Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Haciendo amigos

IA cuántica: la que nos viene encima

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Cuando apenas estamos empezando a convivir con la inteligencia artificial, ya aparece en el horizonte un concepto que suena todavía más inquietante, más futurista y casi más cinematográfico: la IA cuántica. Dicho así, parece que hablamos de una inteligencia artificial mágica, capaz de saberlo todo, resolverlo todo y anticiparse a cualquier problema. Pero no. La IA cuántica no será una lámpara maravillosa ni una máquina omnisciente. Será, más bien, una inteligencia artificial apoyada en ordenadores cuánticos: una tecnología capaz de realizar ciertos cálculos de una forma muy distinta a la de los ordenadores actuales.

Conviene aclarar algo desde el principio. Cuando hablamos de que la IA “toma decisiones” o que incluso puede llegar a parecer creativa, no estamos hablando necesariamente de consciencia. Hablamos de sistemas capaces de procesar cantidades ingentes de datos, detectar patrones, combinarlos y generar respuestas nuevas. En cierto modo, eso también forma parte de lo que hacemos los humanos cuando creamos.

Pero hay un matiz fundamental. Los humanos no solo manejamos datos. Los interpretamos. Los convertimos en experiencia, emoción, memoria, intuición. Es como si el conocimiento fueran notas musicales. Con siete notas se pueden componer infinitas melodías, y una máquina puede aprender a combinarlas con una precisión extraordinaria. Pero una misma nota, en el mismo compás, puede sonar distinta según el intérprete, la intención, el contexto o el color que se le dé. Ese “color”, como bien explicaba el señor Limiñana, quizá sea una de las claves de lo que nos diferencia de las máquinas: la capacidad humana de dotar de sentido, matiz y emoción al conocimiento.

La inteligencia artificial ha llegado para quedarse. Ya está en los móviles, en los buscadores, en las empresas, en la medicina, en la educación y hasta en nuestras conversaciones más cotidianas. La usamos casi sin darnos cuenta. Y justo cuando empezamos a normalizarla, aparece la siguiente gran pregunta: ¿qué ocurrirá cuando la IA se combine con la computación cuántica?

La inteligencia artificial actual funciona gracias a ordenadores clásicos: chips, tarjetas gráficas, servidores y enormes centros de datos. Son sistemas potentísimos, capaces de procesar volúmenes gigantescos de información. Sin embargo, hay problemas con tantas combinaciones posibles que incluso para estas máquinas resultan difíciles, lentos o muy costosos de resolver.

Ahí entra la computación cuántica. Su promesa no consiste en hacerlo todo mejor, ni en sustituir de golpe a los ordenadores actuales. Su verdadero potencial está en abordar problemas muy concretos y extremadamente complejos: el desarrollo de nuevos medicamentos, el análisis de moléculas, la creación de materiales, la optimización del transporte, la predicción financiera, las simulaciones científicas o determinados procesos de entrenamiento de modelos de inteligencia artificial.

Dicho de forma sencilla: la IA actual sería como tener miles de calculadoras trabajando a una velocidad impresionante. La IA cuántica sería otra forma de calcular. No porque “piense” más, sino porque se apoya en propiedades de la física cuántica que permiten explorar determinadas posibilidades de manera diferente.

Pero conviene no dejarse arrastrar por la fascinación. La IA cuántica no servirá para todo. No hará que escribir textos, generar imágenes o responder preguntas sea automáticamente mejor de un día para otro. En los usos cotidianos, probablemente el cambio no será inmediato ni visible para la mayoría de nosotros. Su impacto llegará antes a sectores muy técnicos: Ciencia, Medicina, Industria, Energía, Logística, Materiales o Investigación. Espacios donde resolver un problema unas horas, unos días o incluso unos meses antes puede suponer un avance extraordinario.

También se habla de que la computación cuántica podría ayudar a entrenar modelos de inteligencia artificial de forma más eficiente. Hoy, entrenar una IA avanzada requiere muchísima energía, tiempo y capacidad de cálculo. En teoría, los ordenadores cuánticos podrían acelerar algunas operaciones matemáticas utilizadas en el aprendizaje automático. Pero todavía estamos en fase de desarrollo. Falta construir ordenadores cuánticos más grandes, más estables y con menos errores.

Por eso, quizá la pregunta no sea si la IA cuántica va a cambiar el mundo, sino cuándo, cómo y en qué ámbitos empezaremos a notar ese cambio. Y la respuesta más honesta es que no será mañana en nuestro teléfono móvil. Pero sí puede ser decisiva en laboratorios, hospitales, centros de investigación y empresas que trabajan con problemas de enorme complejidad. Que no es poco.

Pensemos, por ejemplo, en la Medicina. Ya se están desarrollando proyectos de cirugía avanzada para el cáncer en los que la inteligencia artificial puede ayudar a crear modelos más precisos, planificar mejor las intervenciones y facilitar reconstrucciones más exactas y menos invasivas. Si a ese camino se suma la capacidad de cálculo cuántico, podríamos estar ante una nueva etapa en la forma de diagnosticar, operar, investigar y personalizar tratamientos.

La IA cuántica no nos dará todas las respuestas. No convertirá a las máquinas en seres conscientes ni resolverá de golpe los grandes dilemas de la humanidad. Ojalá muchos de los miedos que hoy nos provoca la inteligencia artificial acaben siendo, con el tiempo, simples anécdotas del camino.

Pero sí puede abrir una nueva etapa en la forma de investigar, descubrir y resolver problemas que hoy parecen inabordables.

Y quizá ahí esté lo verdaderamente interesante: no en imaginar una inteligencia artificial que lo sabe todo, sino en construir herramientas que nos ayuden a entender mejor aquello que todavía no sabemos.

Haciendo amigos.

Postdata: Clase de ingeniería aeroespacial. Charla sobre aeronáutica, avance tecnológico, pasado y futuro (Universidad de Alicante).

Pedro Picatoste

Empresario e historiador.

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