Trescientas... y pico

Ídolos de barro: de Clara Campoamor a Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa y Clara Campoamor (Fuente: Perfil de Power Axle en Flickr y Wikimedia).

Con la vida y el paso de los años, con el aprecio y el reconocimiento, ocurre a veces, como sucede con la magia que rodea la creación del buen vino, que hay quienes envejecen bien, incluso muy bien, y quienes lo hacen rematadamente mal. La política madrileña fallecida en el exilio de Lausana (Suiza) en 1972 Clara Campoamor estaría, sin duda, en la primera de las barricas; el escritor peruano-español es un claro prototipo de cómo un buen caldo, incluso muy bueno, puede llegar misteriosamente a avinagrarse. Extraños y paradójicos caminos los suyos.

Los caprichos del tiempo y las coincidencias del destino han querido que dos hechos sin aparente conexión entre sí se nos aparezcan extrañamente unidos y entrelazados, eso sí con noventa años por medio y con claros contrastes entre sí. El primero, la aprobación del voto femenino en España, que empezó a ser realidad justo el 1 de octubre de 1931 debido en gran medida al empuje y determinación política de Clara Campoamor en el Congreso de los Diputados; y el segundo, las lamentables, estrambóticas y puede que también peligrosas palabras del gran escritor Mario Vargas Llosa el pasado 30 de septiembre en la Convención móvil del PP: “Lo importante de unas elecciones no es que haya libertad, sino votar bien”. Eso dijo.

Mario Vargas Llosa (Fuente: Perfil de @ElHuffPost en Twitter).

 A veces, y afortunadamente, la historia camina hacia delante, aunque sea a trompicones, como lo ha sido en el caso de la dirección que marcara en su acción política la propia Clara Campoamor; otras, según las tesis del gran novelista, la historia solo sería posible desandando el camino, regresando al tiempo oscuro en donde los privilegios se justificaban por una supuesta bondad natural donde los pocos que votaban (mayormente hombres, propietarios…) lo hacían porque sabían-votar-bien. Pura y rancia moral católica. Puro y feroz neoliberalismo rayano en los límites con el fascismo.

Así, si hacemos el esfuerzo de mirar por el retrovisor de nuestra propia y reciente historia, es posible que hoy no nos cueste demasiado ver en Clara Campoamor la mujer clarividente que fue, la política que luchó contra todas las corrientes de pensamiento misógino y retrógrado de su época, incluidas las de su propio partido (Acción Republicana, de Manuel Azaña) y una parte no menor de la izquierda gobernante, como lo evidenció su encendido debate dialéctico con Victoria Kemp (Izquierda Republicana) a propósito precisamente del derecho al voto de las mujeres.

Y si hacemos este mismo esfuerzo de mirar a través de ese mismo retrovisor no es extraño que podamos llegar a sentir vértigo y una forma difusa de amenaza latente en las recientes palabras del gran escritor (reincidamos en lo de gran) Vargas Llosa en el reciente cónclave del PP: “Lo importante de unas elecciones no es que haya libertad, sino votar bien”. ¿Quién decide quién se equivoca al votar y quién no? ¿Cuál es el buen voto? ¿Son las mujeres las que siguen votando mal y deberían quedarse fuera? ¿Acaso son los pobres, los jubilados, los obreros de la construcción, camioneros, inmigrantes…?  ¿Es de todo esto de lo que habla el escritor sin atreverse a nombrarlo? Extraño y peligroso ejercicio de funambulismo político.

Clara Campoamor (Fuente: http://www.ibtimes.co.uk/).

Y como la historia es así de cruel, y puede que, como siempre supimos, también así de interesada, de Vargas Llosa casi lo sabemos todo. Lo mucho y bueno que ha hecho con su escritura y lo no tanto de los últimos años de sus declaraciones y devaneos políticos, mientras que de Clara Campoamor casi nada conocíamos hasta anteayer como quien dice. De ella, de una de las mujeres que más hicieron para que libertad e igualdad no fuesen un oxímoron según el prisma del “bien-votar” del escritor peruano, casi todo nos fue vedado.

Tan es así, que han tenido que pasar casi esos mismos noventa años para que su figura la de Campoamor– emerja de las tinieblas y el olvido en el que anduvo sumergida para que empecemos a conocer lo que realmente fue: una precursora, una valiente y una corajuda que supo luchar contra los prejuicios, ya saben el-bien-votar de los hombres por delante de la libertad e igualdad de las mujeres.

Del primero, somos muchos, puede que legión, especialmente los que tenemos cierta edad, los que hemos crecido navegando entre las hermosas y grandiosas páginas de las viejas y juveniles obras del escritor peruano. Libros de iniciación a la vida, de denuncia del autoritarismo y la desigualdad en su país, radiografías aceradas y puntillosas de la miseria, buena literatura en fin. Obras como La ciudad y los perros, otras como La tía Julia y el escribidor, no nos son para nada extrañas. Crecimos con ellas, amamos con ellas y con sus personajes, porque amábamos, incluso sin saberlo entonces, la palabra libertad que intuimos se filtraba por aquellos poros de buena literatura; o, ya más reciente, también fuimos encandilados por novelas magistrales como La Fiesta del chivo en donde la radiografía de las perversidades del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo traspasaban todo el relato y el horror imaginables.

Y, por contra –ya lo decíamos antes– de una mujer como Clara Campoamor apenas conocimos nada. Una guerra y cuarenta años más de barbarie dan –bien lo sabemos también– para eso y para mucho más. Ni siquiera los primeros años de la recuperada democracia sirvieron para poner algo de luz en aquella programada oscuridad, quizás porque había tareas más urgentes, quizás porque el vértigo era demasiado para atreverse a enfocar aún lo mejor de nuestro pasado, quizás porque, simplemente, su principal protagonista era una mujer.

Han tenido que pasar muchas cosas y mucho tiempo democrático en este país para que figuras como Clara Campoamor –el feminismo de la igualdad está ahí, como palanca, como rompehielos del gran iceberg del silencio autoimpuesto– empiecen a tener su sitio en los libros de historia y en la lista de los grandes aprecios y reconocimientos de este país. Algunos buenos cineastas, periodistas y escritores como Laura Mañá, Isaías Lafuente (La mujer olvidada, de RTVE) y otros, tienen buena parte de responsabilidad en esta tarea de desbroce del ominoso silencio y oscuridad que rodeaba su inteligencia precursora, su tenacidad, su fuerza y determinación.

Quizás, decíamos al principio, ser un gran novelista, tener incluso un Nobel, no te da para ser un buen político. Él, Vargas Llosa, lo intentó en su país una vez y claramente fracasó. Y, casi siempre, los candidatos que él ha apoyado de una y otra manera han acabado fracasando. Ahí está el mismísimo Albert Rivera, de modo que el apoyo postrero de Vargas Llosa al líder del PP Pablo Casado no sabe uno si acabará siendo o no un buen augurio.

En cambio, Clara Campoamor no consiguió nunca el Nobel de literatura –ni lo intentó, ni falta que le hacía– pero entendió hace-ya-noventa-años que no podía haber libertad ni democracia sin que las mujeres –todas– pudieran votar en igualdad con los hombres y que eso iba por delante del supuesto voto cautivo de confesionario que se suponía a una parte importante de las mujeres contemporáneas suyas.

Lo extraño, lo curioso, incluso lo peligroso y preocupante, es que un grandioso escritor como él, como Vargas Llosa, se esfuerce tanto y tantas veces en alinearse con quienes se enfrentaron a ella hace justo esos noventa años. Eso y que esto mismo no levantase una oleada de educada indignación entre quienes fueron sus anfitriones en el acto del Partido Popular.

Debe ser que hay, misteriosa y extrañamente, ídolos que se empeñan en despeñarse por el barro, como quizás suceda ahora con Mario Vargas Llosa, mientras que otros, otras en este caso, incluso ya fallecidas, emergen jóvenes, luminosas, de ese mismo oscuro barro al que fueron condenadas para intentar poner algo de luz en la estancia donde habitamos.

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Pepe López

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