Trescientas... y pico

El comercial, el mercado y las grandes constructoras

Fotografía: Javi Polinario (Fuente: Pixabay).

Tengo un amigo que lleva trabajando de comercial casi cuarenta años y que no hace mucho me contaba que nunca olvidará su primer gran contrato de compraventa, cuando aún era un joven empleado. “Cuando terminé aquella reunión estaba eufórico, creía que acababa de firmar un gran negocio, pero ya en el viaje en coche de vuelta a la oficina, poco a poco, conforme mi cuerpo iba asimilando el alcohol que había ingerido durante aquella larga comida, me fui dando cuenta de que quienes habían hecho realmente el gran negocio eran ellos y no yo; vamos, que algo no cuadraba”.

Estos días hemos conocido que la CNMC, que es algo así como el guardián de las buenas prácticas del mercado, ha multado con más de 200 millones de euros a las seis grandes constructoras de este país, ya saben Acciona, ACS, Dragados, Sacyr, OHL, Ferrovial…, esas embajadoras de las que tanto presumimos como país en el mundo de hoy y que, ciertamente, con tanto éxito compiten en esos mismos mercados globalizados.

Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (Fuente: CNMV).

La sanción es, mayormente, por vulnerar muy gravemente y ¡durante 25 años!, los que van de 1993 hasta 2017, los principios de la competencia y del buen funcionamiento de ese mismo mercado. Y las acusaciones son de la gravedad y del tipo de pactar los precios de oferta en la gran obra y las grandes contratas públicas, su presentación coordinada a los concursos de servicios y de esa misma obra pública. Y todo ello, avalado por la constatación documental de que el grupo, que tan chulescamente se autodenominaba el G7, actuaba con tal grado de impunidad que tenían programadas reuniones semanales entre todos ellos para compartir estudios técnicos, listas de concursos, propuestas, precios, todas esas cosas que daban apariencia de legalidad pero que eran justo lo contrario. La consecuencia fue que los precios pagados por las administraciones públicas se elevaron notoriamente en todos y cada uno de esos concursos y de esa obra pública, y en definitiva, y por llamar a las cosas por su nombre, que actuaron como auténticos gánsteres, como un cártel y una mafia para repartirse el negocio del dinero de todos y con importantes e irreparables daños para el interés común.

El recuerdo del relato del amigo del principio se completaba con su extrañeza de ver que en aquel ágape donde firmó su primera gran operación, quienes eran los representantes de la otra firma apenas probaron el alcohol, mientras que él no hacía ascos a una cerveza y otra, al vino que siguió, a todo lo que fue servido. “Desde aquel día –me relataba con orgullo– aprendí una gran lección: que los negocios y los tratos, para que sean buenos, se tienen que hacer preferiblemente en tu lugar de trabajo, a ser posible en la oficina, nunca en un restaurante, y mucho menos con alcohol por medio”.

Fotografía: Michael Gaida (Fuente: Pixabay).

Ya de regreso a su lugar de trabajo –recordaba también– le confesó a su jefe de entonces que lo que creía haber sido un gran negocio, pasados los efluvios del alcohol, ya no le parecía tanto, y que se sorprendió mucho de su respuesta. “No te preocupes, eres joven, reconocerlo te honra; aprenderás. Verás como el próximo lo haces mejor”. Tanto que, años después, montó su propia empresa que hoy dirige, con prudencia y con éxito, en parte aprendidas en aquella primera gran lección. 

A esta otra realidad, la de las contratas públicas amañadas con las diferentes administraciones, podemos llamarla de muchas maneras. Una, sería simplemente intereses oscuros y cobardía; puertas giratorias, grandes ágapes, regalos y agasajos sin fin, el infernal juego de las influencias y los viejos y caducos favores (hoy por ti, mañana por mí) podrían ser otras de esas maneras, pero sea cual sea el calificativo o las palabras que tal proceder nos merezcan, lo cierto es que las preguntas que emergen entonces son sangrantes. ¿Cuánto tiempo llevaban, ante los ojos de todos nosotros, esas mismas constructoras que ahora han sido sancionadas, engrasando a los circunstanciales ocupantes de los despachos oficiales de quienes tienen que acordar con ellas los grandes concursos públicos, fueren estos concejales, alcaldes, directores generales, técnicos, secretarios, etc.? ¿Se saca ahora la sanción porque, de alguna manera, los hechos están prescritos y apenas van a tener reflejo en su cuenta de resultados?

Fotografía: Dimitris Vetsikas (Fuente: Pixabay).

Y otra más. ¿Es esta una práctica desterrada hoy en día o se sigue practicando con fruición y habrá que esperar otros 25 años para ponerle nombre a las cosas que suceden hoy? De las respuestas que demos a estos dos interrogantes seguramente dependerá el grado de éxito y decencia de nuestro propio futuro como país. Así que cuando un día de estos leí este titular sentí algo parecido a un cierto escalofrío: “Moncloa confía a las grandes constructoras los fondos UE pese a llevar pactando precios 25 años”.

Es fácil entender que hay quienes, como mi amigo del principio, están dispuestos a aprender de los errores, pero también los hay que, sencillamente, prefieren seguir mirando hacia otro lado, vivir dopados. Posiblemente, convencidos, de que su propia supervivencia está en que el procedimiento no cambie. O, peor aún, que el margen de cambio está entre lo imposible y lo improbable. Y que, así las cosas, mejor hacerse acompañar en el momento del “sí” y si es preciso, con alguna copita de alcohol.

Y, claro, pensar y vender el gran negocio que acabamos de hacer… aunque en realidad, como en el relato, el gran acuerdo a quien seguirá beneficiando mayormente será a la otra parte del trato. A las constructoras, a las eléctricas, a los grandes bancos, a los cárteles de camiones y coches, a las grandes cadenas de alimentación que inflan los precios estos días… A todo ese tipo de gente que está convencida de que con un poco de alcohol –es una manera de decirlo– somos capaces de firmar lo que nos pongan delante.

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Pepe López

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