Trescientas... y pico

¡Usted no sabe cómo es mi madre!

Fotografía: Rafa Arjones.

La anécdota, o la historia, o ambas a la vez, que no está claro si es una cosa o es otra, debió suceder hace ya unos años, cuando los bancos, no los que procuran descanso en parques y jardines, sino los otros, los que creímos nos facilitaban la vida, cuando esas oficinas donde se gestionaba el dinero eran parte del paisaje urbano y de alguna manera aceptábamos que formaban también parte de nuestro entorno necesario.

El relato me fue contado —y así lo cuento yo— mientras esperábamos pacientemente a ser atendidos en una de esas especie de ventanillas únicas que las administraciones han ido pariendo aquí y allá para —dicen— hacernos más fácil la vida. Pero eso, claro, siempre que al otro lado de la mesa no te encuentres a alguien con la empatía de un cangrejo cocido y la disposición al trabajo de una langosta asada, con perdón para ambos crustáceos que en realidad nada tienen que ver en esta historia.

Allí, a esa especie de ventanilla única, habíamos llegado, que todo debe ser relatado, desde otra ventanilla única. Eso sí, bien aconsejados por el feliz y casual encuentro con una de esas personas, funcionarios o trabajadores que uno da gracias a dios de encontrarse aún siendo como es un agnóstico. Al Registro General del Ayuntamiento de Alicante, habíamos llegado de buena mañana con la inocente y encomiable intención de dejar constancia de un simple escrito, firmado por una decena de vecinos de una comunidad de vecinos, y dirigido al excelentísimo y muy honorable señor alcalde de la ciudad.

Oficina de Atención Ciudadana del Servicio de Atención Integral a la Ciudadanía (Fotografía: Ayuntamiento de Alicante).

Osados y confiados nos presentamos en el referido servicio municipal con la bien intencionada idea de dejar resuelto un asunto vecinal, o comunal, que no es el caso relatar, cuando la misma diligente funcionaria —la de creer en dios— que nos atendiera nos dijo, eso sí con amabilidad y buenas palabras, que deberíamos haber pedido cita previa, una de esas dichosas citas que de un tiempo acá, dicho sea también ya de paso, se dan con dos y tres semanas de demora cuando menos.

Todo ello, claro, si uno logra surcar con éxito las procelosas aguas de los teléfonos que nunca contestan, de los teléfonos que contestan, sí, pero al otro lado tienen una máquina con voz metálica de no se sabe dónde y pensamiento —es un decir— binario. Si logras superar al fin todos esos protocolos absurdos a los que los ciudadanos nos enfrentamos cada vez que nos vemos en la tesitura de tener que realizar cualquier gestión administrativa, procedimientos y protocolos que parecen más bien diseñados por ingenieros informáticos cuyo objetivo es más impedir que facilitar, más aburrir que animar a la participación y a la saludable crítica ciudadana.

Pues bien, desde aquella Oficina General de Registro del Ayuntamiento alicantino fuimos redirigidos físicamente a esta otra oficina, de la Generalitat Valenciana, y en donde, al parecer, nos dijeron podría ser gestionado nuestro humilde trámite a través de no sé qué programa o canal especial con nombre ininteligible —ORVE, creo recordar se llama— y acompañado de su correspondiente código con sus números y letras de imposible recuerdo.

Una vez allí, plantados físicamente, como dos macetas que esperan, pertrechados de toneladas de paciencia y buen humor —eran las diez de la mañana y habíamos desayunado bien— y gracias a haber logrado traspasar previamente la barrera de una de esas maquinitas que te reciben a la entrada de cualquier oficina de medio pelo, servicio público o similar, de esas que te dan cita para el mismo día, pero entre cuyas opciones resulta un verdadero galimatías decantarse por cuál es exactamente la tuya.

Fuente: Generalitat Valenciana.

Allí sentados, esperando pacientemente a ser atendidos tal y como quedó dicho, aguardando a que nuestro número resucitara y apareciera milagrosamente por la pantalla. La larga espera se amenizó viendo y observando cómo la funcionaria que ocupaba la mesa que debía atendernos andaba la pobre muy atareada en amigables y distendidas conversaciones privadas, cambiando diligentemente de teléfono y de interlocutor. Ora el de empresa —bueno de la Generalitat, o sea de todos un poco—, ora el smartphone último modelo de su propiedad.

A una llamada sucedía otra. A una conversación, otra nueva. Divertida. Un rato sentada y otro deambulando alrededor de su mesa de trabajo, hasta que, ¡eureka!, en la pantallita apareció el número que nos había sido asignado y allá que nos dirigimos, a la mesa a la que el destino nos había reservado y en el convencimiento de que nuestro final se acercaba.

Pero sucediera lo imprevisto. La mentada empleada, casi sin mirarnos a la cara y con claro gesto de fastidio, apenas empezamos a exponer la razón de nuestra presencia allí, la funcionaria del teléfono amigable, nos espetó con tono de reproche y sin casi dejar explicarnos:

No, no puedo atenderles, ni tomarles la documentación —fueron sus primeras palabras— porque aquí solo atendemos a personas físicas y no a personas jurídicas.

—Mire señora le dijimos, en tono bajo y por no ofender, y sin recordarle lo del teléfono, por si acaso— que nos han mandado expresamente desde el Registro del Ayuntamiento, —e insistirle que el escrito era de lo más particular—, que nosotros somos como, puede ver usted, personas físicas, que no tenemos entidad jurídica alguna, ni estamos constituidas en agrupación alguna, ni formamos sociedad alguna, solo somos un grupo de ciudadanos que queremos remitir un escrito al señor alcalde de Alicante…

Su cerrazón fue de tal grado que ni nos permitió abrir la carpeta para mostrarle el documento que pretendíamos registrar. Su negativa a escuchar fue de tal calibre que aquello casi acaba antes de empezar, y ante la empírica evidencia de que nuestra presencia allí le había fastidiado sus ganas de seguir hablando por teléfono vaya usted a saber de qué, salimos de allí despavoridos, extrañados, desorientados.

La historia que me disponía a relatarles, la del principio, la de hace veinte o treinta años, de cuando los bancos eran bancos y las máquinas solo estaban para ayudar, no esta otra de ahora, que es justo al revés, también tuvo su prólogo, su relato y su final. La cajera de aquel banco de pueblo, en la que solo había un cliente, mi amigo, también tenía como principal protagonista a una trabajadora, un teléfono, una larga espera para ser atendido, una animada conversación familiar.

Perdón, señora —le convino mi amigo cuando finalmente la amigable conversación telefónica finalizó— pero llevo aquí esperando casi media hora a que usted termine su llamada particular y no creo que esto sean maneras… yo solo quería ingresar un par de talones…

Fotografía: Mix (Fuente: Pixabay).

Aquella otra empleada tampoco le dejó terminar la frase. Le espetó, ufana y segura de tener la razón y todo el peso de la historia de su parte, y sin mediar excusa alguna por el extraño alargue de aquella íntima conversación:

Seguramente, usted es que no conoce a mi madre, verdad. Si la conociera no hablaría así. ¡Menuda es ella!

Decir que el escrito, dos horas después de iniciado el proceso, pudo ser finalmente diligenciado. Eso sí, no en el Registro del Ayuntamiento de Alicante, no en el servicio con nombre tan raro de la ventanilla única de la Generalitat Valenciana, no a la funcionaria ocupada en atender llamadas personales por teléfono en sus horas de trabajo, sino en una oficina de Correos a la que fuimos nuevamente redirigidos por aquella otra amable funcionaria que antes fue mencionada, y que simplemente se paró un segundo, nos miró a los ojos, se apiadó de nosotros y entendió cómo iba creciendo nuestro gesto de angustia, cabreo e incredulidad.

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Pepe López

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