Trescientas... y pico

La historia de una librería que aún no ha nacido

Antigua Librería Lux, de Alicante, cuando estuvo en la C/ Poeta Quintana (Fuente: revista El Salt).

Un homenaje a las librerías y a los libreros de nuestras vidas en el Día de las Librerías, el 11 de noviembre.

Es muy probable que en algún momento más o menos reciente se hayan planteado alguna de estas cuestiones: ¿Somos capaces de imaginar un mundo sin librerías? ¿Cómo sería ese mundo?¿Cómo imaginarnos la vida sin esos espacios de intercambio de conocimiento? ¿Es posible que les suceda a estos lugares donde compramos los libros –pero no solo– como les pasó a sus hermanos menores las tiendas de vinilos, los videoclubs, etc., esos que un día fueron lugares de culto y que hoy son casi bruma y ceniza en nuestra memoria y recuerdos?

Para los que no somos creyentes, siempre queda ese resquicio por donde a veces se cuela la idea un tanto desasosegante de que casi nada ocurre por casualidad, de que la realidad a veces está cosida con pequeños trozos de casualidades entrelazadas, que hay cosas que se cruzan en tu camino y que te quieren decir algo. Una de esas historias encadenadas me sucedió el pasado día 11 de noviembre cuando Pepe Moreno, maestro de profesión y excalcalde socialista de Caravaca, escribía en su perfil de Facebook a propósito de la celebración del Día de las Librerías una pequeña reseña de reconocimiento a su propio abuelo y librero ya fallecido y a todas las librerías. Ese escrito se convirtió en pocas horas en un río de pequeños homenajes y reconocimiento popular a la figura de Paco “Liceo”, el librero por antonomasia de varias generaciones en su pueblo y el mío, Caravaca.

Paco “Liceo” (Fotografía cedida por su familia).

Tal y como les decía, y como las cosas a veces pareciera que no ocurren solo porque sí, justo ese mismo día llegaba a mí una pequeña y curiosa historia a través de un libro de texto de enseñanza del inglés. Es esta, traída a nuestro tiempo, la historia de la metáfora bíblica entre el pequeño e indefenso David y el gigante Goliat, reflejo, como bien sabemos, del hilo de  esperanza que necesitamos para creer que no siempre el más grande y poderoso sale necesariamente vencedor en toda contienda, porque a veces, solo a veces, hay causas más justas, más necesarias y más humanas.

Aquella pelea en la historia de que les hablo– ocurrió en Reino Unido. Allí, un magnate, o un enamorado de los libros –eso no lo aclara el texto– se decide a comprar una cadena de librerías en bancarrota que acaban de cerrar sus puertas. Tras varios avatares aquella cadena de librerías –Watertones se llama– no solo resurge en poco tiempo de sus cenizas, sino que logra y en un periodo record que los lectores vuelvan a ella. David-Watertones contra el gigante Goliat-Amazón.

La explicación a tan sorprendente acontecimiento, en palabras de su nuevo dueño, un tal James Daunt, es tan sencilla como reconfortante: The people love buying books (a las personas les encanta comprar libros). Pero no solo, hay, habría, un segundo factor determinante de este sorprendente éxito: It´s a physical pleasure that customers don´t get when they shop online, lo que en traducción libre sería algo así como que este “reconfortante placer” no lo tienen –no lo tenemos– cuando compramos los libros por internet.

Librería Raíces, Alicante (Fotografía: Basilio F. Martínez).

Que la historia sea cierta o no casi da lo mismo. La cuestión es si comprar libros es, en muchos casos, una necesidad física y sicológica que, de una u otra manera, no solo ayuda a que más y más librerías, las buenas librerías de antes y las buenas de ahora, no acaben echando la persiana. Y, sobre todo, si este gesto –ir a la librería, mirar, coger los libros, acariciarlos, leer su contraportada, pedir consejo al librero…– nos proporciona trocitos de esa felicidad y bienestar que, de una u otra manera, todos buscamos en las pequeñas cosas, en los pequeños acontecimientos. Y, consecuencia de ello, si todos estos gestos sumados harán posible que la vieja historia de David contra Goliat sea hoy también posible, para que más y más librerías no acaben siendo tragadas por la vorágine de las prisas.

Ciertamente, todos, cada uno de nosotros, de nosotras, tenemos grabado a fuego y en nuestra propia piel las librerías por las que hemos ido pasando, por las que hemos ido viajando. Cogidos de su mano crecimos y aprendimos a caminar sin miedo. Si tenemos una edad, es muy posible que ahí permanezcan aún como motas imborrables esas imágenes de las pequeñas y minúsculas librerías de pueblo, de barrio, librerías de nuestra infancia con las que empezamos el camino de la lectura, donde los libros y tebeos –según los casos– se mezclaban con las chuches de toda la vida; por ahí andarán también las vastas y especializadas librerías con las que nos fuimos familiarizando en el mundo universitario, si acaso hubo universidad; no lejos andarán esas otras, las librerías de viejo que decían en Barcelona, las librerías de cada una de nuestras ciudades de paso, lugares a veces oscuros, silenciosos, donde el tiempo se remansaba entre una mezcla adictiva de olor a papel, polvo y sabiduría; no lejos de ahí deben andar también las librerías que acompañaron el camino de la recuperación de la democracia, quemadas, asaltadas, una y otra vez por el gran delito de acunar libros, y que eran mucho más que librerías, muros contra la intransigencia de uno y otro lado.

La librería, todas las librerías, como excusa para volar y para entender el mundo. Isabel Coixet nos regaló hace unos años una pequeña joya en su generosa biografía cinematográfica con la película La librería basada en la obra del mismo nombre de la escritora Penelope Fitzgerald y dónde aprendimos, si es que no lo sabíamos ya, cuánto puede cambiar la vida de un pueblo con la apertura de una sola librería, incluso con un solo libro.

Fuente: https://newcinema.es/.

Alrededor de una librería y del “cementerio de libros viejos” construyó Carlos Ruiz Zafón una de sus novelas más famosas. La Sombra del Viento es, sobre todo, un éxito editorial que lanzó a la fama mundial al autor prematuramente fallecido el pasado año, pero también es un homenaje a todas y cada una de las librerías que nos recorren.

Dentro de ese capítulo de casualidades que se superponen, hace unos meses recorté y guardé una pequeña carta de una lectora –Eva Romero Sanfeliu se llama la mujer– en el diario La Vanguardia que esperaba algún día me sirviera como excusa para escribir un artículo como este. El texto de Eva dice así: “Las librerías son el último eslabón de un engranaje que empieza por el creador y termina por el lector; pasando por la edición, la ilustración, la impresión, la distribución, la difusión… Que no sigan el triste camino de los videoclubs y de las tiendas de vinilos; que no cierren más librerías”.

Esa pequeña carta de Eva, ese grito de socorro, este SOS lanzado al viento, dio al diario catalán la oportunidad de abrir un pequeño debate sobre el futuro de las librerías con una pequeña encuesta en la que preguntaban a sus lectores si las librerías seguirían el mismo destino que los videoclubs y las tiendas de discos de vinilo. Y, ahí, entre la ceniza de la sobreinformación que nos ciega el horizonte, había también una brizna para la esperanza: el 88 % de las respuestas de sus lectores opinaban que no sería así y solo el 12 % restante vaticinaba la tragedia por venir.

Es esta una esperanza que, claro, casa mal con los datos y las opiniones de los especialistas, agoreros del tiempo no llegado: “El tejido del libro en España está desapareciendo a pasos forzados. En los barrios de Madrid han desaparecido el 75-80 % de las librerías. No es optimismo, es supervivencia”, opinaba no hace mucho el escritor, especialista  y divulgador Joaquín Rodríguez. Curiosamente los datos estadísticos de Eurostat (Mapa de librerías en España, 2016) –que a veces son como una manera demasiado fría de ver la realidad, pero que ayudan a desbrozar esa misma realidad– dicen que España es –sigue siendo– el tercer país europeo con mayor número de librerías por cada cien mil habitantes con 11,7, lejos, eso sí, de Grecia (28,7) y Chipre (18,5), pero muy por encima de países como Alemania (4,9), Francia (4,4) o Dinamarca (4,1).

De modo, que no sé si con todos estos datos entrelazados y este cúmulo de casualidades –el recuerdo y homenaje al librero de mi pueblo Paco “Liceo”; la historia del David inglés triunfante frente al Goliat-Amazón; la opinión de toda esa gente que en La Vanguardia decían y esperaban que las librerías no serían tragadas por la historia; la fría estadística…–  cabe aún un final feliz, si todas ellas son razones suficientes para la esperanza, pero seguro que si tuviéramos que apostar por cuál sería el mejor lugar donde poder conocer ese mismo final, cabe esperar –y desear– que ese sea el silencioso rincón de una librería. Una librería que, posiblemente, ¡ojalá!, esté aún por nacer.

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Pepe López

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  • Te leo siempre con gusto aunque no siempre esté de acuerdo contigo. El artículo de hoy lo suscribo por completo. Y lo pongo en práctica con cierta frecuencia. En ‘Raíces’ (que ilustra tu artículo de esta semana) compré recientemente dos libros fantásticos de Chaves Nogales. En Poeta Quintana hay una librería de libros de segunda mano casi regalados. Se pueden cazar piezas interesantes. Me gustaría que algún día empezaras un artículo confesándote creyente. No pierdo la esperanza. Un abrazo. Ramón Gómez Carrión.

  • Te leo siempre con gusto aunque no siempre esté de acuerdo contigo. El artículo de hoy lo suscribo por completo. Y lo pongo en práctica con cierta frecuencia. En ‘Raíces’ (que ilustra tu artículo de esta semana) compré recientemente dos libros fantásticos de Chaves Nogales. En Poeta Quintana hay una librería de libros de segunda mano casi regalados. Se pueden cazar piezas interesantes. Me gustaría que algún día empezaras un artículo confesándote creyente. No pierdo la esperanza. Un abrazo. Ramón Gómez Carrión.
    Me he equivocado de librería ilustrativa. Es ‘Lux’ y no Raíces’.

    • Gracias Ramón por leer y por comentar; yo también te leo a ti y, como dices, es normal no compartir puntos de vista; lo fácil, lo que exige poco esfuerzo, como bien sabemos los periodistas, es leer aquello que nos confirma nuestro pensamiento previo, y ese, creo, es uno de los grandes males de hoy en día en el mundo del periodismo y en el mundo de la vida en general y donde, claramente, las trincheras sustituyen cada vez más a los puentes. Y, como bien señalas también, a mi me pasa algo parecido cuando paso delante de una librería, que siento como la llamada de que no debo pasar de largo; esta misma mañana he pasado por delante de 80mundos, he entrado sin saber bien a lo que iba y al final he salido con “Diarios” de Rafael Chirbes bajo el brazo. Un saludo.

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