Trescientas... y pico

El negocio de la muerte: licencia para matar

Ataques en Gaza (Fuente: Canal de YouTube de Milenio.com).

Vivimos rodeados de muerte. Lo sabemos. Lo vemos a diario. No esa muerte natural, aquella que supone el fin del ciclo vital, con sus pasos de sufrimiento, duelo y aceptación, sino de aquella otra que es contemplada como medio para lograr un objetivo político. Esa es, de alguna manera, la base ideológica del terrorismo. El problema viene, o puede aparecer, cuando hacemos distingos, estadios, y damos certificado de bondad y procedencia a unas muertes y calificamos de sectarias y banales a otras, interpretando ladinamente el sexto mandamiento bíblico: No matarás.

Matar hoy, como ayer, como siempre, ha sido bien fácil. Somos, de alguna manera, herederos de culturas de muerte que nos antecedieron, ¿qué otra son las guerras? Las mismas religiones basan parte de su éxito en su capacidad para trascenderla, para acompañar su tránsito, para dar respuestas imposibles. Para fabricar muerte solo hace falta una cierta voluntad y una cierta decisión para apretar un gatillo, cualquier gatillo, contra quienes decidimos colocar en el lado siniestro de nuestros enemigos.

Salman Rushdie es entrevistado en Cadena SER (Fuente: Cadena SER).

Para extender la cultura de la muerte solo hace falta, como ha pasado estos días, clavar un cuchillo en el cuello al escritor indio Salman Rushdie en Nueva York durante un acto público, quien, por otro lado, ha vivido casi toda su vida una cierta forma de muerte, de condena por sus Versos satánicos. Otra forma sería calificar asépticamente de “operación limpieza” la enésima acción de muerte y destrucción que estos días lleva a cabo el ejército israelí contra dirigentes de la Yihad Islámica en la franja de Gaza, pero cuyas víctimas son, mayormente, ahora y siempre, niños, mujeres y ancianos y cuya gran culpa era estar allí.

El problema, decíamos, uno de los problemas, una de sus derivadas, viene cuando hacemos distingos entre unas muertes y otras muertes, entre unas víctimas y otras víctimas, entre las “víctimas necesarias” y las que, hipócritamente, nos parecen terroríficas, injustificables. Por eso, quizás y en este sentido tenemos derecho a hacernos preguntas, irreverentes preguntas, incómodas preguntas.

Ayman al-Zawahiri, 2001. Fotografía: Hamid Mir (Fuente: Wikimedia).

¿Qué diferencia hay entre el intento vil de asesinato del escritor Salman Rushdie clavándole un cuchillo en el cuello durante un acto público y el asesinato por orden del presidente de EE. UU., Joe Biden, del llamado número 2 de Al Qaeda Ayman al-Zawihiri en una vivienda de Kabul en Afganistán por parte de los servicios secretos de EE. UU. mediante un dron con explosivos y a plena luz del día? ¿Qué diferencia, real, objetiva, existe entre los crímenes de guerra que comete Rusia en Ucrania contra su población civil y los que, una y otra vez y desde hace más de cuarenta años, cometen el ejército israelí y sus servicios secretos en la considerada mayor cárcel del mundo a cielo abierto como es Gaza?

Y en esta misma línea: ¿Por qué unos —Rushdie en Nueva York, Rusia en Ucrania— obtienen y con razón como respuesta la casi unánime condena de nuestros líderes políticos, los adjetivos más duros de nuestros medios de comunicación, de nuestros queridos países occidentales y los segundos —los perpetrados en Gaza, Afganistán…— arrancan enfervorecidos y justificativos aplausos en unos casos, o, en el mejor de los supuestos, silencios culposos por parte de la mayoría de esos mismos líderes, de la mayoría de esos mismos medios de comunicación?

Biden confirmando que el ejército estadounidense mató a al-Zawahiri. Imagen: The White House (Fuente: Wikimedia).

Y, finalmente, si el conglomerado terrorista del Estado Islámico y quienes los patrocinan —Isis, Al Qaeda…— son organizaciones terroristas, que lo son, ¿por qué como sociedad, como individuos inteligentes, nos resistimos a aplicar el mismo calificativo y las mismas reglas y condenas a EE. UU. e Israel cuando llevan a cabo actos cuyo objetivo primigenio y final es la desaparición física de quienes ellos han decidido calificar como enemigos, como terroristas? Son, sí, preguntas incómodas, pero seguramente también preguntas necesarias.

Se supone que un acto terrorista es, debería ser siempre, un acto execrable. Y que quienes lo cometen, lo amparan, lo instigan, deberían ser perseguidos y condenados por ello, pero que esa condena debería ir siempre de la mano de las leyes que nos hemos dado, lo que exigiría un juicio justo y el derecho a la defensa, lo que excluiría a su vez el derecho al ojo por ojo que, ante el aplauso y el silencio general, aplican una y otra vez los EE. UU. e Israel en su política de tierra quemada.

Fuente: RTVE.

Esta fue, la del juicio justo y de alguna manera, la regla que en este país permitió perseguir policialmente y condenar judicialmente hasta llevarlos a la cárcel a los responsables del GAL que actuaron durante años al margen de la ley, matando y torturando presuntos etarras por su cuenta y a quienes ellos habían declarado enemigos. Por eso mismo cuesta tanto entender ahora el silencio, cuando no el aplauso, de este otro terrorismo similar al GAL patrocinado por quienes se han erigido en los gendarmes del mundo (EE. UU.) y/o los gendarmes de Oriente Medio (Israel).

Y llegados a este punto, una conclusión: Si la desaparición del GAL tuvo un efecto positivo en la desaparición del terrorismo de ETA, sería de suponer, pero no sucede así, que la desaparición de este otro terrorismo al que no llamamos terrorismo de EE. UU. y de Israel, podría tener igualmente efectos benéficos para la paz.

Se diría, en fin, que unos matan porque está en su forma de ser, porque son claramente terroristas y otros, simplemente, gozan de una extraña licencia para matar y cuyas consecuencias son que la cadena y la industria de la muerte y el sufrimiento no se detienen nunca. Quizás ahí esté la razón: matar al margen de la ley natural es un gran negocio.

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Pepe López

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