Impulso irresistible

Época de vulnerabilidad

Imagen: Tina Olger (Fuente: Pixabay).

Ya hemos pasado, de nuevo (porque nos hemos acordado de lo simples que fueron también estos días en el año pasado) por el intercambio de cromos entre recuerdos y el sentir nostálgico de unas fiestas nacionales y locales que estaban cargadas de colorido y estruendo, de fervor y de devoción que practicábamos y que veíamos cómo esos mismos sentimientos los tenía tanta gente, en manifestaciones religiosas y folclóricas, pero especialmente cargadas de sentido íntimo y de recuerdos de tiempos pasados. Las rememoraciones que los pueblos españoles hacían con motivo de las celebraciones de la Semana Santa, con tanta singularidad y sentido de la conmemoración, así como la oportunidad de poder viajar e impregnarse del mismo espíritu en diversidad de maneras y costumbres que, antes, acogiéndonos a las fiestas pascuales permitían que pudiéramos descubrir retazos de un país tan rico en manifestaciones de este tipo, que a la vez siguen siendo emocionantes. En esto y en tantas y tantas otras cosas como han cambiado, teniendo como respaldo diario las noticias, a veces desalentadoras sobre el desarrollo y seguimiento de la pandemia que nos ha tocado en suerte a los humanos que íbamos derechitos hacia el tercer milenio con ganas de aprovecharlo bien, resultando que no, que nuestro ánimo está alicaído y nos sentimos excesivamente vulnerables, por cuestiones de dependencias y de un excesivo ensañamiento de los factores que influyen en nuestro estado de ánimo y la experiencia de vulnerabilidad que no nos permite levantar cabeza ni tener apenas ganas de sonreír, incluso aumentando el deseo de no encontrarnos con nadie, porque, ¿adónde vamos con esta cara de circunstancias adversas, de cansancio, de aburrimiento, de verdadero pesar, esperando que nos den buenas noticias?

Parece que arrastramos los pies y no levantamos la cabeza, ya no sólo por no saber qué decir al vecino con el que nos cruzamos sino también porque al estado de ánimo parece que le esté faltando un hervor que hasta nos hace hablar con dificultad, sin saber qué decir porque sólo se nos rodean ocurrencias y chistes con más mala sombra que gracia. Pero también vemos en los demás ciertos comportamientos que demuestran cansancio, con caras apesadumbradas como arrastrando cierta aflicción. Se ha apoderado de nuestros rictus la tribulación y la pena. Lo primero que se nos ocurre pensar al ver estas expresiones es que estamos muy necesitados de buenas noticias y que hemos de darle la vuelta a todo para creer que vamos a ser capaces de salir de esta tristeza y tomar las medicinas que nos lleven a volver a sonreír. Es que se nos había olvidado que estamos hechos de material de derribo, o al menos extremadamente débil, y que no es posible controlarlo todo.

Fotografía: Celine Martin (Fuente: Pixabay).

Estas circunstancias le hacían decir a una religiosa que nos ha llevado tal situación a pensar en la igualdad: Ricos y pobres, poderosos y calamitosos, cultos e ignorantes. Todos somos iguales ante el virus y ante la muerte. Debemos pensar en esto, en ser más cercanos y en hacer desparecer las desigualdades que podamos. Lo que más se evidencia es que es el momento de la más verdadera humildad. Esta virtud debe producirnos paz y serenidad. Y finalmente hay que retornar a la humanidad pulsando la ternura. Hemos de reconocer que nos habíamos hecho duros, estirados, excesivamente exigentes. No atendemos a nadie y tratamos mucho menos a la gente por temor a que nos cuenten lo que creemos que ya sabemos y experimentamos, creyendo que estamos en competición sobre quién es el más perjudicado y desgraciado con estas virutas de una madera grotesca con las que andamos presumiendo de buenas figuras y excelentes personas. Nos escondemos mucho para no comprometernos echándole la culpa a la política, la burocracia, las prisas y el trabajo en exceso que no terminamos de hacer bien porque no le ponemos calidad a nuestras producciones personales (sí; de personas sensibles pero huidizas y distantes). En estos momentos, como también en otros semejantes, nos cuestionamos si en realidad somos lo suficiente y verdaderamente honestos con nosotros mismos. Todos tenemos muchas ocupaciones y cada vez huimos más de los sufrimientos. Estamos más pendientes de nuestros dolores y enfermedades y así nunca seremos capaces de mostrar la delicadeza y afecto que de nosotros se espera.

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Demetrio Mallebrera

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