Trescientas... y pico

Alicante y la bruma de la desmemoria

Ciudad de Alicante. Fotografía: Alex Domínguez.

Fueron tiempos de plomo. Durante años, muchos años, fuimos testigos mudos de aquel desastre. Lenta pero de forma implacable, muchos de los mejores quedaron en los descampados del silencio y la ignominia. Durante años, muchos años –siempre son muchos– asistimos en primera fila y en prime time a un espectáculo de muerte y destrucción, de guerra no declarada, y en donde las principales víctimas eran travestidas públicamente de verdugos, en tanto que los grandes culpables, los grandes responsables de aquella plaga, se pavoneaban en las inmediaciones de los cenáculos del poder como si todo aquello no fuese con ellos. ¿Es eso lo que queremos repetir ahora en Alicante?

Fueron ya lo dijimos– tiempos de plomo. Una época donde las sucesivas legislaciones ad hoc contra el tráfico de drogas y sus terribles consecuencias se improvisaban, para acabar, casi siempre, apuntando en una única dirección, aunque esa diana no fuese nunca su intención declarada. Fueron, hasta donde hay memoria, los eslabones más indefensos de aquellos túneles del horror quienes la sufrieron. ¿Va de eso mismo la Ordenanza de Convivencia Cívica de la vergüenza que acaba de aprobar el pleno municipal aunque su intención política no lo explicite así, pues ya sabemos que esas ocultas intenciones nunca son declaradas?

Protesta de colectivos sociales contra la Ordenanza de Convivencia Cívica en la Plaza del Ayuntamiento (Fuente: https://cadenaser.com/).

Cada apresamiento de alguno de aquellos pequeños traficantes al por menor, de aquellos toxicómanos que vendían las papelinas de la muerte para procurarse el pico y el consumo que los mantuviese a flote, era coreado socialmente como si fuese el triunfo del bien contra el mal. Eso sucedía delante y junto a nosotros, recordémoslo. Policías contra una peste equivocada.

Hay cosas que parece que nunca ocurrieron, pero vaya sí sucedieron. Y algunos bien que nos lo relataron, vacunas contra la desmemoria. Para entender de lo que hablamos, para adentrarse en aquellas noches de sombra en Galicia –también en los rincones inhóspitos de las talaleras de Elda, las mil viviendas de Alicante, en los palmerales ilicitanos…– vean si pueden Quien a hierro mata. Sigan los pasos de Luis Tosar en su implacable camino de venganza que no es venganza, que es justicia. Y para entender algo de lo de entonces y de lo de ahora, lean –si pueden– a Manuel Rivas, quien ya en 2010 en Todo es silencio radiografió la carcoma del narco y sus víctimas inocentes. Porque ahí, en esa película y en ese libro, como en algunos otros más, se encierra parte de nuestra memoria oxidada, parte de la ignominia que ahora recuperamos en forma de veneno con efectos descontrolados.

Eran aquellos –ya lo dijimos antes– tiempos de plomo. La mezcla de la masiva protesta social por una supuesta inseguridad ciudadana, tal como ahora empieza a suceder, amplificada por quienes solo perseguían –entonces y ahora– otros intereses, con una reacción política y policial desenfocada y desmesurada. Todo eso, y el recuelo amargo de las noticias periodísticas de aquel turbio paisaje, nos proyectaba la revictimización de quienes ya eran sus principales víctimas.

Con el paso de los años supimos y entendimos que el problema no estaba en perseguir implacablemente a las víctimas, al eslabón más débil de esa cadena donde habitaba la muerte, y que toda lucha contra el tráfico de drogas, contra la prostitución, contra todo tipo de explotación humana, había de hacerse, si honestamente se quiere tener éxito, contra quienes se beneficiaban y se enriquecían (¿enriquecen?) de ella, contra quienes comerciaban con la vida de saldo de aquellos jóvenes diablos, porque eran mayormente hombres y jóvenes quienes protagonizaban los fúnebres titulares.

Y eso, sobre todo, nos lo enseñaron un puñado de madres-coraje, gallegas por más señas –¡siempre las madres!–, que levantaron la pesada losa del silencio y osaron señalar a los verdaderos criminales, a sus cómplices, no sin antes y posiblemente haber asistido al duelo y al entierro de alguno de sus hijos. Tiempo de silencio, Quien a hierro mata…

Ahora, como si el tiempo no hubiese pasado, como si la bruma de la desmemoria lo cubriese todo de nuevo, volvemos al punto de partida. En Alicante, sí, claro, pero no solo. Ya sé, ya sé que esta ciudad hoy no es la Galicia de ayer; ni la Costa Blanca es la Costa da Morte donde habitaba la impunidad, pero resulta que justo ahora Alicante, su ayuntamiento, acaba de decidir en votación solemne que los problemas de prostitución callejera, de mendicidad callejera, de vendedores de pañuelos en semáforos de paso, son “esas indecorosas escenas que afean y manchan la postal de la ciudad” y, falsos gladiadores de la decencia, se aprestan a combatirla a base de multas y presión policial a quienes ya son sus principales víctimas. Con la vieja fórmula de los tiempos de plomo. Como si el tiempo fuese solo bruma de un ayer que no acaba de despejar.

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Pepe López

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