Y tras el no menos fugaz paso por el despacho de primer edil de Miguel Valor (PP), al que no le dejaron reinar, quizás porque amenazaba con proponer algo decente, llegó, y ahí sigue, Luis Barcala. El hombre que ejerce la vara de mando como ejerce su cargo el mal funcionario, siempre desganado, maleducado a veces, cansado (¿de sí mismo?) casi siempre. Y, eso sí, esperando simplemente que el tiempo pase y resuelva los problemas.

En Alicante —decíamos antes— los sueños, los buenos, casi siempre fueron, lo son aún, de una parte de su escasa pero combativa ciudadanía. Casi nunca de sus primeros ediles. Se diría, incluso, que la ciudad creció y mejoró a pesar de aquellos. Ese es su sello. Que se ha ido haciendo a trompicones, contra ellos y en demasiadas ocasiones enfrentando sus estrafalarios proyectos. Y como buenos ejemplos de esto mismo ahí están, escondidos en el oscuro rincón de las malas ideas y de las pesadillas y alcaldadas que pudieron ser y afortunadamente no fueron, los casos del nonato Plan Rabasa, que, como David contra Goliat, derribó la Plataforma de Iniciativas Ciudadanas; ahí está también el proyectado y afortunadamente nonato también Palacio de Congresos en las faldas del Benacantil.

Y ahora, reciente, por ahí anda el proyecto de construir un hotel de lujo en los restos aún en pie del viejo cine Ideal. La decisión municipal de no conceder la licencia de obras por parte del alcalde Luis Barcala debe ser entendida más en el haber y en el esfuerzo sin descanso de gentes y organizaciones como Salvem l´Ideal y Unir Alacant que de la propia iniciativa municipal. Sin ellos, sin Unir Alacant, sin Salvem l´Ideal, sin su determinación para llevar el tema a los tribunales, sin la amenaza latente de jueces y fiscales, y también sin ese apoyo difuso de una parte de la ciudadanía que respira por la herida, Alicante habría sin duda perdido irremediablemente otra parte relevante de su pasado, un edificio de época casi único en el panorama arquitectónico de este país, un edificio en el corazón mismo de la ciudad, otra fábrica de sueños derribada por el desamor de quienes deberían velar sus sueños, pendiente ahora, eso sí, del veredicto final.

Ya hace 23 años que el cine Ideal cerró sus puertas al público y desde entonces el deterioro de su interior modernista ha seguido un guion prefijado, cuya etapa final, por abandono y desidia, era convertirlo en un contenedor más de negocio turístico. Y todo y siempre con el beneplácito, tácito a veces, cuando no el aplauso directo, de todos y cada uno de los alcaldes y alcaldesas que la ciudad ha tenido en todo este largo tiempo. Alcaldes —todos— incapaces de entender que para hacer crecer a una ciudad antes hay que saber y poder soñarla. Lo del principio, cumplir con el mayor deseo de todo buen político. Permitir que la película Tribulaciones, dirigida por Harold Lloyd y con la que el propio cine Ideal abría sus puertas al público allá en un ya lejano10 de octubre de 1925, tuviera —ahora sí— un final feliz. Un final de ensueño.

Pepe López

Periodista.

1 Comment

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  • El cambio inevitable es en el camino de lo sembrado con nuestras acciones y omisiones…
    Bella y cosmopolita Alicante abrazada al Mediterráneo mar sin fronteras…
    Un abrazo
    Pedro J Bernabeu