Opinión

La resaca de los 137 escaños

Reunión entre Rajoy y diputados de Coalición Canaria en Moncloa. Foto: PP
Reunión entre Rajoy y diputados de Coalición Canaria en Moncloa. Foto: PP
Los 137 escaños obtenidos por el PP en las elecciones generales -frente a los 123 de diciembre-, la diferencia gigante con el segundo partido, el PSOE, que se ha quedado a 52 escaños, y el hecho de que no se haya producido el cacareado sorpasso de Podemos, han generado en el PP un clima de […]

Los 137 escaños obtenidos por el PP en las elecciones generales -frente a los 123 de diciembre-, la diferencia gigante con el segundo partido, el PSOE, que se ha quedado a 52 escaños, y el hecho de que no se haya producido el cacareado sorpasso de Podemos, han generado en el PP un clima de euforia, quien sabe si desmedida. A día de hoy, nadie ha demostrado ningún tipo de entusiasmo por apoyar la investidura de Mariano Rajoy: no ya entusiasmo, que no es el caso, simple y llanamente una retórica distendida. Nos referimos básicamente al PSOE y Ciudadanos, que son los que tienen la sartén por el mango para posibilitar la reelección de Rajoy. En Ciudadanos se hacen los remolones bajo el pretexto de querer incluir al PSOE en el gran bloque constitucionalista: de momento lo ponen como condición. Como telón de fondo se precisa, in extremis, la abstención de los de Pablo Sánchez y de Albert Rivera para que Rajoy conforme Gobierno.

Reunión entre Rajoy y Aitor Esteban, portavoz del PNV, en Moncloa. Foto: PPLa euforia del PP se irá desinflando poco a poco. De momento, no han conseguido aunar apoyos para la primera sesión de investidura, algo que requeriría los votos afirmativos de Ciudadanos, el PNV, y de dos diputados canarios. Ciudadanos juega a hacerse el sueco, como ya hemos dicho, y el PNV, en vísperas de unas elecciones autonómicas, no quiere arriesgarse y de hecho ya ha puesto condiciones de máximos como el acercamiento de los presos (todos) de ETA.  Pero nunca se sabe: esa vía está en punto muerto. Queda la segunda vía: que Ciudadanos vote afirmativamente, con lo cual el PP podría conformar un bloque parlamentario de 169 escaños, más uno de los diputados canarios, 170, a 6 escaños de la mayoría absoluta. Esto requeriría de la abstención del PSOE (u otros 6 diputados). La tercera vía, es la abstención del PSOE y de Ciudadanos, la vía de mínimos.

El panorama es endiablado, como tras las elecciones del pasado mes de diciembre, aunque un poco menos: nadie, ni Pablo Iglesias, discute que a quien le toca mover ficha es a Mariano Rajoy. Aún así, la fragmentación parlamentaria provoca dudas existenciales tanto en C’s como en el PSOE. Por partes. Si Rivera se “entrega” al PP,  corre el riesgo de que se difumine en esta legislatura y pasar a la historia como mero partido efímero e instrumental. Tienen que emplearse a fondo en la retórica y la pedagogía política para explicar muy bien a sus electores, y a la opinión pública, que su apoyo a Rajoy, sobre todo si es directo, es por una cuestión de responsabilidad de Estado, o por mera cordura. Aún pesan como una losa las reiteradas negativas de Rivera en la campaña  en el sentido de que jamás de los jamases pactaría con un PP pivotado por Rajoy. Ser o no ser, terrible dilemón.

Peor lo tiene el PSOE, contento por haber evitado el sorpasso podemita, pero deprimido por la pérdida de 5 escaños. Los socialistas son en estos momentos un gran gallinero de voces disonantes. Ahí están Miguel Iceta y la presidenta balear, Francisca Armengol, sugiriéndole a Sánchez que intente ser presidente del Gobierno con Unidos-Podemos (ahora desaparecidos) y con el resto de fuerzas: el Ejército de Pancho Villa. Son dos voces minoritarias frente al resto de barones e influyentes que ya han dejado claro que hay que posibilitar la investidura de Rajoy, aunque sea prestándole las abstenciones que precisa. Felipe González (ahí está su artículo en El País), Susana Díaz, García-Paje…..e incluso el presidente aragonés, Javier Lambán, que gobierna en su comunidad autónoma con el apoyo de Podemos y la Chunta. El problema del PSOE, no hace falta ensañarse, es que está en mínimos históricos y que su futuro a corto y medio plazo peligra. Ser o no ser. Y el problema es que nadie atina con una solución que debe pasar por volver a atraer al voto joven y urbano. Se ha quedado como un partido anquilosado, preso de todo tipo de presiones y componendas territoriales, y con una estructura interna que ya no sirve para los tiempos que corren. O afrontan una catarsis global, o seguirán penando a la espera de que la burbuja de Podemos se desinfle, que ya se ha desinflado considerablemente, bajo la esperanza de que ese voto radical vuelva a la gran familia socialista. Crudo. De momento, el fin del bipartidismo se ha instalado ya en la sociedad española. Se queda.

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Antonio Zardoya

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