Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Narrativa

El sol brilla a través de la lluvia

Imagen de Freepik.

El sol brilla a través de la lluvia. El miedo, silencioso como una araña, se pegó a mi espalda como una sombra que siempre encuentra la luz adecuada, aunque sean las seis de la mañana. Me levanto a las seis de la mañana y miro otra vez el calendario mientras pongo la última cafetera de la semana, porque ya no me queda cantueso para acompañarla.

El calendario, y no me había dado cuenta hasta hoy, está amarillo; y solo han pasado tres meses desde que fue parido. Los días pasan lentos, como una tortuga incapaz de alcanzar a un caracol que huye de la cocina. Me asomo al tempero de la calle y hoy ya no huele a pan recién hecho, hoy huele a miedo. Camino algunos metros, escondido entre la mascarilla, los guantes de látex y un traje hecho a medida con un par de cortinas de baño que tenía que tirar a la basura.

Bueno, antes de que sea demasiado tarde, me voy a presentar: soy Marcel, acabo de cumplir cincuenta, estoy en el paro y con hipoteca. Cojeo un poco del pie izquierdo y, en ocasiones, utilizo como soporte una muleta. También, y para no esconder casi nada, tengo un ojo vago que, a veces, no se aprecia a simple vista.

Navidad del año 2020. La ciudad está sitiada. El Ejército ha taponado todas las entradas. Campamentos improvisados con diez o doce tiendas de campaña. Luces potentes como cien campos de fútbol, y no hablo de segunda, sino de la Champions. La calzada repleta de bolardos, bandas de resalto, bandas rugosas y, por si todo eso no da resultado, lo llenan todo de clavos, o juegan con el cañón de un tanque de verdad.

El miedo, que ve todo aquello desde lejos, nunca pasa por allí y busca calles clandestinas, calles completamente vacías; tanto, que es como estar en una ciudad sin calles, sin avenidas, sin cines ni teatros, ni parques con toboganes de plástico. La ciudad empieza a desaparecer, aunque sea tan temprano. No deja de lanzar señales de auxilio, como el humo que vuela para que todo el mundo sepa que algo se quema. La situación de alarma es tan roja, que el consistorio ha quitado todos los colores de las luces de Navidad, excepto uno.

El político Mateusz Morawiecki en Varsovia, con mascarilla. Fotografía de Adam Guz (Fuente: Wikimedia).

Yo estoy cumpliendo la cuarentena de nueve meses, tal y como me dice mi ginecólogo, pero ya no puedo más y tengo que salir a comprar otra vez. Creo que hacer la compra cada nueve meses nos puede ayudar y, además, con mi cojera no puedo andar tanto. Acabo de hacer una lista y casi es como aquella película, la lista interminable.

De repente sale el presidente por la tele, el traje de siempre, la cara y los gestos aprendidos frente al espejo, el cuerpo hacia adelante, los puños cerrados y los brazos y piernas cruzados, la voz agónica y fina como una lámina de futuro de pocas horas. Con los nuevos datos que nos hacen llegar los expertos en estas lides, la propia OMS y los Estados miembros consideramos que es imprescindible cortar el flujo de contactos masivos y que, por tanto, a partir de las doce horas de mañana no habrá servicio de Internet. Los móviles no tendrán cobertura ni para llamar; los fijos, ni de casualidad.

Además, y siempre avalados por los expertos, debemos cortar el suministro eléctrico y el diario abastecimiento de agua. El virus está en todas partes; flota dentro de nuestras tuberías, se cuela por los hilos eléctricos y, cuando estamos dormidos, se arrastra como reptiles en busca de un huésped.

Marcel quiere volver a casa a toda prisa. El suelo, mojado como la orilla de un océano, le hace resbalar; la bolsa de finas rebanadas de pan sin corteza se hunde poco a poco, los huevos rotos y pasados por agua quedan al amparo de las ratas. Algunas personas pasan a dos o tres metros y se quedan como estatuas casi de sal, otras llegan al metro y medio, lo ven ahí tirado, gritando de dolor, parece que se le ha roto la pierna que cojea. La policía, megáfono en mano y sin salir, ni parar el vehículo, dice: “¡Desaloje la calzada y la calle! En cinco minutos vamos a tirar bolas químicas para desinfectar la zona”.

Fotografía de Freepik.

Marcel se arrastra como un elefante herido, sangra de miedo y pisa con las manos, palmo a palmo, cada alcantarilla. Algunas tienen hojas de malvavisco, pero eso no cambia casi nada. Siente el olor vomitivo, como si estuviera dentro de un camión de mierda y pescado muerto de otros inviernos. El tiempo se le echa encima, las gafas se le llenan de barro y casi no ve nada. Con todo, sigue cuesta arriba. La calle se le hace más larga que la próxima cola del paro. Le falta muy poco para estar a salvo.

Llegan dos camiones de la UME. Aparcan en zona azul, pero no ponen el ticket. Salen cuatro hombres de uno de los camiones y cuatro mujeres del otro. Los hombres sacan las mangueras y ellas, con mucho cuidado, las cogen para meterlas en el lugar apropiado.

Marcel llega a su puerta y toca el timbre. Baja su mujer con el perro. Tobi se pone a mear porque no aguanta más, sin darse cuenta de que a Marcel le está dando un ataque de epilepsia. La mujer, Sandra, a falta de cuchara, le mete una teta en la boca para que no se trague la lengua.

El tiempo ahora se agota. Sandra, que no sabe qué hacer, le pide matrimonio; y cuenta la leyenda, que nunca más volvieron a ver a Marcel por esa calle, por ese país y mucho menos por ese continente.

En el primer borrador quería terminar así la historia de Marcel pero, después de dejarlo reposar varias semanas en un cajón, Marcel decide eso de “¡sí quiero!”. Tendrán dos hijos: uno que se llamará Marcel y otro que parece más negro que una noche oscura, aunque me suena que el padre no es él, sino un tal pleonasmo que se acostó con Sandra cuando Marcel se empeñó —esa mañana del principio de todo esto— en ir al supermercado.

El sol brilla a través de la lluvia bajo el paraguas multicolor de un arco iris abrazando los rayos del jodido amor.

Arcoiris sobre Veracruz, Méjico. Fotografía de Aamartinelli (Fuente: Wikimedia).

Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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