Trescientas... y pico

La casa, todas las casas (y no solo las de La Palma)

Fuente: Canal de YouTube del diario El Mundo.

Hay gestos, costumbres, rutinas a las que apenas si les damos importancia en nuestro día a día, quizás porque de alguna manera estamos seguros que siempre estarán ahí, que siempre nos acompañarán en nuestro caminar. Uno de esos gestos, de esas rutinas, es el regreso diario a la casa, a la patria, ese lugar físico, pero también imaginario, al que siempre de una u otra manera volvemos y al que casi siempre deseamos regresar. En eso pensaba estos días cuando la fuerza explosiva de las imágenes del volcán de Cumbre Vieja en La Palma nos golpeaba hasta herirnos las pupilas: ¿Dónde volverán los cientos de personas y familias que han perdido –enterradas en lava y ceniza– todo, sus propias casas, pero también su propia memoria?

¿Qué somos si nos arrebatan el espacio físico donde nos reconocemos y asimos a la vida, sin siquiera la posibilidad postrera de contemplar sus ruinas como ahora sucede?  No importa la altura de las olas de fuera, el tiempo revuelto de fuera, porque por altas y peligrosas que sean esas tempestades, allí, en las casas de cada uno, en esos hogares, sean éstos lujosos o humildes, grandiosos o minúsculos, enraizados en la tierra o móviles, nos sentiremos un poco a resguardo de casi todas esas centelleantes fuerzas que, de una u otra manera, sentimos como amenazas.

Imágenes grabadas por la Guardia Civil y reproducidas en el Canal de YouTube del diario El Mundo.

En ellas, en su interior, en la magia de esas cuatro paredes que conforman la casa como caparazón al modo de la tortuga, la de cada uno, en ese mini espacio donde ni siquiera la Policía puede entrar en nuestros países sin orden judicial, nos sentiremos un poco más fuertes. Más seguros. Por eso, quizás, lo primero de todo que las autoridades deberían afrontar –pensaba uno viendo esas imágenes entremezcladas de belleza y apocalipsis– sería reparar ese vacío desde ya y hasta donde fuese posible. Taponar esa herida, reocupar ese espacio vacío lo antes posible, para que la vida vuelva a fluir, ya que serán muchas las personas y las familias que tengan que volver a empezar incluso más abajo que desde cero, si eso fuera posible.

Si lo pensamos bien, podríamos decir que la literatura, el cine, el teatro, casi todo el arte, todo lo que nos conmueve porque encierra parte de esos sueños y sufrimientos compartidos en los que nos vemos reflejados, se construyen real y metafóricamente alrededor y entorno a ese espacio físico que conforma la casa, ese espacio personal e intransferible al que tan poca importancia prestamos a veces porque –lo decíamos antes– damos por hecho, quizás erróneamente, que siempre estará ahí. Hasta que un día deja de ser así. Y las más de las veces no, como ahora sucede, por causa de un volcán, de un imprevisto.

Así que tampoco parece casualidad que en las guerras –en todas las guerras, las de antes, pero también las de ahora, las de munición verdadera, pero también las guerras económicas que asolan poblaciones enteras– uno de los primeros objetivos de los invasores, de los conquistadores, de los nuevos dueños e imperios por venir, es la destrucción, expropiación y ocupación de las casas y de los viejos edificios, aquellos que fueron levantados con tanto esfuerzo y por humildes que éstos sean. ¿Qué es en realidad la grandiosa obra de La Odisea griega –nos podríamos preguntar– sino todo el relato del camino de vuelta a la casa, a Ítaca, un viaje que debería haber durado un mes y que acabó ocupando diez años en la historia del gran héroe homérico Ulises?

Fuente: Telediario en lengua de signos de RTVE.

Destruyendo la casa, las casas, es más fácil imponer la tiranía. Lo siguen haciendo los israelíes hoy en Palestina con total impunidad y ante la mirada cómplice del resto del mundo, al modo y manera de como lo hacían las invasiones bárbaras; lo hicieron los ejércitos nazis y los aliados para minar la moral del enemigo… ¿Se imaginan que el estado español hubiese ido destruyendo todas y cada una de las casas familiares de los etarras detenidos como venganza a su barbarie? No, verdad. Pues eso mismo sucede en tantos otros sitios y ante nuestros propios ojos y nos hemos acostumbrado a verlo con esa cierta normalidad que da la distancia y el miedo a pensar. Las casas, todas las casas, como munición de guerra y conflicto.

Sucedió siempre. La casa como objetivo. Como sucedió –y bien que lo sabemos– en la crisis de 2008, en la que cientos de miles de familias fueron expulsadas materialmente de sus casas, de sus pisos, de sus hogares, por el grave pecado de haber sido antes expulsadas de su trabajo; como, de alguna manera también, sucede hoy cuando un gobierno que se dice de izquierdas se muestra tan cicatero, tan cortoplacista, tan dubitativo, en desbrozar el camino del derecho constitucional a disponer de una vivienda digna que con tan acertadas palabras describe el artículo 47 de la propia Constitución Española y que tan mal se lleva con la realidad del país, en donde y como bien sabemos una casa donde habitar es cada vez más un sueño inalcanzable para millones de ciudadanos.

Todos los españoles –dice el citado art. 47– tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos… ¿Cómo puede ser tan difícil hacer cumplir semejantes palabras? Sólo el fiel cumplimiento de este artículo bien justificaría ya toda una legislatura.

Fuente: Canal de YouTube de RTVE Noticias.

Quizás la novedad, la gran novedad del espectáculo televisivo que hemos presenciado estos últimos días, sea la facilidad con la que hemos podido ver, ante el avance inexorable y destructivo de la lengua de lava, el relato del antes y el después de todas y cada una de esas trágicas historias personales, familiares, que allí iban apareciendo. Ciertamente no era nada difícil imaginarse esas dos caras de la realidad, como una fotografía que traspasase la línea del tiempo, escenas cuyas trágicas consecuencias eran enviar a una especie de muerte civil a esos mismos cientos de personas que horas antes las habitaban con absoluta normalidad. Eran, son afortunadamente, gentes con rostro en las que nos podíamos ver representados cada uno de nosotros, gentes que, una y otra vez, repetían, entre sollozos e incredulidad, las mismas palabras: “Es que esa casa era toda mi vida”.

En esas palabras –“esa casa es toda mi vida”– pensaba estos días. En esas cuatro paredes engullidas o a punto de serlo. Y en la memoria y en las vidas arrasadas por el fuego devastador. Tal y como sucede estos días en directo, allí, en La Palma, pero no solo. También, tal y como sucede en otros muchos sitios bajo el ominoso manto del silencio cómplice al que parece nos hemos acostumbrado, sin apenas darnos cuenta que la casa, todas las casas, merecen ser respetadas.

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Pepe López

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