Sí, hay que envalentonarse mucho para salir a la calle con el viento que hace, pero a rachas. Está claro que de un tiempo a esta parte, por motivos de seguridad, cuando la cosa parece que puede descontrolarse, y mucho a nivel político, pues lo cerramos todo y nos ahorramos disgustos (y disgustos electorales). Me parece bien, pero siempre que se haga con cabeza y no por cabezonería (electoral). Me explico.
Hasta hace poco, antes de los móviles, no había posibilidad alguna de que te llegara un mensaje de esos que lo cierran todo: parques, mercados, competiciones al aire libre… Vamos, todo lo que se pueda volar o pueda acarrear riesgo para la vida; pero antes no, antes hacía viento y se hacían las cosas. De hecho, aunque parezca mentira, antes si hacía viento (mucho viento) te quedabas en casa, luego si veías que amainaba pues ya decidías, pero ahora suena la alarma dependiendo del color y ya como que tu cerebro no es capaz de tomar decisiones. Evidentemente no hablo por la gente esa que es capaz de irse a las costas del norte cuando más pega el viento y las olas son de treinta metros a darse un paseo, pues no, pero es que parece que ya se ha perdido hasta el sentido común, que todo te lo tienen que decir cual borregos de un rebaño de embobaos. Que no quiere decir que haya que desobedecer a las emergencias, pero que las den con conocimiento de causa y no, esto ya me vale para todo.
Está claro que nada tiene que competir el acueducto de Segovia y todas las edificaciones antiguas con las de ahora, vamos que lo de ayer no se caía, pero lo de ahora sale volando cuando, en teoría, la evolución debiera ser como mínimo igual que, por supuesto, no lo es, y eso que aún no han llegado los de la ESO a hacer los próximos puentes, que todo llegará y caerá como el cartel del McDonald’s encima de un coche, o las vallas publicitarias de aluminio que salen volando, o los techos de los polideportivos entre otras estructuras varias. Que parece que vayamos al revés y el cuento de los tres cerditos sigue tan vigente como antaño. La casa de paja se vuela y la de cemento no, bueno, si está bien hecha y no con materiales de esos reciclados o lo que sea de baja calidad para ahorrarse unos cuartos, sobre todo los políticos de turno.
Y digo que sí, que todas las medidas de seguridad son pocas tal y como están hechas las cosas y, sobre todo, las personas, pero es que una orden puede ir cambiando en una hora y todos más pendientes de los mensajes del móvil que del tiempo.

Me cuentan que el día de carnaval hubo centros que tenían todo preparado para la fiesta con los niños y niñas. Pues si no subieron y bajaron las escaleras y salieron y entraron del patio más de cuatro veces no se hizo ni una. Que ahora sí, que ahora no, que por si hace viento, por si llueve y todos a la orden de un mensaje que vete a saber quién lo ha escrito, mandado, ordenado, enviado o yo qué sé, y que obliga, está claro, desde las más altas esferas (luego se piden más recursos para el día a día como las ayudas para los alumnos con necesidades educativas específicas y ahí nadie responde, ahí se deja el viento correr), pero que luego mirabas al cielo y pensabas: “bueno, pues no sé yo si está despejado y no hace viento”. El sentido común, la lógica, pues que ha desaparecido por completo. Más que nada porque nada decía de cuidado al salir a las 14.00 horas cuando venían los padres y las madres a por sus hijos e hijas, ahí parece que el viento no lo era tanto que para eso no dieron órdenes, bueno, creo. A mí como me llegó la alarma al móvil con retraso respecto a muchos pues tampoco puedo asegurar si estoy aún esperando por la cobertura.
Luego hay centros que planifican para este segundo trimestre viajes a la nieve con menores de 10 años. Y ahí no hay miedo, ahí los padres y madres tan tranquilos firman el consentimiento y, venga, todos y todas al autobús y a esquiar, con 10 años, a pesar de que esta semana el tiempo no ha dado tregua, y los envían a casi todos como si no hubiera un mañana.
En mi época, el viaje de fin de curso de octavo (actual 2.º de la ESO), era lo más de lo más, pero tenías 14 años y otra manera de ser en la escuela. Como mínimo, el respeto al profe era una norma inflexible, confiabas en él. Ahora no, ahora nos echamos la manta a la cabeza y dejamos en manos de monitores la responsabilidad de que los niños y las niñas se tiren monte abajo con todo el equipaje. Algunos no saben ni atarse los cordones de las zapatillas, ni siquiera abrocharse los botones, pero como eso mola, pues claro, ellos se van y nosotros nos quedamos tan tranquilos que si pasa algo, mientras no sea un alud, pues para eso están los móviles. Bueno, aunque en teoría están prohibidos para esas edades, entonces nos saltamos la ley y les dejamos que se los lleven escondidos en las mochilas, con las redes sociales, y que hagan fotos y las envíen sin control y los padres y madres las suban a sus redes sociales para que todos veamos que su niño y niña de quinto curso está por ahí, pues eso, pues que quizá las cosas tienen su tiempo, su momento y su lugar y no por correr más ni se vive más, ni se disfruta como se debiera, pero va a llegar un momento que hasta los coles parece que compiten en ver cuál es el más guay, luego no saben ni leer, ni sumar, ni abrirse el zumo con la cañita, o paso de pagar el material, o de que no le falte lo fundamental para dar clase, pero qué mono queda con los esquís, bueno como no sabe cálculo no sabrá las veces que se mete una piña y todos tan contentos y todos de vacaciones.
Luego leo que los especialistas dicen que la jornada continua es peor para los menores porque claro, llegan a casa y tienen más horas para usar las tablets, pues eso ya dice mucho de que sus padres pasan y “no molestes, niño, coge la tablet y no me des la brasa”. Vamos, que la culpa la tiene la tecnología, no la educación en casa. Vamos, lo de siempre. Luego quieren que haya en los centros pizarras digitales, ordenadores, tablets y todo eso, que el lápiz y la goma son elementos tóxicos. Conozco alumnos que a los cinco minutos de escribir ya dicen que les duelen las manos y sólo han copiado la fecha, y era la fecha corta. Por ahí va el nivel, lo que no sea pulsar es un esfuerzo titánico.

Eso sí, para pasarse el tiempo con expresiones “bro” y “primo”, para eso no tienen problema. Claro, cuanto más reduzco el vocabulario menos me esfuerzo, si para bro vale compañero, amigo, alumno, hermano, colega o lo que sea, pues no se puede ahorrar más el lenguaje, luego lo aderezamos con la nula articulación para pronunciar y ya tenemos a futuras figuras como Bud Bunny al que, evidentemente, ellos entienden. Como si hubiéramos de montar con un único tornillo, pues más o menos, así se cae el armario, bro, por hacer el primo.
El caso es que ni el carnaval ni la fiesta de San Valentín han podido celebrarse como debieran. Esa lucha de dos festividades, una, la del carnaval que cayó en viernes 13, y la siguiente en sábado 14 (el día de la mala suerte para unos y el día de la malísima suerte para otros más, ya que el amor está de capa caída). De hecho, conozco a una persona que como compre huevos y le salgan galleados (o huevos fértiles), que son los que han sido fecundados por un gallo y aparecen con un pequeño punto blanco o mancha de sangre (galladura) en la yema y que, de ser incubados, podrían convertirse en pollitos, pues como vaya a hacerse una tortilla y le aparezca el huevo mancillado, no virgen, pues nada, ya tiene el disgusto y a la basura como no consiga quitar la mancha, pero como que no lo siente igual. Lo dicho, el amor está de capa caída.
La tontunada de la semana, los camarones de agua dulce de los ríos de Inglaterra contenían rastros de cocaína, aunque nada tienen que hacer para competir con las ratas de aquí que se comen la droga incautada en operativos policiales, ratas drogadictas en toda regla. Es lo que hay.
Canción, La gallina Turuleca, de los Payasos de la Tele.
Libro, Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë.
En fin, que ustedes lo lean, lo pasen y lo paseen bien.













Muy apropiado el libro que recomiendas, aunque también podría valer ‘Lo que el viento se llevó’. Un abrazo.