Trescientas... y pico

¿Es el ‘Finançament Just’ una chirigota?

Cabecera de la manifestación por un 'Finançament Just' (Fotografía: Redacción).

La semana pasada en una tertulia de radio autonómica hablaban con una cierta extrañeza de cómo podía ser posible que una reivindicación “tan justa, tan transversal, tan beneficiosa para todos” como, supuestamente lo es la del Finançament Just, no figurase entre las grandes preocupaciones de los ciudadanos de la propia Comunidad Valenciana. Incluso, se afirmaba, no sin estupor y a forma de cierto reproche ciudadano, que cómo era posible que tuviéramos que irnos hasta el puesto treinta y tantos en el barómetro de las grandes preocupaciones ciudadanas para localizar la razón central de la convocatoria del pasado sábado.

Hace tiempo que, a contracorriente del discurso oficial imperante, vengo haciéndome preguntas sobre por qué suceden estas cosas, por qué los ciudadanos de esta tierra miran con cierta distancia y algo de frialdad eso mismo que para sus representantes políticos, empresariales, sindicales, etc., pareciera la gallina de los huevos de oro, el fierabrás a todos los males que nos aquejan, la solución a todos nuestros problemas.

Evidentemente no tengo las respuestas, pero sí algunas preguntas. ¿Deben, es correcto, que los gobiernos autonómicos convoquen y apoyen manifestaciones en la calle tipo un Finançament Just como las que el pasado fin de semana recorrieron las tres capitales de provincia?, sería la primera de ellas. A esta seguiría esta otra: ¿Por muy justas y loables que puedan ser estas reivindicaciones, esta demanda de un nuevo modelo de financiación, este apoyo explícito del gobierno autonómico a la protesta callejera, no deberían reservarse estos actos para momentos históricos excepcionales? ¿Acaso vivimos un momento excepcional que justifique tal forma de proceder?

Imagen de la manifestación por un ‘Finançament Just’ (Fotografía: Redacción).

Como ya les digo que no tengo las respuestas, sigo haciéndome preguntas que traten de ir más allá del si es legítimo o no que los gobiernos, de cualquier signo, respalden, apoyen, impulsen, protestas que, en cierto modo, van contra sí mismos, contra otros gobiernos autonómicos o contra el gobierno central de su propio signo político. ¿Sirven realmente para algo estas protestas de amplio espectro y de neta raíz política e institucional? Y, consecuencia de todo lo anterior: ¿son estas pretendidas grandes marchas ciudadanas el camino para mejorar la vida de los ciudadanos? Ya sé, ya sé, que son cuestiones que van a contracorriente, pero quizás ayuden a explicar lo de la tertulia de radio de antes y lo que luego pasa en la calle.

Ocurre que en un pasado reciente y durante un largo periodo de tiempo, esta comunidad –junto a otras, bien es cierto– se puso a la cabeza de las pancartas del “Agua para todos” y fue centro y escenario de algunas de aquellas multitudinarias manifestaciones que, como ahora pasa, culpabilizaban al que se quedaba fuera. El presupuesto público regó a las organizaciones convocantes, movilizó a miles de ciudadanos que fueron traídos y llevados de un lado a otro en autobuses pagados con el dinero de todos –también con el que pensábamos que aquello era una locura– aunque la contabilidad oficial lo disfrazase.

Y ahora, pasado el tiempo, ya sabemos con bastante certeza que fue aquel un tiempo oscuro, que muchas de las consignas que allí se coreaban –mayormente contra Zapatero, contra la derogación del trasvase del Ebro– escondían en su interior verdaderos caballos de Troya de intereses inconfesables, y que bajo su manto protector creció una larga corte de oportunistas. Y, sobre todo, sabemos que, tristemente, todo aquello de poco sirvió para los fines que públicamente se decían eran convocadas: que llegase más agua y más barata a la agricultura de las tierras sedientas del Sur.

Manifestación en Madrid de agricultores, empresas, cooperativas, sindicatos y ciudadanos del Levante reclamando “Agua para todos”, 2018 (Fuente: http://www.trasvasetajosegura.com/).

Y ya puestos a saber, conocemos también que la protesta paró justo cuando el signo político del gobierno central cambió, como podemos afirmar con gran probabilidad de no errar en el tiro que si de algo sirvieron aquellas movilizaciones masivas fue mayormente para ganar elecciones, reforzar mayorías a quienes ya ostentaban el poder, al tiempo de ocultar bajo siete llaves la corrupción de quienes gobernaban, mayormente el PP, pero también, en señalados y conocidos casos y en menor medida, el PSOE. Eso, de una u otra manera, lo sabemos. Forma parte de nuestra historia, y está en la memoria colectiva de la mucha gente, esa misma gente que, ahora, parece no estar por la labor de echarse a la calle alegremente tras la pancarta del Finançament Just.

Por eso mismo, hacerse hoy preguntas no debería ofender, aunque a veces pareciera que así sucede. ¿Por qué hemos de pensar y creer que lo de ahora, lo de la matraca del Finançament Just que ha aunado tras la pancarta a todos los partidos menos a Vox, a patronales, a sindicatos, y a un sinfín de organizaciones, es cosa diferente al Agua para todos? ¿Por qué hemos de pensar que la protesta de ahora no esconde otro caballo de Troya en su interior y que, tras la fachada de unos datos de aparente justicia social y económica, de reparto equitativo de cargas y beneficios, no hay otros intereses menos diáfanos y más oscuros cómo los había entonces? ¿Por qué PSOE y PP se dan la mano en una protesta que en verdad es una protesta contra sí mismos, porque son ellos, y solo ellos, quienes pueden deshacer el nudo de la financiación que ciertamente tanto aprieta? Y todo ello, y a la vista está, que por qué ni Rajoy, en sus dos legislaturas de gobierno, ni Sánchez a día de hoy, en sus casi cuatro años de mandato, han dado pasos claros adelante en la dirección que demandaron los concentrados en las manifestaciones del sábado último.

Agricultores de Murcia, Almería y la Comunidad Valenciana se manifiestan en Madrid, 2018 (Fuente: La Sexta)

Quizás, solo quizás, la respuesta a todas estos interrogantes, también a la de los tertulianos de la radio del principio, y a toda esta realidad un tanto viscosa que nos rodea, es que en algunos (demasiados) casos se dice y aparenta justo lo contrario a lo que se hace; quizás es que no se quiere mirar el problema de frente, si no mirar solo al de enfrente; y que no se quiera reconocer que uno no puede ser arte y parte en la resolución de una ecuación, porque todo eso es una mezcla explosiva que, sencillamente, resta credibilidad y echa para atrás a mucha gente.

Y que, por todo ello, esa queja del escaso eco, de la escasa preocupación, tendría más que ver con que a los ciudadanos les cuesta asimilar que los mismos convocantes de esas marchas son exactamente los mismos que han apoyado y legislado –según momentos– las leyes que hoy nos gobiernan, las normas que hoy rigen el desfasado modelo de financiación. Y, además, saben y presuponen que las opiniones de los convocantes serán muy posiblemente cambiantes según estén en la oposición o en el gobierno en un futuro próximo.

Lo fácil, lo cómodo, sería sumarse a la ola del victimismo, pues siempre quedará a modo de justificación aquella tópica frase del que “quien no llora no mama”, o aquella otra del “si otros lo hacen por qué no nosotros”. Quizás, solo quizás, es también que el resultado de todos estos despropósitos entremezclados empiezan a parecerse cada vez más a una chirigota gaditana que a una justa reivindicación ciudadana, donde tanto cuesta conocer qué hay de verdad y qué de jolgorio. Eso también.

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Pepe López

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