Trescientas... y pico

El precio de las cosas

Fotografía: Alison Updyke (Fuente: Pixabay).

En muchas de nuestras casas, o mejor, en las casas de muchos de nuestros padres y madres, eran habituales las conversaciones donde el precio de las cosas tenía un lugar preferente, ocupaba su pequeño altar en el discurrir de lo cotidiano, segura y mayormente porque las cosas tenían su valor y de eso dependía en parte la propia subsistencia. Ir a la tienda de siempre formaba parte de ese mismo ritual y había como una cierta obligación en conocerse el precio de lo que se compraba, al menos de esos productos más habituales y básicos, el pan, la leche, las patatas, el aceite, los tomates, los garbanzos, el azúcar, todos esos productos que formaban los ingredientes básicos del menú y de la vida diaria.

Era aquella recordémoslo– una sabiduría especialmente femenina, de madres obligadas a hacer maravillas para estirar los recursos, capaces de hacer magia para poder hacer frente a un extra de vez en cuando para los niños, que permitiera también agasajar a las ocasionales visitas. De eso, quienes tenemos unos años, guardamos recuerdos, imágenes y fotografías daguerrotipadas, conversaciones donde unos céntimos de más, la subida de una simple peseta en un determinado producto –era el tiempo de la peseta– suponía un cierto quebradero de cabeza, una pequeña tragedia de lo cotidiano y se tenía esa sensación de que solo ese pequeño gasto extra podía hacer descarrilar el presupuesto de muchas de aquellas familias, de nuestras propias familias, de la mayoría de aquella gente corriente.

Fotografía: Elastic Computer Farm (Fuente: Pixabay).

Luego de aquella época, y de eso no hace tanto, vino este otro tiempo más nuestro y en el que los precios de las cosas de todos los días como que dejaron de importar, empezaron a desdibujarse en la nebulosa de lo prescindible, como que importaban algo menos; o, simplemente, ya no estaban en el centro de la mesa, en el radar de lo cotidiano, en el eco de las conversaciones de nuestros hogares.

Los aceites a granel, los vinos de garrafón y de cosecha de aquel tiempo fueron cediendo suavemente paso a los crianzas, a los reservas, a los espumosos, a los cavas, a los virgen extra, y el maridaje –¡vaya palabra!– empezó a reinar entre nosotros con la misma naturalidad con la que íbamos arrinconando aquellos otros recuerdos, aquellas otras conversaciones que nos conformaron.

De alguna manera, y sin ser muy conscientes de este peligroso transformismo, empezamos a vivir –eso dicen– como nuevos ricos, a dejar de lado el precio de las cosas pequeñas, y tan solo porque el envoltorio había mejorado un poco. Nos fuimos deslizando en una especie de posmodernidad impostada y adelantada a la propia posmodernidad, ese tiempo y esa época donde la razón se oscurece para dejar paso al cumplimiento de los deseos e impulsos de cada momento, de cada nueva situación.

Fotografía: National Cancer Institute (Fuente: Unsplash).

Y sucede que ahora, de nuevo, observamos que otra vez, en ese balancín que es el paso del tiempo, pareciera que lentamente y en una especie de lectura inversa del libro de nuestras vidas, estuviésemos regresando al anteayer. Y en esta dolorosa vuelta hacia el pasado, un regreso apenas imperceptible, que hemos ido transitando casi sin querer y sin apenas darnos cuenta, pareciera también que nos hemos vuelto a sentar en la misma mesa que presidían nuestros padres, que volvemos a hablar de las mismas cosas que ellos hablaban y en la que muchos de nosotros éramos tan solo ocasionales e infantiles testigos.

De modo que, bien es cierto que una pandemia y una guerra por medio, las conversaciones privadas y públicas, pequeñas y grandes, vuelven a estar centradas en el conocimiento del precio de las pequeñas cosas, en el necesario control de la lista de la compra, en el desorbitado precio de los tomates, de las patatas, del imposible aceite de girasol, de la gasolina, del necesario y diario pan, de los huevos, de la leche, en la casi imposibilidad de comerse un buen chuletón de ternera a riesgo de descuadrar la economía de todo el mes, y, ¡sobre todo!, en el precio de la sandía, metáfora imperfecta y algo así como una anhelada e imposible reina en este tiempo tan extraño.

Sin saber cómo ni porqué, poco a poco, nos vemos envueltos en una tela de araña en donde el pequeño y cotidiano debate sobre el desorbitado precio de esta fruta de corazón rojo, una de las pocas que, como entonces sucedía, aún mantiene vivo el sello de fruta de temporada, lo llena casi todo, va y viene a nuestra boca como van y vienen las olas que acarician la orilla o que golpean salvajemente ese imaginario acantilado que es también la vida cuando miramos el horizonte desde la orilla de cualquier mar.

Fotografía: Jill Wellington (Fuente: Pixabay).

Tan es así, que hasta los grandes medios de comunicación, las grandes tertulias televisivas, sesudos analistas de lo que toque, se enzarzan asiduamente en discusiones interminables sobre las oscuras razones del precio de esa misma sandía, hacen encuestas, reportajes de calle, elaboran informaciones cuyas respuestas ya se saben de antemano, y nos muestran conclusiones de desconocidos observatorios y organismos públicos donde se diseccionan metódicamente las razones del porqué una sandia cultivada en España, en Almería mismamente, es más cara aquí, en el supermercado de la  esquina, que en Alemania.

Y en medio de este exceso de información que no aclara, que en vez de poner luz unta de sombras el presente, quizás lo más triste y seguro de todo este revival es que ahora y al contrario de entonces, cuando nuestros padres llevaban la conversación, ellos y nosotros teníamos la vana sensación de que había futuro por delante, de que las cosas estaban mal, sí,  pero que solo podían mejorar, mientras que ahora, ahora extrañamente tenemos la impresión de que teniéndolo casi todo, lo que menos hay es, precisamente, futuro. Y que alguna negra mano mueve los hilos para hacernos creer que el mundo está a punto de acabarse y que los titulares que embadurnan esta misma realidad –Sandías a precio de oro– son solo el presagio de que estamos solo al borde de un precipicio y de una conversación que ya no controlamos.

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Pepe López

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