Trescientas... y pico

Apagar la luz

Fotografía: Joe (Fuente: Pixabay).

A veces, solo a veces, parte de la solución a las encrucijadas por las que transitamos, los indescifrables laberintos sin aparente salida por los que últimamente caminamos, podría estar en mirar al pasado con un cierto respeto, con ese punto justo de querer recuperar aquello que fue desechado. Mirar en ese viejo espejo de lo que fuimos y aprender de aquellas costumbres que un día tiramos a la basura, bien porque las creímos inservibles, bien porque nos parecieron —o nos insistieron para que nos parecieran— atraso y antigualla.

Entre esas posibles miradas estaría el ejemplo de quienes nos precedieron, las de los abuelos y personas mayores. Rebuscando en ese baúl de imágenes de aquel tiempo, hay una que estos días de luces cortas me va y me viene. Pienso en mi abuelo Juan, en aquella obsesión suya, que tanto me costaba entonces entender, de mandar, una y otra vez, apagar la luz cuando se salía de una habitación, de una estancia: ¡Nene, apaga la luz!

Fotografía: Iluminable (Fuente: Pixabay).

No era aquella una orden, tampoco un ruego, acaso una cantinela con el tono justo y amable destinada a ser cumplida. Apagar la llave de la luz, que así se llamaba aquel viejo y milagroso instrumento que servía para dar claridad y ver en la oscuridad con el solo gesto de dar media vuelta al artefacto, era una titánica letanía que, poco a poco, fuimos arrinconando en nuestra nueva y moderna mentalidad de que todas aquellas cosas que nos eran servidas, la luz entre ellas, eran también infinitas.

Pues bien, él, mi abuelo, como tantos de su generación, había nacido en un país acostumbrado a vivir en una cierta oscuridad, a vivir con poca y dificultosa luz, y seguramente por eso aquellas humildes bombillas que encerraban la magia de la luz habían de ser cuidadas, mimadas. Era la suya una forma de estar conformada en un aprendizaje de siglos, pegado a la tierra, que acostumbraba mayormente a aprovechar las horas del día para el trabajo y que destinaba las de la noche para el descanso; era aquel tiempo, y bien que lo sabemos, porque nos fue contado y en parte lo vivimos, un tiempo acostumbrado también a las sombras cinematográficas de los viejos quinqués moviéndose en la penumbra de las vetustas casas, de la lumbre para calentarse.

Thomas Alva Edison (Milan , Ohio; 11-2-1847—West Orange, Nueva Jersey; 18-10-1931). Fuente: https://rinconeducativo.org/.

Debe ser por todo eso también que cuando llegó aquel milagro de la luz por horas a las humildes casas (a veces se iba y a veces venía, sin plan ni aviso previo), que se apreciaba tanto, y que luego, ya en la escuela, supimos que lo había inventado un tal Thomas Alva Edison, aunque parece que tampoco fue exactamente así.

Ya imagina uno que hay gente que no tiene porqué saber cómo se vivía entonces. ¡Ni falta que nos hace!, pensarán. De hecho hay gente que parece que nace cada día y que lo único importante es vivir el momento, el día, la hora, sin un antes ni un mañana. No les hables de otros tiempos, de otra forma de vivir, porque, a buen seguro, retorcerán el gesto y te dirán —o, a lo mínimo, pensarán— lo trasnochado que andas y el vivo retrato del aguafiestas que eres, ese que tan bien enmarcara Antonio Muñoz Molina en su libro-denuncia Todo lo que era sólido sobre la gran crisis que precedió a las dos que ahora surfeamos. ¡Otra antigualla!

Ya digo, hay gentes que, como mi abuelo, lucharon y trabajaron hasta la extenuación para que aquella luz mágica que un día iluminó aquellas frías y oscuras estancias, fuera para siempre; que faenaron duro para que las noches dejaran de lado su parte más oscura y tétrica, gente cuya memoria, cuyas buenas costumbres, como esa tan simple de apagar la luz cuando ya no nos es necesaria, fueron arrasadas por la política del despilfarro, por la política del olvido, por el crecer-crecer. ¿De eso ha ido la cosa? ¿De hacer que las sombras de la soberbia, la chulería, el exabrupto presidan las estancias donde habitamos?

Europa —eso dicen— está amenazada ahora por un cierto invierno, un cierto apagón por mor de una guerra al modo como se hacían las viejas guerras de conquista e invasión, que en eso poco hemos avanzado, y algunos de esos mismos países con los que libremente convivimos han decidido que la mejor forma de afrontar el frío que nos puede venir es reducir lo innecesario, renunciar a lo más superfluo, apagar la luz de las estancias que no nos son vitales para el desarrollo de nuestra vida moderna. Han decidido —o eso dicen— que gastar sin límite y sin descanso ya no es una opción.

Fotografía: Arek Socha (Fuente: Pixabay).

Algunas de esas gentes, las más precavidas, han decidido también, como mi abuelo, avisarnos que cuando salgamos de la estancia es mejor decirle a Alexa que apague la luz. Pero otras, otras, tristemente, están decididas a justo lo contrario. No les basta con renegar del pasado, dar un corte de mangas al cambio climático, apostar a la desaparición progresiva de las estaciones intermedias, el luminoso otoño y la floral primavera, a la mortandad progresiva de los pájaros en nuestras ciudades, a su apuesta sin límites por el asfalto… Algunos, además, han decidido que la mejor forma de afrontar ese mismo futuro es subirse al caballo del Apocalipsis que nos lleva a un mundo de extremos.

Son, ellos, son ellas, eternos e insolidarios adolescentes, paganos de sí mismos, quienes piensan que no hay recibo que pagar. Son gentes —Madrid no se apaga, es su eslogan de cabecera— con poca luz. Con muy poca luz. Que casi nunca pagan los recibos extendidos al cobro porque ellos no están para esas bagatelas. Y que cuando las evidencias del desastre les saltan a la cara, porque les saltan, dicen, siempre y tranquilamente, que eso es responsabilidad de otros. Que ellos, pobres e insensatos, nunca estarán por apagar la luz de las estancias que ya no habitan porque eso “es pobreza, oscuridad y tristeza”.

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Pepe López

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