Opinión

El feminismo ilustrado

Eleanor Roosevelt. Fotografía: FDR Presidential Library & Museum. (Fuente: Wikimedia).

Discurría la segunda mitad del siglo XVIII cuando algo empezó a cambiar en las monarquías europeas. El absolutismo empezaba a ser infiltrado por los aires de la ilustración y una cierta concienciación de que no todo podía justificarse a mayor gloria del monarca. Los valores de la “Enciclopedia” van ablandando el paradigma del antiguo régimen que, aun vigente, contemplaba ya que el bienestar de los súbditos tenía que dejar de ser una cuestión menor.

Pero ceder un mínimo de soberanía, de poder, no entraba en plan alguno y esos esfuerzos, mayores o menores, eran promovidos por las mismas clases dirigentes de siempre. De suerte que el lema “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” hizo fortuna en la historia para denominar esta nueva manera de entender la política que hoy conocemos como “Despotismo Ilustrado”.

Y esto es lo que se me pasó por la cabeza cuando vi las manifestaciones “feministas” de hace 2 años, las primeras institucionalizadas ya bajo la égida del hoy encumbrado Sánchez.

Así de primeras, entre los convocantes y, en todo caso encabezando las pancartas, los máximos responsables de los dos principales sindicatos y de los partidos de izquierdas, TODOS VARONES, se afanaban en reclamar para las mujeres el derecho a acceder a cargos de responsabilidad en todos los estamentos de la sociedad y así romper esa “brecha” contra la que decían luchar.

Tampoco es que me escandalizara. “Consejos vendo que para mí no tengo” es uno de los refranes más atinados del saber popular. Me puse a escarbar un poquito y no me costó comprobar lo muy corto que me había quedado. Fueron diez las organizaciones sindicales que apoyaron la convocatoria, diez. Y al frente de cada una de las diez había otros diez señorEs, diez. Y también al frente de todos los partidos que estaban allí… otros tantos señorEs. No me digan que no es un ejemplo deslumbrante de coherencia intelectual y práctica. 

Que la sociedad es machista es una verdad incuestionable. Como también lo es que las leyes actuales no lo son. No es ya una cuestión de legislación. Es una cuestión de tradición y de cultura social. También hubo un antiguo régimen familiar y social. Y más cercano de lo que pueda parecer. Nací en el 62 y ya en mi niñez viví con toda naturalidad cómo mi hermana tenía que hacerse la cama por las mañanas y yo no. Mi hermana tenía que ayudar a mi madre en las labores domésticas y yo no. Un hombre que tendiera la ropa era la comidilla del vecindario y labores tan comunes como hacer la compra, poner la mesa o cambiar, no digo ya pasear al bebé, eran coto casi cerrado de las féminas por alguna tara misteriosa que imposibilitaba que los varones acometieran semejantes retos. 

Niñas en clase durante el franquismo. Imagen: ¿Te acuerdas? Niños y niñas separados en el colegio. Domingos en TD. (Fuente: RTVE).

Pero así fueron (fuimos) enseñados, ellos y ellas. Y no era difícil escuchar siempre que un hombre se ponía con algunas de esas actividades o se dejaba aconsejar por su mujer una acusación, velada o no, de “calzonazos”, casi siempre por parte femenina, por cierto. Dicho todo esto con honrosísimas excepciones que sin duda las había y yo las he conocido. Pero el “caldo de cultivo” social era ése. Una diferenciación de papeles bien definida y una educación de los hijos básicamente a cargo de las madres que eran las que la transmitían en una inmensa mayoría. Y esa educación era machista porque es la que habían recibido ellas y hacían lo mejor que podían por los suyos.

Y es por todo esto que he titulado así esta reflexión. Padecemos un feminismo impostado donde hay demasiada mujer de cuota y aún más “Feministo” de postureo que no soltará su poltrona ni con aceite hirviendo por una mujer. Por cierto, todas las listas “cremallera” nacionales, que me parecen un insulto a la inteligencia (y a las mujeres competentes), están encabezadas por un varón. Una razón más para el lema con el que deberían rotular sus pancartas: “Todo para las mujeres, pero sin las mujeres”. Que hemos roto con el machismo y estamos en el “Feminismo Ilustrado” puesto que reclamamos puestos de relevancia para las mujeres mientras no sean los nuestros.

No los creáis, no os limitéis, luchad por lo que valéis no por lo que sois porque cada persona vale lo que vale y no debe conformarse con menos.

En mi propia casa la diferencia de la carga del trabajo doméstico es tan desequilibrada, a mi favor, que roza el sonrojo. Luego hay ciertas compensaciones, pero vamos… Afortunadamente mi mujer no suele leer lo que escribo y seguro, seguro que nadie se lo va a contar… ¡como si no lo supiera!

Fotografía: Geard Altmann (fuente: Pixabay).

Afortunadamente todo va cambiando y habría que ser muy cínico para no reconocer que la sociedad actual poco tiene que ver, en este sentido, con las de hace sólo algunas décadas. Las mujeres van accediendo a empleos históricamente reservados a los varones y un poquito menos al revés. Por supuesto que alguna resistencia hay, pero las cosas no se cambian en un día y el BOE tiene sus limitaciones. Pero ya vemos magistradas, taxistas, conductoras de autobús, cajeros en Mercadona, etc. Y las labores domésticas tienden lentamente a la igualdad, aunque queda camino por recorrer.

En nuestra empresa hay una mujer al frente del taller que sustituyó a otra mujer que hace ya muchos años sustituyó a un hombre. Y tengo una anécdota ilustrativa al respecto. Hace años, cuando necesitábamos personal recurríamos a una pequeña empresa que se dedicaba a esos menesteres. Básicamente era una mujer experta en selección de personal que evaluaba candidatos en función del puesto y nos presentaba la documentación. Una tarde noche de invierno me presenta seis u ocho propuestas, a cuál peor, pero me dice que es lo que hay. Pero se queda con un expediente en la mano que no me ofrece. Me intereso por él, ya por pura curiosidad y pensando que era para otra empresa. Me dice entonces que no, que era para nuestra empresa, pero es que, era una mujer. La miro extrañado porque yo no impuse ninguna restricción de nada. Me responde que, claro, como es un taller metálico… una chica…. Miro el expediente y resulta ser una mujer joven, sin experiencia en nuestro ramo (como los demás) pero que decía estar dispuesta a aprender y con una educación y redacción exquisita. La llamo y se presenta a los 20 minutos (vivía en una urbanización cercana). Hablamos y no resultó difícil apreciar su empuje y determinación. Llevaba las uñas largas y me atreví a recordarle que trabajaría con herramientas y perfiles. Su respuesta fue cortés pero contundente… “no te preocupes por mis uñas”, una asturiana con “agallas”.  Isabel entró en la empresa, aprendió rápidamente, a los pocos meses tenía la responsabilidad de su sección y un par de años después asumió la jefatura del taller. Las circunstancias y la salud hicieron que tuviera que marchar. Todo mi cariño y reconocimiento para ella. Pero esa brillante trayectoria profesional hubiera sido imposible por el prejuicio de otra mujer que, con la mejor intención, pretendía lo mejor para su cliente. Para acabar esta reseña tampoco es mal dato que en 40 años de desempeño profesional sólo 5 ó 6 mujeres optaron a trabajar con nosotros. Todas entraron. Seguramente han sido cientos los varones y eso, eso no lo arregla una ley.  

Pero, con todo, poco a poco las cosas se van equiparando.

Mujer trabajadora. Fotografía: Yerson Retamal (Fuente: Pixabay)

Expreso aquí mi convencimiento de que la única limitación para la mujer (y para cualquier persona) es la que se imponga ella misma y así se lo expliqué desde pequeña a mi hija y única descendiente. Nadie sensato deja escapar talento porque lleve faldas, corbata, el pelo amarillo fosforito o un anillo en la ceja. Y me gustaría ilustrar este pensamiento con una frase de Eleanor Roosevelt que ya aparecía en la “Pildorita Femenina” publicada aquí mismo porque me parece atinadísima en general y, en particular, en lo que atañe a la mujer: 

“Nadie te puede hacer sentir inferior sin tu permiso”

Eleanor Roosevelt

Volviendo a las manifestaciones y, como tantas veces, no sabría decir si estas convocatorias son positivas o no.  

Por un lado, me molesta la instrumentalización que parece inevitable. Pero sí me gusta el abandono de toda sumisión que destila. Y el ejemplo para tantas mujeres, y muy especialmente a las más jóvenes, de que no se puede tolerar ningún tipo de actitud supremacista en ningún orden de las relaciones entre hombres y mujeres donde la laboral, posiblemente es la mejor encarrilada. Tampoco puedo obviar que, en muchas de las convocatorias el tufillo de odio y resentimiento hacia los varones resulta indisimulado.

La del año pasado supuso un disparate. Con el coronavirus ya desbocado y el gobierno mirando para otro lado. Hasta el día después para no desmontar el despliegue publicitario preparado para la ocasión, incluida la guerra entre las dos almas del gobierno para demostrar quién era más feminista con pancartas y actos separados. El resultado ya lo hemos visto, hay quien cifra la factura del desatino en más de 20.000 muertos. No estoy en condiciones de suscribir ni refutar tal cosa, pero sólo uno sería suficiente para actuar contra organizadores, alentadores y “permitidores” de una reunión que resultó letal para demasiada gente.

Manifestación 8 de marzo de 2020. Fotografía: Samantha Pantoja (Fuente: Wikimedia).

Las de este año se inscriben ya directamente en el surrealismo. Por cierto, en cuanto a féminas al frente de organizaciones políticas o sindicales estamos en las mismas, con la honrosa excepción de Inés Arrimadas por retirada de su jefe de filas. 

Y ya en cuanto a la convocatoria, que esté la hostelería cerrada o a medio gas en todo el país, que apenas podamos salir de nuestros pueblos, provincias o regiones, que no podamos visitar a nuestros mayores, que no se permitan reuniones de no convivientes, que estemos apenas saliendo de una situación crítica para nuestro sistema sanitario, etc., sigan Uds. con las limitaciones de cada cual. Pero que propongan y permitan nuevas manifestaciones para dentro de unos pocos días, siempre y cuando, eso sí, no se superen los “500 asistentes” y que el supuesto “vigilante y protector” de nuestra salud no se suba por las paredes, aunque sólo sea en un vano intento de redimirse de tanto ridículo en el año largo que llevamos de drama me resulta incomprensible.

Sólo comparable a la iniciativa, afortunadamente descarrilada, de los gobernantes catalanes de permitir saltarse los confinamientos para asistir a mítines. Parece que no resulta difícil colegir de todo esto que entre la salud y el rédito electoral la elección la tienen clara mientras se afanan en afirmar exactamente lo contrario.

Esperemos que ocurra lo mismo con la convocatoria del próximo 8-M. La nueva ministra afortunadamente ya ha mostrado el camino con un sensatísimo “No ha lugar”. Lo esperable con lo vivido es que el gobierno no asista, pero apoye con la “boca pequeña” para contentar a la clientela.

Es más divertido que existamos hombres y mujeres, pero nacemos con esa condición “SÓLO” para lo que fisiológicamente supone. Para lo demás, las diferenciaciones sobran. Y, sobre todo, recordad a Eleanor Roosevelt.

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Juan José Martínez Valero

Nacido y criado en Melilla y afincado en San Pedro del Pinatar (Murcia) desde los 15 años. Dejé los estudios para desarrollar la empresa familiar de la que todavía vivimos. Muy aficionado desde siempre a temas científicos y de actualidad.

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