Fue Salvador Forner, en sus clases de la Universidad de Alicante, quien nos abrió los oídos al pensamiento de Edgar Morin y a su idea de Europa, aquel filósofo francés de origen judío sefardí, nacido en París en 1921, hijo de una familia procedente de Tesalónica, que fue uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo. El pasado viernes falleció en París a los 104 años.
Morin decía sentirse español, italiano, francés y europeo. Quizá por eso entendió como pocos que la identidad no es una esencia cerrada, sino una construcción viva, hecha de memoria, mezcla, contradicción y destino compartido.
Hablar de Edgar Morin es hablar de una forma de mirar el mundo que se resiste a las respuestas simples. Su pensamiento nace de la necesidad de comprender una realidad que nunca se deja encerrar en una sola explicación. La política, la economía, la cultura, la ciencia, la educación, las emociones, los conflictos sociales y las aspiraciones humanas no existen por separado: forman parte de una misma red de relaciones.
A eso llamó pensamiento complejo. Pensar bien, para Morin, no era reducir la realidad para hacerla más cómoda, sino aprender a relacionar las partes con el todo y el todo con cada una de sus partes. Frente al pensamiento simplificador, defendió una mirada capaz de asumir la incertidumbre, el error, el azar y la contradicción como elementos inseparables del conocimiento.
Esta lección resulta hoy más necesaria que nunca. Vivimos en una sociedad que fragmenta el saber, clasifica los problemas y busca respuestas inmediatas. Pero los grandes desafíos de nuestro tiempo —la crisis climática, la convivencia democrática, las migraciones, la tecnología, las desigualdades o la identidad cultural— no pueden abordarse desde una sola disciplina ni desde una única perspectiva. Exigen una inteligencia amplia, capaz de unir lo que tantas veces se presenta separado.
En ese sentido, “Pensar Europa” sigue siendo una obra fundamental. En ella, Morin aplica su pensamiento complejo a la identidad europea y plantea una idea decisiva: Europa no puede entenderse desde una definición simple. Europa es historia, cultura, política, memoria y conflicto. Su identidad no procede de la pureza ni de la homogeneidad, sino de la pluralidad.
Morin nos recuerda que Europa ha sido capaz de producir algunas de las mayores conquistas del pensamiento humano: la filosofía crítica, la ciencia moderna, los derechos humanos, la democracia, el arte, la literatura, la secularización y la idea de ciudadanía. Pero también ha producido algunas de las mayores tragedias de la historia: guerras mundiales, colonialismo, racismo, totalitarismos, persecuciones y destrucción.
Pensar Europa, por tanto, exige no idealizarla. Europa ha sido libertad y opresión, razón y barbarie, humanismo y dominación. Su historia no avanza de forma lineal, sino entre crisis, conflictos y recomposiciones.
Una de las ideas más poderosas de Morin es la de Europa como unidad múltiple. Su riqueza está precisamente en la pluralidad de lenguas, culturas, memorias, tradiciones políticas y formas de vida. Europa no es una sola voz, sino una conversación histórica en marcha.
Y esa reflexión resulta especialmente actual. En un momento marcado por la polarización, el auge de los nacionalismos, la guerra en sus fronteras, la crisis migratoria, la transformación tecnológica y la pérdida de confianza en las instituciones, Morin nos recuerda que Europa no puede reducirse a un proyecto económico, administrativo o burocrático. Necesita también una conciencia cultural, política y ética.
Pensar Europa hoy significa preguntarse qué Europa queremos construir: una Europa pasiva, burocrática y distante, o una Europa consciente de su herencia, de sus responsabilidades y de su capacidad de transformación.
España es, además, un país clave para comprender aquel sueño europeo que hoy es una realidad.
Una Europa burocratizada, normativa hasta el hartazgo, farragosa e hiperfuncionarizada, sí; pero también brillante en valores, eficaz en la nivelación social y todavía referente mundial de pensamiento, convivencia y derechos.
Hoy se nos va alguien que lo tenía claro. Alguien que pasó más de cien años contemplando un siglo increíble, terrible, maravilloso y deprimente. Un siglo que, como él nos enseñó, no podía entenderse desde la simpleza, sino desde la complejidad.
Europa, como la propia condición humana, es compleja. Y tal vez esa sea precisamente su mayor verdad: no ser una identidad cerrada, sino una conversación abierta que necesita memoria, lucidez y voluntad de futuro.
DEP Edgar Morin. Europa ha muerto un poco con él.
“Hay que aprender a navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certeza”.
Haciendo amigos.













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