Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Socialmente inquieto

El último tren del día

Estación de Alicante término con la fachada original (Fuente: Alicante Vivo).

Escuchando un programa de radio con el nombre del título de este escrito, de madrugada, buscando el sueño —el de dormir, no el de soñar, que también podría ser—, me vino a la memoria un tren y, con él, otros muchos. Deje que mencione unas breves líneas de ese programa.

“El último tren” es un magacín nocturno de RTVE en el que son protagonistas la conversación, las historias, la cultura y los oyentes. Todo se desarrolla al ritmo que marca la noche, sin prisas. La primera vez que lo escuché, oí manifestaciones dispares: una octogenaria recitaba sus poemas de amor con una rima emocionada, Serrat cantaba Mediterráneo, un oyente contaba lo que le había pasado en un tren durante un viaje de antaño…

Deje que vuelva con mi relato inicial. Citaré ahora el primero de esos trenes que he nombrado más arriba. Era un tren correo con coches cama, de esos que ya no existen. Ahora los trenes son más rápidos, no hace falta hacer noche en un trayecto de largo recorrido. Viajaba de noche, recorriendo largas planicies y algunas veredas. Paraba en no pocas estaciones de diferentes poblaciones para recoger o dejar correo. Ese tren fue para mí una oportunidad y puedo decir que aún no me he bajado de él —ya me entiende, aprovechando las oportunidades que me he encontrado en mi vida—. No puedo decir que dejé escapar ese tren esperando que llegara otro, porque cogí el que tocaba. 

Recuerdo que el billete era bastante barato y que a los pasajeros de ese viaje nos tocó una noche ventosa. El viento zarandeaba a su antojo el vagón donde yo iba y, supongo, a todo el convoy. El tren se pasó la noche tocando la bocina a cada rato, con tremendas frenadas a cada instante; igual iba tan deprisa, que parecía que nos perseguía el diablo, que iba despacio antes de parar en una estación. Menos mal que la cama era cómoda a pesar de lo reducido del espacio y de mi altura (cerca de los dos metros). Al llegar a la estación y bajar del tren nuestras miradas eran de victoria: habíamos llegado sanos y a salvo, no había pasado nada reseñable y por eso, quizá, lo cuente hoy por escrito por primera vez.

Ese tren partió de la estación término de Alicante. Qué suerte tenemos los alicantinos que el tren llegue al centro de la ciudad y que la estación esté tan bien comunicada, a falta de la conexión con el aeropuerto, tan reivindicada, y ahora con el Tram en su conexión con la estación de Luceros cuyas obras empezarán en unos meses.

Pero deje que vuelva a la estación, la primera, no la de ahora. Aquella de fachada neoclásica con columnas dóricas y tejado a dos aguas como si de un templo griego o romano se tratara. Fachada sobre la que se instalaron paneles que se pusieron después y las lunas de ahora. Podría recuperarse la fachada neoclásica con el proyecto de Parque Central, sería bueno para la ciudad. Ya lo reivindiqué hace más de cinco años en otra de mis crónicas en la columna de opinión que tuve en el periódico Alicante Plaza, y lo reivindico ahora desde esta Hoja del Lunes.

Aquella primera estación la estrenó la reina Isabel II en su viaje inaugural de la línea Madrid-Alicante el 25 de mayo de 1858. La capital alicantina, junto con Barcelona, Valencia, Albacete, Zaragoza, fueron las primeras capitales con estación de tren desde Madrid. Este tren abría Alicante a la meseta y con ella se produjeron un montón de oportunidades para el desarrollo de la ciudad y sus alrededores.

Litografía publicada en “El Museo Universal” en junio de 1858 con motivo de la llegada inaugural del tren Madrid Alicante.

Aquellos trenes tuvieron su protagonismo. Como el denominado tren “botijo”, trayendo los primeros turistas de cualquier condición, ya que este no sólo estaba reservado a la aristocracia. Entre 1893 y 1917 Ramiro Mestre Martínez —periodista de La Correspondencia de España— organizó estos viajes de turistas desde Madrid para las clases media y baja a precios económicos y con ventajas para ir y hospedarse cerca de las playas alicantinas. Lo nombró en sus crónicas en su periódico como tren botijo expreso y a los pasajeros como miembros de la orden botejil porque la mayoría de estos llevaban agua fresca en sus botijos para saciar la sed en viajes tan lentos y largos. Duraba 20 horas, nada menos.

O aquél que se salió de la vía —el correo andaluz—, por citarle otro ejemplo, y no paró hasta llevarse por delante varias columnas de la fachada neoclásica mencionada, matar a 4 transeúntes y herir a más de 30 personas. Fue el 4 de octubre de 1912. Tiene fácil imaginar la máquina locomotora de este siniestro porque en la avenida de la Libertad en Elche hay una de adorno con esas características.

De alguno de estos temas aquí mencionados quizá vuelva a narrar en otra ocasión en esta Hoja del Lunes porque aún no lo haya contado y porque de lo que sí, no se lo he dicho todo; eso sí, a mi manera, apoyado siempre en fuentes veraces de ese acontecimiento, de consultar en mi biblioteca sobre estos asuntos y de mi propia memoria.

Pascual Rosser Limiñana

Escritor, autor de tres libros, dos novelas y un ensayo; el último titulado "Personajes y personajillos en Alicante". Articulista en varios medios, ha escrito para Alicante Press, "Alicante Plaza", "EsDiario" y actualmente escribe también en "El Consistorio", periódico digital del que forma parte de su directiva.

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